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Antonio Iturbe: «Saint-Exupéry pilotaba con traje y corbata»

El autor de «A cielo abierto», premio Biblioteca Breve 2017, rinde tributo a los pioneros de la aviación

Antonio Iturbe, autor de «A cielo abierto», novela con la que ganó el Biblioteca Breve
Antonio Iturbe, autor de «A cielo abierto», novela con la que ganó el Biblioteca Breve - ABC
Sergi Doria Barcelona - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

El 31 de julio de 1944, el avión de reconocimiento que pilotaba Antoine de Saint-Exupéry no regresó a la base de Bastia… A los 44 años, su tiempo de piloto estaba agotado. Pasaría a la historia de la Literatura por su longseller «El Principito» y, también, por haber protagonizado con Jean Mermoz y Henri Guillaumet el despegue de la aviación civil. Didier Daurat, el que fue director de operaciones en la compañía Aeropostale afirmará los tres aviadores habían vivido cada año como si fueran diez: “Vencieron sus miedos, llegaron a lugares asombrosos donde nadie había llegado, superaron retos que parecían imposibles, se sacrificaron para que la gente recibiera su correo en lugares remotos…».

De todo eso hay en «A cielo abierto» (premio Biblioteca Breve 2017). Antonio Iturbe rinde homenaje a los tiempos heroicos de la aviación: «El piloto cruzaba los océanos como un caballero andante en aparatos de madera repleta de tornillería, remaches y soldaduras…». Aviones que devenían en alfombras voladoras con las que adentrarse en la leyenda. Saint-Exupéry, Mermoz y Guillaumet son tres amigos tan diferentes como complementarios. «Si se pudieran fusionar darían el aviador perfecto: Saint-Exupéry es sensible, pilota con traje de lana y corbata; el prosaico Mermoz encarna el empeño, el arrojo y la valentía; Guillaumet combina la serenidad con el virtuosismo aéreo», explica el autor.

La mirada de «Tonio» Saint-Exupéry está teñida de melancolía. Mientras Mermoz vuela de mujer en mujer, Saint-Ex arrastrará toda la vida su amor no correspondido por Louis de Vilmorin, Loulou. «Su matrimonio con Consuelo Suncín-Sandoval fue un caos. Los dos tuvieron amantes porque los dos eran inestables e inseguros», añade Iturbe. Aquel aristócrata venido a menos, cuya vida era un interminable vuelo nocturno, cultivó un romanticismo exacerbado: «Loulou fue su amor verdadero, un amor de juventud que no se desgasta ni desilusiona porque no se llegó a consumar, la idealización de la ausencia».

Aventuras y desventuras aéreas

En los cuatro años de escritura de «A cielo abierto» Iturbe acompañó a sus personajes en sus aventuras y desventuras aéreas. Además de toda la obra de Saint-Exupéry se leyó «Mis vuelos», un libro en el que Mermoz se muestra contrario a utilizar hidroaviones para cruzar el Atlántico; también le resultó útil la biografía de Marcel Migeo sobre Daurat, el expeditivo jefe de Aeropostale.

Con la fusión en 1933 de todas las aerolíneas en la compañía estatal Air France concluye el momento poético de los pioneros, subraya Iturbe: «De los tres aviadores, Saint-Exupéry era el menos habilidoso: pasaba de la treintena y había sufrido varios accidentes… Acabó con un humillante trabajo en el departamento de relaciones públicas de Air France». Los turbios años treinta tuvieron el efecto de un vendaval: «Mermoz abrazó el nacionalismo de La Croix de Feu y Saint-Exupéry se alistó en el ejército aliado, pero no como bombardero sino en la sección de reconocimiento aéreo», apunta Iturbe. Y luego llegó la muerte, tantas veces presentida: Mermoz desapareció en el Atlántico en 1936. Guillaumet en combate en 1940. Saint-Ex, en 1944, aguas del mar Tirreno.

De todas sus obras, el autor de «A cielo abierto» subraya el Saint-Exupéry de «Tierra de hombres»: «Ahí están sus aventuras, sus amigos, sus inquietudes, esa faceta de contador de historias de sobremesa…». Con «El Principito», un libro de encargo escrito casi al final de sus días, aquel hombre ciclotímico y torturado labró una posteridad literaria que él reservaba a su «Ciudadela», breviario inacabado donde ensalza la tiranía de los justos. «Todo en su vida es una cerilla que brilla un instante y después se apaga. Luego queda ese rastro de humo negro», escribe Iturbe a modo de epitafio.

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