Lenin y Stalin, los comunistas que habrían horrorizado a Karl Marx

Javier Fernández Aguado publica «¡Camaradas! De Lenin a hoy» (LID Editorial, 2017), un ensayo sobre los intentos de imponer la doctrina marxista a lo largo de la historia y de las sangrientas consecuencias que ha traído

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Si el comunismo trae paraísos a la tierra, ¿por qué es necesario imponerlos a la fuerza y evitar que la gente huya de ellos? ¿Quién querría huir del cielo? Un planteamiento tan sencillo, sin respuesta aparente, desmonta siglo y medio de una doctrina que ha costado millones de muertos y ha dejado un archivo de tiranos despiadados. «Los adalides del comunismo han pensado siempre más en su beneficio particular que en el pueblo que pretendían redimir. Lenin ordenó más asesinatos en seis meses que los zares en 80 años», explica Javier Fernández Aguado, autor de «¡Camaradas! De Lenin a hoy» (LID Editorial, 2017).

El director de la Cátedra de Management Fundación Bancaria la Caixa en IES Business School cuenta con una larga colección de libros de carácter histórico en los que analiza cómo han gobernado distintos líderes a lo largo de los tiempos, desde los romanos y los griegos a la actualidad. Ahora, en el año en el que se conmemora el centenario de la Revolución rusa, ha querido abordar en su obra los sucesivos intentos de imponer sistemas comunistas y hallar respuesta a qué es lo que falla en una doctrina supuestamente bienintencionada. «Es un tema de cimientos. El comunismo plantea soluciones fáciles para problemas complejos y, además, lo hace desde el punto de vista de un ingeniero social. No tienen en cuenta la diversidad, el hecho de que cada uno de nosotros es diferente y complejo», afirma.

Llegan ofreciendo soluciones fáciles y terminan siendo los únicos beneficiados. «Cuando los bolcheviques llegaron al poder replicaron los mismos comportamientos perversos que habían criticado al zar», recuerda Fernández Aguado. En este sentido, lo más sorprendente es que precisamente el país donde tuvo mayor éxito era donde Marx, uno de los ideólogos, imaginaba menos probable su penetración: «Él creía que podía instaurarse en Alemania y en EE.UU., países con una industrialización avanzada; pero sobre los rusos pensaba que cualquier cosa en la que intervinieran iba a devenir en desastre». Y no se equivocaba.

Manipuladores

Engels y Marx habrían quedado probablemente horrorizados ante la violencia que desataron los bolcheviques en Rusia. «A pesar de sus contradicciones, ellos no hubieran entendido esa brutal puesta en práctica de su doctrina. Más que líderes, el comunismo ha creado manipuladores», apunta el autor de «¡Camaradas! De Lenin a hoy». El mosaico de dictadores brutales demuestra que, en el fondo, «nazismo y comunismo es la misma cosa». «Mao alardeaba de que le traía sin cuidado que tres cuartas partes de la humanidad fueran arrasadas en una guerra». Todo lo justificaba en la ambigua idea del bien común.

«Gracias a que nosotros conocimos el rostro inhumano del comunismo, vosotros habéis conocido el rostro humano del capitalismo».
«Es incomprensible que todavía Lenin y otros líderes sean mitificado por la izquierda. Solo hay dos razones para explicar que alguien siga siendo hoy comunista. O bien es un ignorante que no conoce lo que ha hecho esta doctrina en el mundo; o bien se queda en la parte de crítica a los defectos del capitalismo. Eso lo compartimos todos, lo que pasa es que lo que proponen para remplazar el capitalismo es todavía peor», asegura Javier Fernández Aguado, que en su obra cita una idea rusa muy recurrente: «Gracias a que nosotros conocimos el rostro inhumano del comunismo, vosotros habéis conocido el rostro humano del capitalismo».

También para Fidel Castro el pueblo de Cuba solo eran cifras, de tal forma «que ha muerto con una fortuna de entre 800 y 1.000 millones de dólares en un país con tanto hambre y sufrimiento». «Creo que es la clase de persona que se declara comunista pero solo son oportunistas. Se valió de esta doctrina para obtener un manto de perdón y complacencia entre ciertos sectores». Que el comunismo no admite dos cabezas queda patente -en opinión de Fernández Aguado- en que Fidel odiaba al Che Guevara y le animó a ir a Bolivia con la esperanza de que perdiera allí la vida. «Se alegró de que muriera alguien que le había llevado la contraria en el pasado».