Jonas Jonasson, fotografiado en su granja de la isla de Gotland (Suecia)
Jonas Jonasson, fotografiado en su granja de la isla de Gotland (Suecia) - STIG HAMMARSTEDT

Jonas Jonasson: «Si Dios existe, sin duda tiene sentido del humor»

Mañana llega a las librerías la nueva novela del fenómeno de ventas sueco, que recibe a ABC en su granja de Gotland

ENVIADA ESPECIAL A GOTLAND (SUECIA)Actualizado:

Jonas Jonasson (Växjö, Suecia, 1961) puede escribir «en cualquier parte». Lo dice, con esa sonrisa que nunca desaparece de su orondo rostro, rodeado de ruido, en mitad de una copiosa cena a base de salmón y cordero en Visby, la hermosa ciudad medieval que sobresale en la isla de Gotland. Pese a tan singular capacidad narrativa, el autor sueco reconoce que prefiere hacerlo mientras escucha a Schubert o a Mozart, en su estudio o en la biblioteca. Una fórmula que, a juzgar por el éxito (con sus dos primeros libros vendió en España casi 370.000 ejemplares, según Nielsen), le ha dado un resultado más que satisfactorio.

En 2010 compró una granja en mitad de la nada y allí se instaló, junto a su hijo. A pocos kilómetros despunta la pequeña isla de Fårö, donde Bergman halló descanso e inspiración. En ese clima, de frío reparador, Jonasson recibió a ABC, junto a la chimenea de su cocina y en manga corta (fuera el termómetro marcaba 5 grados bajo cero), para hablar de su última novela, «El matón que soñaba con un lugar en el paraíso» (Salamandra), que mañana llega a las librerías.

—En un momento de la novela, Asesino Anders, uno de los protagonistas, dice que los cambios siempre son buenos. Su vida es la prueba evidente.

—Totalmente. Además, es inútil arrepentirte de algo que has hecho.

—Usted fue periodista antes de convertirse en escritor y en el libro hay una crítica al periodismo sensacionalista. ¿Cómo ve ahora a la profesión?

—Creo que el periodismo de hoy es mejor que el de hace 30 años, y que el de hace 30 años era mejor que el de hace 60. Hay que saber interpretar mi crítica amorosa hacia el periodismo sensacionalista. No les acuso de mentir ni de inventar. ¿Son cínicos? Sin duda. ¿Mienten? No. Este tipo de periodismo tiende a ser cada vez más rápido y superficial, como contrapeso al periodismo extenso y meditado. El periodismo que más sufre es el que está a medio camino.

—¿Qué piensa de la vida que llevaba antes de escribir «El abuelo que saltó por la ventana y se largó»?

—Bueno, siempre he sido escritor. Pero nunca tomé el mando de mi propia vida. Me dejé llevar.

—Y no pudo más.

—Ni siquiera eso fue mérito mío. Me vi obligado a cortar con esa vida, porque físicamente no aguantaba más. Y fue entonces cuando me di cuenta de que ya no tenía identidad.

—¿La literatura le salvó?

—Se convirtió en la mejor manera de recuperar mi identidad. En Oriente, lo primero que se pregunta cuando conoces a alguien es: «¿Cuántos hijos tienes?»; en Occidente, la pregunta correspondiente es: «¿A qué te dedicas?». Y yo no me dedicaba a nada en concreto, no tenía nada… Todo eso ocurrió justo antes de ponerme a escribir y pensé que era el momento. Tres mil ejemplares vendidos serían suficientes para que la editorial me encargara otra novela.

—¿Y cuántos lleva vendidos?

—Trece millones.

—Eso sí que son cifras...

—Antes de sacar el libro tenía mi vida económica resuelta. Lo único que necesitaba era una identidad. No sé si Dios existe, pero si existe, sin duda tiene sentido del humor.

—¿De dónde surge la historia del matón tan particular de esta novela?

—Es la pregunta más difícil que me suelen hacer. Un colega mío, Jan Guillou, me aconsejó que cuando me preguntaran algo así siempre debía contestar que «de una pequeña fábrica al sur de Alemania» [reímos ambos]. Y la verdad es que no tengo otra respuesta mejor. Tenía dos personajes que no eran víctimas de las circunstancias, pero creían serlo, y uno que era víctima de las circunstancias, pero creía que no lo era.

—Asesino Anders es la víctima.

—Es víctima de su infancia, mientras que el recepcionista no lo es en absoluto.

—Pero se comporta como si lo fuera y culpa al resto.

—Exactamente. Hay algo terrible en que culpe de sus circunstancias a otra persona porque, de esa forma, sus actos son consecuencia de las circunstancias y eso le exime de responsabilidad.

—Hasta cierto punto, eso es algo que, en algún momento, todos hacemos.

—De hecho, a lo largo de la historia hay ejemplos terribles de cómo algunos grandes líderes actuaron de esa manera. Hitler llegó al poder por señalar a los judíos como los responsables de que la gente lo pasara económicamente mal. Hay muchos ejemplos, pero quizás el más trágico es el de los hutus y los tutsis. Hay quienes afirman que puede existir una diferencia entre hutus y tutsis, y que podría ser la estatura: los tutsis son un poquito más altos de media. ¿Cómo puede llevar esto a un genocidio?

—En la novela, la religión aparece como latente telón de fondo. ¿Qué buscaba?

—¿Se refiere al vínculo religioso?

—Sí, bueno, si quiere definirlo así.

—Algo muy importante para mí fue que la reverenda no creyera en Dios.

—No cree porque la obligaron a creer.

