Catherine Poulain, fotografiada antes de la entrevista en Barcelona
Catherine Poulain, fotografiada antes de la entrevista en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Confesiones de una loba de mar

A sus 57 años, Catherine Poulain acaba de debutar con una novela en la que narra sus experiencias como pescadora en Alaska

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Fue como una profecía pronunciada de forma solemne entre ropa húmeda, calcetines sucios, tiras pegajosas de calamar y el penetrante óleo del gasóleo inundando hasta el último rincón de la cubierta. «Después de la primera pesca, el patrón del barco me vino a ver y me dijo: “un día escribirás un libro y hablarás de nosotros”», recuerda Catherine Poulain (Manosque, 1960). Si sus manos no estaban demasiado doloridas o al borde de la congelación, es muy probable que la escena se completase con la propia Poulain garabateando en su diario. O, mejor dicho, diarios, ya que desde que abandonó su Francia natal para ver mundo y apareció en el puerto de Anchorage en 1992, fueron muchas las páginas que Poulain tuvo tiempo de rellenar relatando sus vivencias.

Lo que no podía llegar a imaginarse aquel marinero es que, veinticinco años después de aquella primera adivinación, la joven francesa que había viajado a Alaska para enrolarse en un barco pesquero acabaría transformando tamaña experiencia en un tardío debut literario de éxito sorprendente, ventas más que notables –100.000 ejemplares despachados sólo en Francia– y prestigiosas hazañas, como un puesto de finalista en el premio Goncourt a la primera novela.

«Quería hablar del descubrimiento del océano, la pasión por las grandes fuerzas del mar, los barcos como elementos vivos y la fraternidad que existe entre los hombre de pesca», relativiza Poulain sobre una novela que, además de ahondar en la crudeza de la pesca en Alaska, ha convertido en celebridad literaria a una mujer asombrosa que antes de empezar a trastear con redes y cangrejos ya había sido temporera en Canadá, operaria en una conservera de pescado islandesa y camarera en Hong-Kong. Quizá por eso el editor que leyó el primer borrador de lo que hoy es «Allí, donde se acaba el mundo» (Lumen) le recomendó que aparcara su idea original, ese «intentar entender porqué algunos hombres y mujeres necesitan pasar por el fuego y quemarse cada vez más para seguir adelante», para centrarse en su propia experiencia como pescadora durante más de diez años en Alaska.

Novela de aventuras y memoria

Es así como «Allí, donde se acaba el mundo» ha acabado por convertirse en una suerte de híbrido de novela de aventuras y memoria en la que Lili, la «doble» de Catherine, surca las aguas del Pacífico norte rodeada de hombres y a bordo de un barco convenientemente bautizado «Rebel». «La pesca es importante, ya que se abandona la tierra firme y con ella toda la seguridad del entorno social. Uno se encuentra confontrado a sí mismo, a las fuerzas exteriores y a ese universo de hombres que puede dar miedo al principio», explica una Poulain para quien ese amenazante coro de voces masculinas se convirtió finalmente en una aromoniosa sinfonía. «Tenía la sensación de que una mujer no debería estar ahí, pero en Alaska fueron los hombres quienes me tranquilizaron. Fueron ellos quienes me dijeron: “si haces tu trabajo, este es tu sitio”. Intenté ir una vez a la pesca en Francia y mi patrón fue horrible; al cabo del tiempo, se disculpó y me dijo que no quería mujeres a bordo, que quería romperme», relata.

Así, siguiendo los pasos de grandes aventureros literarios como London y Conrad –«cuando era niña ya quería ser aventurera, ser actora de mi propia vida», subraya– y recorriendo la escarpada geografía de un país en el que, asegura, «se va al límite de las cosas y cada día se rompe con todas las reglas sociales», Poulain se embarca en un viaje a través de los recuerdos para retornar a un paraíso tan desolado como idealizado. «Alaska todavía representa para mucha gente ese país mítico: sigue siendo sumamente salvaje, enorme y muy poco poblado», señala. Nada que ver, en cualquier caso, con el apretado y maratoniano calendario de entrevistas y presentaciones al que tiene que someterse desde que «Allí, donde se acaba el mundo» vio la luz en Francia. Incluso ha tenido que dejar su trabajo como pastora trashumante en Los Alpes para dedicarse por entero a una carrera literaria que no puede evitar ver con cierto recelo. «Sigo queriendo trabajar en lo físico, creo que el equilibrio se encuentra en un trabajo físico, así que me pregunto si conseguiré escribir sin ese equilibrio», reflexiona.