Detalle de «Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, a caballo», de Velázquez
Detalle de «Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, a caballo», de Velázquez - MUSEO DEL PRADO

El conde-duque de Olivares: la desolación de la quimera

Hombre culto y mecenas generoso de artistas, dramaturgos y eruditos, quiso servirse de Quevedo, fue el gran protector de Velázquez en la Corte y de él partió la idea de construir el Palacio del Buen Retiro

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Decía Ortega y Gasset que los ojos de Velázquez siempre ven más hondo que los demás pintores de su tiempo. Y el Conde-duque de Olivares a caballo que puede admirarse en el Museo del Prado es un ejemplo perfecto de dicha observación. Porque el cuadro no sólo constituye una obra maestra de la pintura universal, sino también una pieza incontestable de propaganda política y, sobre todo, la plasmación del alma del retratado, don Gaspar de Guzmán, el hombre fuerte de la monarquía de Felipe IV, el primer gran reformista de la Historia de España.

Todos los días del mundo son caminos sin retorno, y el todopoderoso valido de Felipe IV terminó su vida desterrado de la Corte y dramáticamente demenciado. Pero en el Museo del Prado Olivares sigue siendo el Atlas del imperio más grande jamás conocido, su guía y su guardián. Conviene dejar a un lado la Historia del Arte y mirar el cuadro. ¿Qué vemos? Un hombre robusto dirigiendo una batalla que se desarrolla al fondo. Monta gallardamente el corcel andaluz más impresionante, viste armadura de plata y con la mano derecha, finamente enguantada, sostiene el bastón de general. Pero lo que más sorprende en él es su mirada: una mirada enérgica, arrogante, una mirada que encarna la voluntad de mando, la pura decisión, la acción continua, la fatalidad inapelable.

Velázquez pintó el cuadro para el conde-duque en torno al 1634. Olivares tenía en aquel momento cuarenta y siete años, llevaba trece como primer ministro de la monarquía y aún se encontraba en la cima de su poder. Había nacido el día de la fiesta de los Reyes Magos en Roma, donde su padre, arrogante y pagado de su sangre, la más orgullosa de la estirpe de los Guzmanes, era embajador. Como segundón, estaba destinado a seguir la carrera eclesiástica, pero el azar y la fortuna allanaron el camino por donde alcanzó las grandes dignidades hacia las que su ambición le impulsaba. Primero, la muerte de su hermano mayor en 1604, haciéndole cambiar de estado y obligándole a vivir en la Corte, y la de su padre, tres años después, proporcionándole con su cuantiosa herencia los medios para brillar en ella. Después, la boda con su prima Inés de Zúñiga y Velasco, que le dio preponderancia en palacio. Y, por último, las intrigas y rivalidades entre los favoritos de Felipe III, el duque de Lerma y su hijo el duque de Uceda, que favorecieron su nombramiento como gentilhombre de cámara del príncipe, puesto clave para ganarse el favor del joven que ocuparía el trono en 1621.

Recelos y sospechas

«Alguien heló tus labios», de Fernando García de Cortázar (Kailas)
«Alguien heló tus labios», de Fernando García de Cortázar (Kailas)- ABC

Sin duda, la clave fundamental de la carrera política del conde-duque se encuentra en su capacidad para mirar en los rincones más oscuros de Felipe IV, un ser abúlico y pusilánime condenado a una tarea abrumadora. Desde el principio, la habilidad de Olivares para moldear al rey según sus propios designios fue enorme, y llevó a sus rivales al abatimiento y la desesperación. Pero don Gaspar –tan enérgico como propenso a las quiebras de melancolía, lleno de recelos y sospechas, de profundidades afectivas y de contriciones patéticas que disimulaba cuando subía al escenario de la vida pública– fue también un gran estadista, un ministro con las mejores condiciones para hacerse cargo del pesado fardo del gobierno: capacidad de trabajo, entendimiento de los negocios, voluntad de mando, autoridad. No hay que ignorar que su virtuosa actuación al frente de la monarquía ofreció en sí misma, al menos hasta que su mundo empezó a derrumbarse con las rebeliones de Cataluña y Portugal, el mejor argumento a favor de su permanencia en el poder.