—La obligaron, sí. Si le hubiera otorgado la más mínima duda, hubiera aportado una dimensión religiosa al debate, cosa que no creo que me corresponda. He recibido muchas cartas de personas de la Iglesia y se está haciendo una interpretación más religiosa de lo que era mi intención; pero en los agradecimientos opinan que describo a un Dios imperfecto. Me he dado cuenta de que ha servido como consuelo para ellos.

—¿Y para usted?

—Sí, es una sensación maravillosa. El hombre moderno que elige ser creyente ve las cosas horribles que pasan en el mundo. Estamos tan informados hoy en día a través de internet y las redes sociales que el problema del mal está más presente que nunca. Si Dios es todopoderoso, ¿cómo puede el niño sirio aparecer muerto en una playa?

—¿Es usted creyente?

—No se trata de si yo creo en Dios o no. Con respecto a la palabra «ateo», hay dos definiciones diferentes; la primera consiste en la convicción de que no existe un Dios y la segunda, que es un poco más suave, consiste en que yo no creo en la existencia de un Dios. Yo diría que constatar que Dios no existe es una estupidez intelectual.

—¿Por qué?

—Le daré un ejemplo: suele decirse, sobre todo los ateos, que no somos más que una mota de polvo en el Universo. Eso es una exageración tremenda. La luz tarda 8 minutos en llegar del Sol a la Tierra, pero tarda 100.000 años en llegar de aquí al extremo de nuestra galaxia. Probablemente, nuestra galaxia es una mota de polvo en el Universo. Y más pequeño todavía es nuestro sistema solar, la Tierra, usted y yo. Todo está más allá de nuestra comprensión, por eso es una estupidez constatar que Dios no existe. Está fuera de nuestro alcance entenderlo.

—En los agradecimientos de esta novela menciona a Dios y asegura que debería trabajar más a fondo.

—Dios no ha hecho lo suficiente para que la gente le tome tan en serio. Por supuesto, soy un poco ingenuo al pensar que el tema del Estado Islámico se solucionaría con un poco de perspectiva. Pero de eso se trata, de tolerancia.

—Bueno, sus novelas son la demostración de que, pese a todo, cree en la bondad de las personas. Quizás baste con eso.

—Sí, es un poco lo que dice. Yo creo en la bondad innata de las personas o, al menos, quiero creer en ello. No nos podemos rendir nunca. Siempre tenemos que aferrarnos a la esperanza.

—Al escribir, ¿qué ha aprendido del comportamiento del ser humano?

—He hecho algunos descubrimientos. Durante mucho tiempo tuve la teoría de que no aprendemos de nuestros errores, los repetimos. Lamentablemente, vuelvo a temer que realmente es así. Durante los primeros 50 años del siglo pasado, en Europa murieron 50 millones de personas y durante los últimos 50 la cifra bajó a 50.000. No es extraño que vea a la UE como un proyecto de paz. A lo mejor, y a pesar de todo, estamos aprendiendo, pero desde hace unos meses no estoy muy seguro.

—¿Y por qué no está tan seguro?

—Por las corrientes políticas que se ven en Polonia y en Hungría, de aislacionismo. En Hungría se está recortando la libertad de prensa y en Polonia se actúa a lo Donald Trump: sólo se deja entrar a sirios que puedan demostrar que son cristianos y no musulmanes.

—Y fíjese en las últimas leyes aprobadas en Dinamarca, que permiten embargar los bienes de quienes solicitan asilo. Es para avergonzarse...

—Europa en general, a excepción de Suecia, Alemania y Austria, tendría que avergonzarse. Angela Merkel, que por cierto no era de mis favoritas, tenía que haber obtenido el Nobel de la Paz por la fuerza y la firmeza con la que está intentando combatir tendencias fascistas y xenófobas. Si Europa hubiera sabido colaborar conjuntamente, habríamos manejado la tragedia siria sin mayor problema. Pero volvamos a aquello de que el ser humano no recuerda, sino que olvida, y vuelve a cometer los mismos errores. ¿Y si las cosas están tan mal que nos estamos olvidando de la Segunda Guerra Mundial? Podríamos cometer el mismo error de nuevo: la Tercera Guerra Mundial…

—¿Cree que es posible que llegue a producirse? Son palabras mayores...

—Sí. Turquía derribó un avión ruso. El presidente de Letonia argumenta a favor de que Suecia rearme su defensa en la isla de Gotland, porque considera que el dueño de Gotland es el dueño del Mar Báltico y puede invadir Estonia, Letonia y Lituania. No creo que a Putin le interesen los países bálticos.

—¿Y qué le interesa?

—Es muy provocador para Putin que la cuna de los rusos se sume a la UE. Eso explica lo de Ucrania y Crimea. Fue Kruschev quien en una borrachera perdió Crimea a favor de Ucrania. Si Turquía empieza a meterse con Rusia hasta el punto de que Rusia se quiera vengar... los países de la OTAN estarían obligados a proteger a Turquía y, como ocurrió en la Primera Guerra Mundial, esto podría terminar en una guerra.

—Usted usa el humor para decir cosas que, de otra manera, no podría. ¿Es el humor la mejor arma para hablar de lo que no es políticamente correcto?

—¿Me permite no contestar?

—Bueno, prefiero que conteste.

—Mire, voy a contestar a una pregunta que casi me ha hecho. Pienso, como Amos Oz, que el humor y la perspectiva son muy importantes para la paz y la convivencia. Amos Oz escribió un texto muy recomendable, «How to cure a fanatic», donde el humor y la perspectiva son herramientas muy poderosas. Ahí tiene la respuesta a su pregunta.