John Banville, durante la entrevista
John Banville, durante la entrevista - INÉS BAUCELLS

John Banville: «La vida en sí es un cliché, no hay nada nuevo sobre lo que escribir»

El autor irlandés regresa como Benjamin Black con «Las sombras de Quirke», nueva entrega de su serie negra ambientada en los años 50

BarcelonaActualizado:

Se fue John Banville (Wexford, 1945) al son de «La guitarra azul» y, fiel a su cita, reaparece Benjamin Black, estilizado traje de etiqueta negra que el irlandés desempolva casi cada verano para seguir los pasos de Quirke, el patólogo forense que deambula por el Dublín de los años 50 intentando descubrir porqué los vivos son aún más extraños que los muertos. En esta ocasión, y bajo el muy revelador título de «Las sombras de Quirke» (Alfaguara), el tándem Banville-Black sigue hurgando en la herida y conduce a Quirke hasta a un extraño caso de suicidio que reactivará los recuerdos más escabrosos de su infancia en un orfanato de Carricklea. Así que, con Black firmando nuevo libro pero Banville haciéndole el trabajo sucio de dar la cara, el irlandés pasó por el festival Kosmopolis para seguir ahondando en esa dualidad literaria que le acompaña donde quiera que vaya.

—¿A qué se dedica John Banville cuando Benjamin Black está de gira?

—En realidad, ni Banville ni Black existen; dejan de hacerlo en cuanto me levanto de mi escritorio. Mientras lo digo, me doy cuenta de lo extraño que suena, pero contar historias para adultos es un fenómeno extraño.

—Cada vez que es Banville quien saca novela, se suele decir que regresa la literatura en mayúsculas. ¿Está de acuerdo?

—Tampoco me gusta la noción de género. La novela negra también es novela. Pero sí que es difícil conseguir una obra de arte haciendo thriller, porque tienes que someterte a los clichés. Quizá por eso lo interesante es encontrar maneras nuevas de contar esos tópicos. Cuando empecé a leer, quien escribía este tipo de historias eran mujeres con abrigos de pieles y el corazón lleno de crímenes. Siempre me sorprendió que la víctima no tuviera mayor importancia.

—¿Esos clichés no tienen algo de liberador? Saber que hay unos raíles que marcan el camino puede resultar de ayuda.

—Como decía Stravinsky, «nunca soy tan libre como cuando obedezco las normas». Y la vida en sí es un cliché. No hay nada nuevo sobre lo que escribir. Pero sí que un día me gustaría escribir una novela negra con un héroe felizmente casado, con tres hijos y que no beba;una persona normal.

—Eso sí que sería romper clichés.

—¿Verdad? Creo que debería hacerlo.

—¿Significa esto que Quirke tiene fecha de caducidad?

—No creo. Tampoco esperaba que fuese a enamorarse de una mujer tan interesante, como en este libro. Lo que ocurre es que cada vez que termino un libro de la serie me digo «se acabó, nunca más», pero luego me empiezo a interesar otra vez por los personajes y a preguntarme qué les pasará. En realidad, escribir es una actividad sumamente infantil; es inventarse historias. Quizá por eso al menos una vez cada día levanto la vista del escritorio y me pregunto: «¿pero qué haces? ¿no tendrías que llevar una vida normal de adulto?»

—Pero con una vida de adulto sólo podría ser una persona.

—Nadie es una sola persona. Eso sólo es una resaca que nos queda de la religión, la idea de que tenemos una lucecita dentro que brilla con la intensidad de un santuario. Eso no existe. Sería aburridísimo si todo el mundo fuese sólo de una manera.

—¿Qué tiene la Irlanda de los años cincuenta que no encuentra en la actual?

—Es un país completamente diferente. Otro mundo. El país en el que crecí no existe. Escribir entonces era muy difícil: los libros más inocentes estaban prohibidos y la mayoría de los grandes escritores se marcharon: Beckett, Joyce, Wilde… Tuvieron que irse porque la vida intelectual estaba muy acotada.

—¿Y un personaje como Quirke podría existir hoy en día?

—Quizá en la Irlanda rural. Estoy seguro de que en algún pueblecito hay un abogado que no para de beber y es profundamente infeliz.

—Da la sensación de que su manera de entender la escritura y la creación está muy conectada con la infancia.

—Baudelaire decía que el genio consistía en ser capaz de dominar la infancia a voluntad, y eso se aplica a cualquier artista. Mira a Picasso: a los quince años podía dibujar como Rafael y tuvo que aprender a dibujar como un niño. Contar historias es infantil, es lo que hacen los niños, y todos los adultos son niños a la hora de irse a la cama.

—¿Entonces prefiere contar historias o que se las cuenten?

—Adoro leer, me quedo maravillado por lo que significa un libro, pero siempre he hecho reseñas de libros y he perdido la capacidad de leer inocentemente, incluso de aquellos de los que no tengo que escribir.

—¿Cómo se ve desde Irlanda la situación política de sus vecinos ingleses?

—El Brexit es un desastre. Tenía esperanza de llegar a ver en vida los Estados Unidos de Europa, pero va a ser que no. Ante eso, lo que podemos hacer los escritores es seguir manteniendo puro el lenguaje . Nabokov decía que los tiranos aman el lenguaje descuidado e impreciso, así que si tenemos alguna tarea pública es mantener el lenguaje rico, no dejar que muera.

—¿Qué ocurre ahora con Banville? ¿Ya está manos a la obra?

—Acabo de terminar la secuela de «Retrato de una dama», de Henry James. Una locura. Los críticos me van a destrozar.

—¿Envidia quizá de cuando Black se metió en el pellejo de Chandler?

—No, siempre he pensado que «Retrato de una dama» es medio libro, y James incluso pensó en una segunda parte, así que me he encargado yo. Qué arrogancia, ¿verdad?