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Cervantes, la invención inglesa del mito fundador de la novela moderna

La reivindicación del estilo del autor del Quijote como modelo a imitar por su sátira moral del mundo nació en Inglaterra

Cervantes, la invención inglesa del mito fundador de la novela moderna

La primera parte del Quijote de 1605 gozó de un enorme éxito y de difusión por toda Europa y América. Pero, ¿le sucedió lo mismo a Cervantes? ¿De dónde procede la fama de escritor digno de ser imitado? ¿Estaríamos hoy hablando de Miguel de Cervantes, conmemorando los 400 años de su muerte, si no hubiera sido reivindicado por los escritores ingleses? ¿Hasta qué punto el éxito editorial del Quijote no ha sido un lastre para comprender a su autor en toda su complejidad? ¿Aún hoy sigue sucediendo?

El Quijote tuvo un éxito inmediato tras su salida entre diciembre de 1604 y enero de 1605

Los datos son conocidos pero vale la pena recordarlos. En los últimos días del mes de diciembre de 1604 y en los primeros de enero de 1605 se pusieron a la venta centenares de ejemplares de la primera parte de un libro de caballerías que estaba llamado a gozar de un enorme éxito: «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Macha», firmado por Miguel de Cervantes Saavedra. Veinte años después de que publicara el autor complutense su libro de pastores, «La Galatea» (Alcalá de Henares, 1585), financiada por Blas de Robles, le toca el turno ahora a otro libro de género, a otra propuesta editorial que pudiera competir en las librerías con el gran best-seller del momento: el «Pícaro», que no es más que el «Guzmán de Alfarache» de Mateo Alemán (1599).

El éxito es inmediato, o así lo deja escrito Cervantes en boca de Sansón Carrasco -«gran socarrón»- al inicio de la segunda parte de la obra, publicada en 1615: «Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que, apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí va Rocinante».

En Valladolid un soldado portugués sobre un rocín flaco causó mofa en junio de 1605: «Un Don Quijote», le llamaron

Y así lo sabemos por los primeros testimonios de la aparición de los personajes cervantinos en las fiestas y torneos que se fueron multiplicando por toda España y el resto de Europa a partir de los primeros meses de su difusión. El 10 de junio de 1605, acompañando a los reyes en el cortejo por el centro de Valladolid, apareció un soldado portugués sobre un rocín flaco y todos le reconocieron como un «Don Quijote», llenando de risas las calles. También un cortejo caballeresco quijotesco estuvo presente en 1613 en la ciudad alemana de Dessau con los que se festejó el bautizo del hijo del príncipe heredero… Y sucede lo mismo en los festejos que se organizaron en Córdoba y Zaragoza en 1614 para celebrar la beatificación de Santa Teresa, o los que dos años después se pudieron disfrutar en Baeza, Sevilla, Salamanca o Utrera en honor de la Inmaculada Concepción.

Y no solo en Europa. En 1607, tan solo dos años después de su publicación, un cómico don Quijote aparecerá como uno de los mantenedores caballerescos de un torneo celebrado en la ciudad peruana de Pausa; y en 1621 se celebraron en México fiestas en honor de la beatificación de San Isidro, y en ellas no dejó de aparecer un don Quijote.

Y si nos adentramos en el ámbito de las traducciones, no podemos de dejar de admirarnos de la rapidez con que fueron vertidas a otras lenguas las aventuras quijotescas: en 1612 y en 1620 al inglés (Thomas Shelton), en 1614 y 1618, al francés (César Oudin y François de Rosset), o en 1622 al italiano (Lorenzo Franciosini), sin olvidar el alemán (1648) o el holandés (1657). Y el influjo en tantos salones cortesanos y nobiliarios franceses, en tantas casas burguesas alemanas, flamencas o inglesas, puede rastrearse a partir de los grabados, los cuadros, los tapices, las representaciones teatrales, el ballet, las imitaciones, las recreaciones, como el famoso «Cardenio» de Shakespeare y Fletcher…

Sin el éxito europeo, el Quijote habría sido un best-seller más, como el «Guzmán de Alfarache»

Pero ¿cómo leían el Quijote en toda Europa a lo largo del siglo XVII? ¿Cómo podemos explicar tal éxito en tantas tierras? Es importante reseñar que en España el Quijote había comenzado a dejar de ser un libro de éxito, después de su primer impulso. 1605 verá la luz de dos ediciones legales de la obra cervantina en Madrid (la Corona de Castilla), pero de otras tres ilegales en Valencia (Corona de Aragón) y en Lisboa (Corona de Portugal). Pero en 1608, cuando se reedita el Quijote en las prensas madrileñas de Juan de la Cuesta, todavía quedaban ejemplares de la segunda edición de 1605. Dicho en otras palabras: sin el éxito europeo, el Quijote no hubiera sido en España más que un best-seller más, un libro con una amplia difusión en un primer momento y con una caída paulatina de ventas y de lectores en los años siguientes años, como le sucederá al mismo «Guzmán de Alfarache». Todo será diferente gracias al éxito del Quijote en Europa.

Europa y la novela moderna

¿Qué vieron los europeos en el Quijote para lanzarlo al éxito editorial, que nunca desde entonces ha abandonado? ¿Cómo es posible, como se dijo en 1662, que era el libro que «más había hecho sudar» a las imprentas de su momento? El Quijote triunfa en Europa por ser un libro de caballerías. Un particular libro de caballerías. Ni más ni menos.

