María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón, XII duquesa de Benavente, vista por Goya
María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón, XII duquesa de Benavente, vista por Goya - ABC
El autor y su personaje

La condesa-duquesa de Benavente, la gran mecenas de Goya

Con una larga lista de títulos nobiliarios, María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón amó y protegió la cultura de la España ilustrada de finales del XVIII y principios del XIX

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En los albores de esta historia, España languidecía abandonada al más acomodaticio libertinaje. Por sus villas, pueblos y campos vagaban hordas de hombres y mujeres que, esposados a sus pasiones, se resistían a dar la bienvenida a la nueva centuria sin antes haber devorado las últimas migajas de un extinto siglo XVIII.

Parapetados tras un perfumado biombo de divertimentos, disfrazaban el nauseabundo tufo del incipiente declive, de las famélicas cosechas y de un batiburrillo de confusos ideales ilustrados que pocos alcanzaban a entender. Con una parsimonia asombrosa, casi todos degustaban el cocido de oscuros vaticinios con que los catastrofistas amenazaban los tiempos venideros sin intuir que Napoleón, muy pronto, fijaría su atención en España.

María Josefa Alonso de la Soledad Pimentel y Téllez-Girón fue quizá la musa más inteligente de Goya. Hija de Francisco Alfonso Pimentel y Borja y de María Faustina Téllez-Girón y Pérez de Guzmán, se casó con su primo hermano Pedro de Alcántara y Téllez-Girón, IX duque de Osuna y madre de nueve hijos. Hija única y heredera de seis grandezas de España entre los 26 títulos nobiliarios que poseía, pasó en la historia a ser más conocida como la condesa-duquesa de Benavente.

La mayor parte de su juventud residió en Madrid, en sus palacios de la cuesta de la Vega y la calle Leganitos, hasta que decidió construir su particular casa de recreo, el Parque de El Capricho, situado en aquel entonces a las afueras de Madrid, en lo que ahora conocemos como la Alameda de Osuna y que se puede visitar. Allí, la duquesa-condesa de Benavente dio rienda suelta a todos sus caprichos terrenales e intelectuales para entretener a lo más granado de la sociedad del momento. Por sus salones pasaron reyes, intelectuales, nobles, artistas y políticos de toda índole.

Para construir el palacio del Capricho se sirvió de los arquitectos Manuel Machuca y Vargas y Mateo de Medina. Para el diseño del paisajismo de sus jardines, canales y fuentes, de Jean Baptiste Mulot y de Pedro Prevóst. Aquellos que, exiliados de Francia después de la Revolución, tan bien conocían Versalles. Pedro Prévost moriría a manos de los franceses cuando ocuparon el lugar.

Paraíso de las artes

Todo era exquisito en aquel paraíso de las artes. Creó un mundo de contrastes y desmesuras, de miserias y sofisticación, donde se reunía desde lo más reaccionario de la tradición española a lo más clásico. Los múltiples relojes de su casa eran puestos a punto por los relojeros Felipe y Pedro Charost, que como sus jardineros también habían huido de su patria natal para afincarse en España.

Para enseñar a tocar el violín y cantar a sus hijos contaba nada menos que con Luigi Boccherini, a quien pagó sus exequias en la Iglesia de San Justo cuando murió prácticamente arruinado. Y quién sabe si, quizá, su nocturno de Madrid fuese compuesto en estos jardines.

Organizaba tertulias literarias en sus salones con escritores de la talla de Tomás Iriarte, Leandro Fernández de Moratín, Samaniego o José Cadalso. Mientras, en la sala contigua, trabajaban en sus retratos pintores como Agustín Esteve o Francisco de Goya. Este último llegó a realizar por encargo de los duques de Osuna hasta 22 cuadros, muchos de los cuales podemos admirar en la actualidad en el Museo del Prado. Esteve, en cambio, no debió de ser tan alabado por sus mecenas, pues fue testigo directo de cómo su benefactora, en un arrebato, acuchilló el retrato que la había hecho por no haberla idealizado demasiado. Actualmente, está en la colección del duque del Infantado, donde he podido comprobar cómo el destrozo está restaurado por la parte trasera del lienzo.

