Doña Isabel la Católica dictando su testamento, por Eduardo Rosales, 1864, Museo del Prado.

Isabel la Católica, el último deseo de la primera gran Reina de Europa

El escritor y periodista Giles Tremlett publica una biografía de la Reina castellana en la que defiende su importancia a nivel internacional y trata de aislar la leyenda negra contra su figura

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Al día siguiente de la muerte de Enrique IV, Isabel -una Infanta española rubia y de ojos verdosos- se proclamó por sorpresa Reina de Castilla en la iglesia de San Miguel, en Segovia. Tal vez la joven lloró lágrimas en la intimidad por el fallecimiento de su medio hermano, como se encargó de proclamar la propaganda de los Reyes Católicos, pero lo cierto es que no tuvo tiempo de sentir mucha lástima. La rápida maniobra de la Reina sorprendió a todo el mundo, incluido a su marido, Fernando de Aragón, que desde Zaragoza se llevó las manos a la cabeza frente a la que se les venía encima.

«Muchos hombres a lo largo de la vida de Isabel la apoyaron pensando que podrían ejercer el poder en su nombre. Fue el caso del obispo Carrillo o de Fernando y sus consejeros aragoneses. Todos ellos se equivocaron. Era una mujer testaruda, que no se dejó manejar por otros», explica Giles Tremlett, que presenta estos días su libro «Isabel la Católica: la primera gran reina de Europa» (Debate, 2017). Una obra en la que el periodista británico, autor de otros dos libros sobre la memoria de España, trata de reivindicar la figura de la castellana como una de las grandes reinas de la historia de Europa. «Mi idea era escribir una defensa de Isabel fuera de España, siendo una figura manchada por la leyenda negra», asegura el británico, que la compara por su fortaleza con Margaret Thatcher: «Son dos mujeres que se impusieron a los hombres, pero que no hicieron nada por mejorar las condiciones de las mujeres de su tiempo».

La Segovia Real

En un recorrido por el casco histórico de Segovia junto a la prensa, Giles Tremlett ilustró ayer los pasajes de su trabajo biográfico a través de rincones como el palacio del Rey Enrique IV o el imponente Real Alcázar. Precisamente, en este último Isabel pasó parte de su infancia debido a que su medio hermano, Enrique, quería alejar a los nobles de ella y de su hermano pequeño, Alfonso «El Inocente». El Rey era débil y la aristocracia castellana revoltosa, a lo que ordenó que sus hermanos abandonaran a su madre en Arévalo. «Su madre se quedó sola y terminó enloqueciendo. Isabel se endureció, probablemente, con la experiencia de su madre, y aprendió que no podía depender de nadie. Debía abrirse camino ella sola en un mundo de hombres», afirma Tremlett, en las calles que tantas veces recorrió la joven Infanta.

Isabel defendió siempre su derecho a elegir con quién casarse, que al final fue el heredero de la Corona de Aragón. Tampoco hacia él ejerció dependencia, dando lugar a una Monarquía dual inédita en la historia. «Me ha costado encontrar otro caso igual, incluso en el terreno empresarial, de una pareja de gobernantes que compartiera tanta confianza y tanto respeto», apunta sobre la relación entre Fernando e Isabel. Curiosamente -recuerda el britanico- los catalanes se apoyaron varias veces en la castellana para que intercediera ante su marido: «Fue una buena aliada para Barcelona». Tanto monta, monta tanto. La construcción de España estaba ya en marcha.