Santiago Muñoz Machado, en su despacho
Santiago Muñoz Machado, en su despacho - MATÍAS NIETO KOENIG

La gran epopeya del español en América

El secretario de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, publica «Hablamos la misma lengua»

MadridActualizado:

No lo sabemos –incluso creemos demostrado justo lo contrario– pero lo cierto es que el español no fue un idioma impuesto en América durante los siglos en los que el Nuevo Mundo dependía de la Corona Española. Ni los conquistadores, ni los virreyes que les sucedieron, ni mucho menos los misioneros hispanos obedecieron una orden sistemática de enseñanza obligatoria del español. Esta es una de las muchas y sorprendentes conclusiones del libro «Hablamos la misma lengua» (Crítica), una historia política del español en América, desde la Conquista a las Independencias, que acaba de publicar el secretario de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado (Pozoblanco, Córdoba, 1949). «Me he ido enamorando del argumento. Es lo mejor de la Historia de España», confiesa. La comunidad cultural de 500 millones de personas empezó por las palabras.

Nunca se había escrito la historia que compartimos con América con el idioma en el centro del relato. Desde la llegada de Colón y los primeros intentos de entenderse por señas. Aparecen los primeros «lenguas» que aprendían el idioma de los indios, y luego personajes apasionantes como la Malinche, que ayudan en la inteligencia de los españoles con los nativos. Hubo mil batallas que afilaban las palabras tanto como las espadas o las flechas, pero un día llegaban la razón y las leyes. Y también intentos científicos del siglo XVI por describir el territorio. El libro concluye con las independencias de la madre patria en el XIX, que no afectaron a una lengua que era también materna.

Cuidado de los nativos

Lo que en opinión del académico queda demostrado, «a pesar de la maldita leyenda negra, es que el cuidado de la Monarquía Española por no abusar de los nativos, no permitir abusos, es continuo. Y además en cada época hay alguien que denuncia los abusos que, a pesar de esas leyes, se producen». De ese afán por regular la vida en las Indias surgen infinitos documentos legales, de ida y vuelta. «Es la historia más documentada que existe. Los Reyes vivían muy lejos, dictaban muchas resoluciones, pero para un lugar a 10.000 kilómetros. Fue difícil supervisar la legislación», afirma el autor. Las leyes tienen un gran protagonismo en esta historia y sobre su influencia se consolidará el español en la época de las independencias, como demuestra el libro.

Se tiene pronto conciencia de que en realidad no se sabe lo que ocurre allí. «Las Indias no se entienden, se dice entonces». Tal vez por eso, a finales del XVI, con Felipe II «se pone en marcha un estudio monumental de los territorios y sus gentes. «No se sabe las circunstancias geográficas, ni las poblaciones que hay allí, ni dónde viven. No se llega a dominar y, cuando lleguen los Borbones, el objetivo será reconquistar las Indias», resume Muñoz Machado.

Y nuevos problemas: «Allí mandaban los virreyes y sus gobernadores. A partir de Felipe IV se han vendido cargos, casi todos son venales y hereditarios de modo que el control sobre la administración no se practica. Y los criollos adquieren un poder económico monumental, toda la organización económica de las Indias pivota sobre ellos y no será fácil arreglarlo».

La letra con religión entra

Capítulo aparte merece la religión: difícil evangelizar por señas. «A veces los sacramentos se pueden imponer fácilmente aunque no te entiendas, como se hizo con el bautismo, o incluso el matrimonio –comenta Muñoz Machado–. Pero la confesión es muy difícil si no se puede hablar. A los mexicanos especialmente les gustaba mucho confesarse porque en su propia cultura había una cosa parecida, sobre todo para las borracheras. Cuando empezaron, los frailes utilizaban unas cartillas con dibujos o definiciones y el indio señalaba con una pajita los pecados en que había incurrido». Más curiosidades: «Si había solo pecados veniales se perdonaban en conjunto a todos los indios. Cuando prohíben la poligamia les obligan a elegir una esposa para ser bautizados. Normalmente era la más joven, pero si salía mal, podían decir que habían engañado al cura y entonces volvían a elegir».

El poder no reaccionó bien a las críticas de los frailes. Tras el sermón de Montesinos que pone en 1511 a todos los españoles en pecado mortal, «el Rey Fernando se pregunta qué está pasando. Y, tras lo ocurrido en Perú, entra en juego la escuela de Salamanca, y a la cabeza Victoria, que ponen en entredicho los títulos que tiene España para someter a los nativos. Cuando el emperador se entera se escandaliza. ¿Quién es esta gente? Y le manda un recado al prior de San Esteban y le dice que tienen allí una pandilla de revolucionarios y están fastidiando los títulos principales», relata el académico. Ese debate está latente en toda nuestra historia: «Nos estamos siempre preguntando qué hacíamos allí, y eso no se lo preguntan los ingleses. Ellos responden: hacemos lo que dijo John Locke, que quien cultiva la tierra tiene derecho a quedarse. Los indios son paseantes, no tienen derecho de propiedad», remacha.

Misioneros y libertadores

Pronto los misioneros se dan cuenta del poder que supone su papel y aprenden sus lenguas en lugar de enseñarles español. «Para hablar con los indios hay que hablar con los misioneros, así que se convierten en un valladar, que va a provocar –algo que no se ha contado bien, según Muñoz Machado– que cuando lleguen los Borbones y se empeñan en un gobierno más centralizado tienen que “reconquistar América”. Hay un intendente, Gálvez, que observa que muchos misioneros le habían comido el terreno al clero secular. Al final ese proceso acaba con la expulsión de los jesuitas de España y América y esa decisión es de suma trascendencia para nuestra historia allí».

En opinión del académico, los mil y pico misioneros que salen en dirección a Italia «escriben contra España. Al tiempo construyen para los criollos una nueva visión de su historia vinculada no a los españoles sino a los indios. El indigenismo recibe justificación intelectual. Y estas serán las bases en las que se alimentan Miranda, Bolívar y todos los revolucionarios que incendian las colonias en la coyuntura más favorable, cuando España está bajo la invasión napoleónica».

«Una lengua, una nación»

Curiosamente, tras las independencias, al grito de «una lengua, una nación», como refleja el libro, se rechaza el idioma del opresor, pero «pronto aprenden que no pueden gobernar si no se unifica la lengua». Descubren que de los 13,5 millones de habitantes de América solo 3 millones hablan español. Es la última fase de la implantación del español en América, y la primera vez en la que se enseñó de forma obligatoria y sistemática. «La igualdad y libertad de las repúblicas fue para los indios un palo, se acabó el trato privilegiado que tenían con los españoles, que nunca habían obligado a aprender nuestro idioma», subraya. A los que se resistieron se les empujó a reservas o se les hizo la guerra hasta la extinción, «algo que no recuerdan los discursos indigenistas».

España debe mirar esta historia con orgullo, dice el académico: «Nunca ha habido un colonizador, ni europeo ni de otro lugar, que tenga los rasgos humanitarios y culturales de los españoles. Desde un punto de vista cultural es deslumbrante, hemos incorporado la literatura, compartimos la lengua, el urbanismo…» Solo falta, a su entender, que «nos demos cuenta de que la Marca España es el idioma; sin eso no seríamos nada y eso no se compadece con la dotación de las instituciones que cuidan del idioma», se lamenta.