El género de los libros de caballerías castellanos, con el «Amadís de Gaula» a la cabeza, sigue gozando del favor de los lectores europeos en los primeros años del siglo XVII. Las traducciones y las continuaciones están presentes en las bibliotecas nobiliarias y no hay fiesta que se precie que no cuente con un torneo, que no tenga a algunos de estos caballeros de papel como protagonistas. De este modo, el Quijote puede difundirse, puede traducirse en Europa como un libro de caballerías castellano más… pero un particular libro de caballerías, pues los enemigos de la Monarquía Hispánica, los grandes lectores franceses, ingleses, alemanes o flamencos van a encontrar en él a un caballero loco, ridículo, cómico que bien puede ser entendido, recibido como imagen risible del propio imperio español que no deja de sumar una derrota detrás de otra, una caída detrás de otra, una desilusión tras otra.

Felipe III vio a un escudero muerto de risa con un libro en las manos: «Aquel joven o está loco o está leyendo el Quijote»

Si el rey Felipe III al ver a un escudero muerto de risa con un libro en las manos, exclama a uno de sus consejeros, que «Aquel joven o está loco o está leyendo el Quijote»; o si César Oudin le pide al rey Luis XIII que haga sitio a su traducción caballeresca entre sus soldados, «si no combatiendo, al menos entreteniendo», son solo dos ejemplos de la lectura cómica con que fue recibido el Quijote en la Europa del momento. Lectura cómica que pervivirá en España hasta bien entrado el siglo XVIII. En el primero de los Diccionarios de la Real Academia Española, el impreso en 1737, aparece por primera vez la voz Quijote, y lo hará con la siguiente definición: «Se llama al hombre ridículamente serio, o empeñado en lo que no le toca». ¿Acaso una obra leída de este modo iba a encumbrar a su autor, a Miguel de Cervantes, como modelo digno de ser imitado? Todo lo contrario. Por estos años de principios del siglo XVIII, los ilustrados españoles van a considerar que Alonso Fernández de Avellaneda, o quien se escondiera detrás de este nombre, autor del Quijote falso impreso en 1614, era digno de ser elogiado más que Cervantes, pues, al menos, Avellaneda seguía las leyes del «decoro». ¿Dónde se ha visto a un escudero como si fuera un filósofo hablando de la muerte? Pero algo estaba cambiando, algo había comenzado a cambiar en Inglaterra.

Quijote o'clock

Serán los lectores ingleses los que sepan leer más allá del estilo claro y sencillo de la obra -que lo acerca a todos los lectores-, y de la apariencia de risa que todo lo envuelve, para darse cuenta de las enormes posibilidades narrativas que ofrece el Quijote, la base de un nuevo modelo de novela que ahora se estaba fraguando: la novela moderna. John A. Garrido Ardila en su espléndido Cervantes en Inglaterra: el Quijote y la novela inglesa del siglo XVIII (Alcalá de Henares, Biblioteca de Estudios Cervantinos, 2014) traza el itinerario que va desde esta primera lectura cómica a la influencia en los grandes novelistas ingleses del siglo XVIII: Henry Fileding, Richard Graves, Tobias Smollett, Laurence Sterne, o Jane Austen, que hará de puente, junto con Walter Scott, para que la influencia cervantina siga viva en la novela inglesa del XIX.

Desde las portadas inglesas se destaca a Cervantes como autor, más allá de las bromas y la comicidad de su obra, de su «Don Quijote». En la portada de la traducción inglesa de las «Novelas ejemplares» de 1654, puede leerse: «De la pluma elegante de ese famoso español, don Miguel de Cervantes Saavedra, el mismo que escribió “Don Quijote”»; o en la portada del Joseph Andrews de Fielding de 1734 se lee «written in imitation of the Manner of Cervantes, autor of Don Quixote».

Grabado de un retrato según los datos aportados por Cervantes en sus «Novelas ejemplares»
Grabado de un retrato según los datos aportados por Cervantes en sus «Novelas ejemplares»- ABC

La sátira moral

A la manera de… por eso no debe extrañar que la primera edición de lujo del Quijote, que la primera biografía sobre Cervantes (la de Mayans y Siscar), que el primer grabado basado en el retrato de palabras que el propio Cervantes escribiera en el prólogo de las «Novelas ejemplares» (1613), se va a realizar en Londres; cuatro tomos en español impresos por Tonson, y financiados por Lord Carteret. Es el triunfo de una nueva forma de leer la obra cervantina, alejada de su primera lectura caballeresca y cómica. El Quijote transformado en una sátira moral… idea que retomará Vicente de los Ríos en su biografía y análisis del Quijote de la edición de la RAE de 1780 (la impresa por Ibarra), y de ahí a la de Pellicer que imprime Gabriel de Sancha entre 1797 y 1798.

Es el momento de poner el foco en Cervantes y no en su personaje, porque su vida y su obra son un ejemplo para el siglo XXI

Ahora que celebramos los 400 años de la muerte de Cervantes, es necesario que pongamos el foco en el autor y no en el Quijote (en esa obra que ya celebramos en el 2005 y en el 2015, con mayor o menor fortuna). Es el momento para recordar a Cervantes como un gran autor (y un gran hombre, un gran personaje, un gran mito), como lo hicieron los ingleses hace trescientos años, y no nos dejemos llevar por la sombra del Quijote, imponiendo su retrato al del soldado, cautivo, recaudador de impuestos y escritor Miguel de Cervantes. Miguel de Cervantes Saavedra merece que le escuchemos atentamente cuatrocientos años después. Su vida y su obra todavía pueden ser un ejemplo en el siglo XXI.

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