El escritor Agustín Fernández Mallo, fotografiado poco antes de la entrevista
El escritor Agustín Fernández Mallo, fotografiado poco antes de la entrevista - IGNACIO GIL

Fernández Mallo: «No valoramos que Europa es un vergel, ¿por qué este ansia de cargarnos Europa?»

Llega a las librerías «Trilogía de la guerra», una ambiciosa novela, reflejo del siglo XX, con la que el escritor logró el último premio Biblioteca Breve

MadridActualizado:

Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) ve el mundo en «modo poesía». Esa forma de estar en la realidad que compartimos hace que de los peores programas de la televisión –«la veo todo el día, me encanta», confiesa– haya sacado «cosas que son mundos enteros». Una poética muy particular que en «Trilogía de la guerra» (Seix Barral), novela con la que logró el último Biblioteca Breve, alcanza una de las cimas narrativas de su carrera. Todo para trazar su particular visión de la «cara b» del siglo XX, con paradas en la isla gallega de San Simón, la guerra de Vietnam o Normandía.

¿Son todas las guerras la misma?

Evidentemente, pero al mismo tiempo son distintas. De la guerra me fueron interesando distintas cuestiones a medida que fui escribiendo; por ejemplo, el concepto de guerra legal.

Yo considero que, desde el momento en que se denomina guerra, poco de legal tiene para el ser humano.

Esa es una de las cosas que intenta cuestionar el libro. Si las guerras se declaran y luego se firma la paz, es porque están sujetas a una legalidad. De ahí que podamos verbalizar frases como «crímenes de guerra», y lo que está fuera de la supuesta legalidad de la guerra es lo que llamamos terrorismo.

¿Cuál es la guerra legal que más nos ha afectado en los últimos años?

La guerra económica de los últimos diez años, que es una guerra del norte de Europa contra el sur. En EE.UU. la crisis económica la resolvieron en una patada, porque como el Estado es calvinista tiene muy claro qué moral aplicar. En Europa hay diferentes morales, fundamentalmente protestante y católica, y aún no hemos salido de la crisis.

Si en la época de Neil Armstrong, la Tierra observada desde la Luna era pequeña, ¿cómo será ahora, con los desastres de los últimos años?

Como una de las metáforas que plantea el libro: África se quema, que es como decir que el mundo se quema. Hay un fuego eterno.

Pero parece que ese fuego se reaviva cada vez más...

Yo no estoy de acuerdo, porque ese mensaje es apocalíptico. Los habitantes del planeta Tierra viven en el mejor de los mundos históricos. Pero como hoy nos enteramos de lo que pasa en todas partes, rápidamente nos influye. Cosas horribles han pasado siempre.

En el libro se mete mucho con la cultura hipster...

Bueno, un poco, como la conozco tanto y he estado tantas veces allí… [ríe].

¿Es la impostura uno de los mayores males de la cultura moderna?

La impostura es connatural a la cultura moderna. No puede existir ningún movimiento cultural sin un diseño de sí mismo. Hay un momento en que toda cultura se pone enferma de su propia pose y muere. Pero yo no critico mucho eso, porque nunca voy en contra de nada.

Pero, ¿por qué hay que ir en contra de algo? Estamos instalados en una especie de inercia que nos obliga a ir contra algo…

De inercia y de histerismo, si no estás en contra de algo, no eres persona. En mi narrativa, intento no ir nunca en contra ni a favor de nadie, porque son dos extremos viciosos y caes en ridículos. Intento desarrollar mi propia poética y llevar a los personajes a lugares mentales a los que yo nunca habría llegado, ponerlos en tesituras absurdas, extrañas, en lugares desenfocados. Los escritores, quienes hacen arte de cualquier tipo, e incluso los científicos, son quienes ante el objeto que todos hemos visto de repente dan un pequeño giro que te hace ver todo un mundo. Esta idea de que en un grano de arena puede haber todo un cosmos... eso es la literatura para mí.

¿De dónde sale el sueño del personaje de Kurt de una península ibérica atravesada por una pista de aterrizaje?

Es una idea que tenía desde el 2002, pero nunca pensé que la fuera a escribir, ni de qué forma. Me pareció una escena que nunca se había escrito, insólita.

¿Y cómo ve usted, ahora, a nuestra península ibérica?

Bueno [ríe], la veo cada vez más desértica, como la he visto siempre, un cristo. Más que la Península Ibérica, España… En este país tenemos la manía de comernos a nosotros mismos, y eso es un mal que lleva ahí desde tiempos inmemoriales.

En el viaje a pie de la protagonista del Tercer Libro por la costa de Normandía, vemos reflejado el negro presente de Europa. ¿Ha llegado el fin del sueño europeo, tal y como se concibió?

Para nuestra desgracia, sí. Me sorprende muchísimo que hayamos olvidado las muertes que costó construir el concepto de Unión Europea. Europa es el primer macroestado posmoderno, se ha hecho a través de los mecanismos de la modernidad, que son la seducción y la publicidad, y eso es un logro del ser humano increíble. No nos damos cuenta de que Europa es un vergel, es una anomalía planetaria, el resto del mundo es más violento. ¿Por qué este ansia de cargarnos Europa? Es cuando aparecen los nacionalismos extremos.

El Brexit es uno de ellos...

Pero yo doy un paso más: dentro de Europa nos rechazamos, que eso ya me parece del género tonto. Es una cosa muy rara, por ejemplo en España, los nacionalismos que cada x tiempo emergen, en todas partes, País Vasco, Cataluña, Galicia… ¿Qué sentido tiene? ¿Es que no vives bien? ¿Qué más quieres?

Al final, en el libro vuelve a mezclar historia, política, ciencia, poesía… ¿Usted no está hecho para los géneros o es que los géneros no se hicieron para usted?

Quizás no se hicieron para mí [ríe]. No sé escribir de otra manera, porque ni me gusta, ni me apetece y no me sale de modo natural. Yo recojo la basura de los demás, cosas que nadie usaría para una novela, porque en mi cabeza funcionan como disparadores de poéticas.