Al teatrillo del Capricho llevó para competir a tonadilleras de moda como la Chulapona Sainetera y La Tirana. Y cuando había tarde de toros, acudía con sus invitados a la plaza para seguir debatiendo sobre las faenas de Costillares, el inventor de la estocada a volapié, de Pedro Romero o Pepe-Hillo, de cuya mortal cogida fue testigo junto con el maestro de la pintura que, incapaz de olvidarlo, a posteriori lo plasmaría en sus grabados de la Tauromaquia.

Atributos de la feminidad

Don Francisco de Goya no solo quiso convertir a la duquesa de Osuna en musa de su inspiración; junto con ella, otras dos mujeres contemporáneas y de lo más dispares ocuparían sus lienzos. Los retratos de la condesa-duquesa de Benavente, la duquesa de Alba y la condesa de Chinchón, la desdichada mujer de Godoy que tuvo que compartir marido con Pepita Tudo, le sirvieron para reflejar la sabiduría, la seducción y la dulzura, los tres atributos que más admiraba de la feminidad.

En contraposición a éstas, y siempre por encargo, plasmó a otros personajes nada santos de su devoción. Patéticos títeres que bailaban al son de un solo impulso, el de vanagloriarse sin preocuparse demasiado de la salvación de sus almas. Tropeles que, seducidos por unos caprichos mucho más banales que los de doña María Josefa, delinquían sin pudor contra el interés general de los españoles. Petimetres que aireaban desvergonzadamente la batuta de sus antojos para escuchar la más vanidosa de las melodías. Carlos IV, María Luisa de Parma, Godoy y los hermanos Bonaparte se encargarían de dirigir esta nefasta orquesta.

Para la duquesa de Osuna, como para tantos otros, independientemente de su estamento, los pactos de Aranjuez concedieron prebendas inaceptables a Francia. Consciente de la ira de los españoles, la familia de los duques, junto con otros nobles y apoyados por el príncipe Fernando, en un amago de terminar con aquel dañino triunvirato, acabaron sufriendo la falta de determinación del propio príncipe.

Pueblo y nobleza, unidos

Y así fue como pueblo y nobleza se unieron. Mientras la Familia Real discutía, España entera, guiada por la nobleza, consiguió la defenestración de Godoy y la posterior abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando. No contaban entonces con que el Príncipe Fernando terminaría de abrir la puerta a los intereses de Napoleón, pero aquello tampoco consiguió separarles. España, más unida que nunca, con tesón, lucha y constancia consiguió deshacerse del invasor.

Amor, celos, envidias, luchas de poder, intrigas... y, envolviéndolo todo, los últimos estertores de una corte enfangada en sus propias miserias y rencillas. Entre la intriga, el misterio, la crónica histórica y el relato íntimo, asistimos a una época en la que todo cambió: las estructuras seculares del Estado se tambalearon, España se enfrentó al ejército más poderoso del mundo y venció.

La duquesa de Osuna tan solo se alejaría de la corte en dos ocasiones: la primera, para seguir a su marido a París y la segunda, cuando el ejército de Napoleón decidió hacer a España suya. Dejó su casa, que sería devastada y transformada en un cuartel general francés, para irse a Cádiz, el único bastión libre del invasor. Allí, en un piso alquilado, vivió cómo se fraguó nuestra primera Constitución, la de 1812, más conocida como La Pepa, y participó en las tertulias de Francisquita Larrea, que como ella era amante de todas las artes.

No regresó a Madrid hasta finalizada la Guerra de la Independencia para pasar sus últimos años intentando recuperar el esplendor de todo lo perdido.