Retrato de una joven Virginia Woolf fechado en 1902
Retrato de una joven Virginia Woolf fechado en 1902 - ABC

Diamantes en la basura de Virginia Woolf

Tras años de incomprensible ausencia, a finales de este mes se publica por fin en España el primer volumen de los «Diarios» (1915-1919) de la gran escritora británica

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Resulta paradójico que quien dedicó en pleno su vida a construir la de sus personajes acabase sin pretenderlo, y de manera póstuma, retratada con mayor precisión que ningún otro a través de sus escritos. Virginia Woolf (Londres, 1882-1941) vertió innumerables líneas durante su existencia, hasta el punto de hacer de la escritura su principal fuente de aliento. Cuando su cabeza echaba a volar y el mundo parecía un lugar inhóspito en el que no merecía la penar seguir, el papel y la tinta constituían un salvoconducto que daba sentido a todo lo demás.

Su figura vuelve ahora a escena, si es que en algún momento dejó de estar presente. Lo hace a través de la publicación, a finales de este mes, de «El diario de Virginia Woolf», el primero de los cinco volúmenes de relatos vivenciales en que se han reunido los 27 cuadernos, bajo el auspicio de la editorial Tres Hermanas, traducido por Olivia de Miguel y prologado por Inés Martín Rodrigo. Se trata, en suma, del más fidedigno retrato de una de las grandes creadoras de conciencias que la literatura ha conocido, y que hasta ahora estaba inédito en España.

Suicidio

Quien tenga el placer de pasear por estas vastas páginas dará de bruces con el atinado lirismo de la autora de «La señora Dalloway», adaptado a los cánones de la no ficción. Mas no por ello sus párrafos pierden un ápice de su riqueza narrativa. Acaso podría reprochársele a la autora de estos «Diarios» la irresponsabilidad de privar al lector venidero de reflexiones que ahonden sin tapujos en su consabida condición sexual, erigida en símbolo del feminismo tras la ruptura de tabúes que acometió en una época convulsa y tendente al oscurantismo como la que le tocó vivir. Sí lo hace con el suicidio, planteando la posibilidad de que las condiciones meteorológicas influyan de algún modo en la pulsión que por momentos siente hacia él. «Siempre he creído que otorgamos a la vida un valor absurdamente alto», postula Woolf.

Su sobrino y biógrafo, Quentin Bell, plantea en la introducción la posibilidad de que no todo lo reflejado en los diarios sea auténtico. Asumiendo una licencia, cabe preguntarse: ¿y qué más da? Es tal la exposición a pecho descubierto que Woolf hace de sí misma en estos manuscritos que la incierta posibilidad de que en ellos se dé cabida a los impulsos narrativos de la literata no resulta sino un regalo. El mismo que para ella representaba la escritura: «He pasado la semana escribiendo con absoluto placer, cosa extraña porque siempre tengo la sensación de que no tengo motivos para estar satisfecha de lo que escribo & de que en seis semanas o incluso después de unos días, acabaré por odiarlo. La ventaja de este método es que, sin querer, recojo algunos asuntos desperdigados que, de haberlo pensado dos veces, habría excluido, pero que son los diamantes en el montón de la basura». Así lo dejó patente en sus diarios; así nos llega ahora.

La editora del bruto de estos diarios es la mujer de su sobrino, Anne Oliver Bell. Antes de dar paso a la voz de Woolf, señala que todas las peculiaridades con las que ésta escribió cada cuadernillo han sido mantenidas en el paso al formato mecanografiado. Es así como el lector se encontrará constantemente con el «&» que utilizaba la londinense, empleado con el objetivo de reservarse el «y» convencional para los momentos en que quisiera aplicar una fuerza especial a lo descrito. También sus notas accesorias o las letras capitales con las que abreviaba el nombre de sus allegados. Bell, que ha sido testigo en primera persona del tacto y el olor de los manuscritos, dice de su letra que es «elegante y distinguida»; se refiere a su inglés como «puro y gramatical» y se rinde a su particular criba de palabras calificándola como «milagrosa».

Parón

Su bipolaridad, como su querido Leonard, el té de cada tarde o los ecos de los bombardeos que ponían de relieve lo candente de la Gran Guerra, se refugia entre las anotaciones. Y es la única culpable de que en su particular calendario hubiese días que la escritora no pudo tachar con la palabra «escrito», más allá de algún olvido puntual –«Veo que ayer se me pasó escribir, pero es que no pasó nada importante», se lee el 23 de enero de 1918–. El primer parón que se ve obligada a tomar llega en 1915, después de sufrir un intenso brote de su enfermedad que la induce a la demencia. Virginia deja de escribir hasta la primera de 1917. Sus médicos consideran que es una actividad que la excita y se la prohíben, sin tener en cuenta que en ella reside el primer eslabón hacia la rutina y, con ella, hacia la cordura, al que su paciente se asía con desesperación. Poco a poco se le fue levantando el veto, limitado en los inicios a una hora diaria, como si permitir levar anclas por completo a su mente supusiese un peligro mayor que dejarla al desamparo de lo mundano.

Sus palabras se vuelven parcas y su estilo esquemático, tan escueto que únicamente referencia el clima, las flores con las que se cruza o los insectos que revolotean por los jardines del extrarradio londinense. De manera paulatina, casi temblorosa, sus frases van cogiendo color, al amparo de su imprescindible Círculo de Bloomsbury –«No sorprendió a nadie que aquellos jóvenes iconoclastas gastaran una broma irreverente a la Marina Real Inglesa8*9, pretendieran admirar los manchones de Cézanne y se burlaran de las emociones patrióticas de una nación en guerra», cuenta Woolf al describir indirectamente la iconoclastia en torno a la que se configuraba su grupo más cercano–, del trabajo de la imprenta Hogarth Press que Leonard y ella regentaban y de las reseñas literarias que escribía para «The Times». Hasta volver a fluir, firmes, en la tablilla que cada noche reposaba sobre su regazo para dejar correr la tinta en el papel e, impregnada de ella, su vida.