Hombre culto y mecenas generoso de artistas, dramaturgos y eruditos, Olivares siempre valoró la importancia de la imagen en la política. Fue el gran protector de Velázquez en la Corte y de él partió la idea de construir el Palacio del Buen Retiro, muestra expresiva del esfuerzo por hacer del arte un medio de propaganda de la monarquía en sus horas de declive. Leyó con provecho e interés los mil y un escritos de los arbitristas. Quiso servirse de Quevedo porque el poeta era el tipo de intelectual que conviene tener en el bando propio y no en el del enemigo, y porque, además, el autor de El buscón pensó en un principio que el ministro sería el piloto experto para conducir a buen puerto la frágil nave de España.

«Varón grande que supo formar designios gigantes, pero en los medios le menguó la disposición, y en los fines le faltó la felicidad», dijo de él con acierto el cronista sevillano Ortiz de Zúñiga. Y así lo veo ahora, mientras escribo estas líneas, recibiendo a espías y gentes de confianza a primeras horas de la mañana, despachando con secretarios los expedientes que le había devuelto el rey o las minutas prolijas para los diferentes Consejos, recorriendo mentalmente la totalidad del tablero de ajedrez europeo, doblegando la voluntad de los generales, ministros y banqueros de los que dependía para sostener el vasto esfuerzo que exigía la reforma de España y la restauración de su grandeza, perdida, a juicio de sus contemporáneos, en tiempos de Lerma. Y pienso en el contraste existente entre el cardenal Richelieu, con su majestuoso aspecto de príncipe de la Iglesia cuando entraba en un salón rodeado de su impresionante séquito, y el conde-duque yendo y viniendo afanosamente por el Alcázar con papeles de Estado metidos en la cinta del sombrero y colgados de la cintura, evocando en quienes le veían la imagen de un espantapájaros.

Fracasa su ambicioso programa

Al final el todopoderoso ministro acabó siendo siervo de las esperanzas que generó al llegar al poder. Quiso reformar radicalmente España para pasar hacia atrás las páginas de la historia y volver a los días heroicos de Felipe II, y durante un tiempo pareció que aquella quimera era posible. Pero el ambicioso programa se estrelló rápidamente contra la resistencia de la burocracia y las oligarquías, se enfangó en el laberinto de las guerras exteriores y terminó fracasando a gran escala en todos los frentes. Como recuerda Elliott, Olivares había proclamado la mayor unidad de los diversos y fragmentados territorios de la monarquía, y las rebeliones de Cataluña y Portugal amenazaban con separarlos de manera irreversible; había pregonado el triunfo del rey sobre sus enemigos y, en cambio, las tropas españolas estaba siendo visiblemente desbordadas; había insistido en la magnificencia de Felipe el Grande y, sin embargo, tal y como señalaba malévolamente un poema satírico atribuido a Quevedo, «Grande sois, Filipo, a manera de hoyo».

Conmueve, en estos días en que la pesadilla separatista adopta la forma de racismo troglodita en Cataluña, leer aquel memorial que el valido escribiera a Felipe IV al comienzo del reinado, clave de bóveda de su política reformista: «Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su monarquía el hacerse rey de España; quiero decir señor, que no se contente con ser rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de Barcelona…». Acongoja su salida de Madrid en 1643, después de que el monarca cediera a las presiones que crecían a su alrededor igual que animales sedientos: de incógnito y por caminos poco frecuentados, como un vulgar delincuente. Produce tristeza pensar en su posterior marcha de Loeches, donde tenía su casa de retiro rural y adonde había llegado ya vencido y desalojado de la historia. Siempre me ha parecido demasiado cruel ese final, demasiado injusto. «Todo es una comedia», dice el Olivares de mi novela, Alguien heló tus labios, cuando ya vive sus últimos días en Toro, en plena desolación de la quimera, perseguido por sus enemigos y hasta molestado por la Inquisición. «Todo es mentira y representación… Sólo nos ha de consolar ver que el ser Rey, Papa, Grande o pobre y humilde, dura sólo mientras hacemos la figura en el escenario de la vida».