El escritor portugués António Lobo Antunes, fumando un cigarrillo
El escritor portugués António Lobo Antunes, fumando un cigarrillo - EFE

António Lobo Antunes: «Nunca tuve sentimientos nacionalistas porque se pagan muy caros»

El permanente candidato portugués al Nobel, que regresa con la novela «Solo quiero que las piedras se tornen más leves que el agua», recibe en exclusiva a ABC en su estudio de Lisboa

Corresponsal en LisboaActualizado:

La tarde apunta a un cielo de ceniza en el barrio lisboeta de Campolide, no lejos del extremo norte del Parque Eduardo VII. Subimos al 12º piso y, cuando se abre la puerta, el sosiego contrasta con la escritura inquietante de António Lobo Antunes. Cruza el umbral entonces, a sus 75 años, el autor de «Memoria de elefante», «Fado alejandrino», «Conocimiento del infierno», «Ayer no te vi en Babilonia» o «Buenas tardes a las cosas de aquí abajo».

Estamos en su refugio, en su estudio, donde se sienta desde hace tantos años sin necesidad de invocar a ninguna musa. No hay rastro de aparatos electrónicos, únicamente compendios del saber y de su propia inspiración.

Rodeado de decenas de traducciones de sus perturbadoras y densas novelas, el permanente candidato a suceder a José Saramago como premio Nobel portugués de Literatura fuma sin parar, mientras recibe a ABC con su flamante «Até que as pedras se tornem mais leves que a água» bajo el brazo. Un retorno a los fantasmas de la guerra de Angola, que tanto marcaron a este psiquiatra (literalmente) de la literatura, capaz de sobrecogernos con sus palabras nada complacientes. «No me pongo límites», admite antes de proclamar: «En realidad, yo no quería hablar de Angola, sino de la relación entre un padre y un hijo».

Cascarrabias encantador

Mira con satisfacción el bloque de seis paquetes de tabaco sobre la mesa. «¿Todo esto solo para usted?», le preguntamos. Y, con su talante de cascarrabias encantador, se defiende: «Sí, pero me dura mucho tiempo». No tanto, a juzgar por la rapidez con la que engarza un cigarro con otro. «Ya he pasado por el cáncer, de modo que no me asustan las consecuencias», tercia rememorando una de sus más recientes obras: «Sobre los ríos que van», puesta en pie después de su experiencia en el hospital.

Ha transcurrido un año desde la muerte de su hermano Joao, el eminente neurocirujano que tanto influyó en él, pues de hecho se adentró en los caminos de la psiquiatría. Una fotografía en la pared muestra a los dos, aunque a don António se le hiela el alma cuando ve que la miramos. «En mi familia, la gente no habla mucho. Cada uno hace su vida y nos tenemos un gran respeto», dice la principal voz viva de las letras portuguesas, uno de los grandes de la literatura europea con su universo incómodo pero sublime.

«Escribo lo que puedo, pero no soy una abuelita», confiesa después de reiterar que lo suyo no tiene nada que ver con «divertir o entretener». De ahí el título de su nuevo libro: «Solo quiero que las piedras se tornen más leves que el agua». «Lo que escribo no sale de mi mente, ni es para curarme de nada, ni pretendo dejar a nadie sin respiración. Quizás escribo porque mi madre me enseñó a leer siendo muy pequeño. Desde entonces, no he dejado de hacerme preguntas y tengo pocas certidumbres», subraya este admirador de Unamuno y Marsé, a quien le encanta decir bien alto que nació «en una maternidad de prostitutas en el barrio de Benfica».

Concepto de identidad

Le define, por tanto, la esencia lisboeta, pero en absoluto le obsesiona el concepto de identidad: «¿Unión Ibérica? Me daría igual. Sé que algunos catalanes quieren la independencia, aunque yo no tuve nunca sentimientos nacionalistas porque se pagan muy caros». Y agrega: «Si tuviera que militar en un partido político, creo que sería en uno anarquista moderado».

Lobo Antunes nunca lee sus propios libros cuando pone el punto final a sus páginas. Alza la vista y espeta: «Cuando los termino, ya me olvido de ellos». Tampoco se inmuta cuando escucha la palabra Nobel. Reacciona así: «Creo que tengo derecho a recibir el premio, pero no puedo quejarme. Lo importante es leer buenos libros».

Hace solo unos meses que se estrenó en Portugal y en España la película «Cartas de la guerra», en la que Ivo M. Ferreira traslada (de forma brillante) el epistolario que le escribió a su entonces mujer para expresar el horror del conflicto de Angola a comienzos de los 70 y cuánto la echaba de menos. «No la he visto, ni me interesa verla. Lo que sí puedo decirle es que la guerra nunca arregla nada».

Mientras urde una nueva novela, no cesa de desahogarse cada semana con sus lectores a través de la columna que mantiene en la revista «Visao».