Jorge Edwards

Aguas de abril

«Si los libros y los papeles impresos sirven para recordar estas cosas innecesarias, creo que no estamos tan mal, a pesar de nuestras lamentaciones»

Jorge Edwards
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Camino sin rumbo, sin exceso de programación, por los senderos del parque madrileño del Retiro, mirando de reojo, sin atención excesiva, los libros ofrecidos en los mesones de la Feria del libro de este mes de mayo de Madrid. Me digo que Madrid, sin ánimo de generalizar, con enfoque más bien analítico, es ciudad de encuentros, de conversaciones desmadejadas, de historias menores, de intrahistoria, para emplear un término acuñado en otros tiempos por don Miguel de Unamuno. Un mozo de restaurante, que tiene la vaga impresión de que soy persona relacionada con ese asunto de los libros y de los papeles impresos, me pregunta si soy el autor de La hoguera de las vanidades. Es decir, si soy ese personaje de la farándula neoyorquina, que siempre se divisaba en los rincones centrales, vestido de riguroso blanco, con sombrero de alas anchas, de la isla de Manhattan.

No pertenezco a ninguna secta, le contesto al mozo comedido, preguntón, y me digo que el blanco solía ser el color obligatorio de antiguas ceremonias budistas. Mi relación con el budismo es más bien remota, por lo menos hasta ahora, y entre asistir a un cóctel de alguna galería del corazón místico de la Isla de Manhattan, prefiero de lejos leer un buen libro cerca del fuego de alguna chimenea. Lo que predominaba en los mesones de esta Feria madrileña eran historias de una Madrid que ya dejó de existir, y crónicas de ciudades que ya existieron y que luchan a su manera para seguir existiendo. Diviso, por ejemplo una Constantinopla de Julio Camba, y una Londres del mismo Camba, y recuerdo otra, que me parece del olvidado e inolvidable Eça de Queirós, y me asalta la idea, ya descartada en épocas anteriores, de hacer una selección de páginas lusitanas y madrileñas de mi extravagante pariente Joaquín Edwards Bello, a quien se conocía en la casa de mi abuelo paterno, tío carnal suyo, como «el inútil de Joaquín».

Un editor retirado, que trata de resucitar sus credenciales de editor, me informa de que un importante grupo de académicos y plumíferos le ha prometido trabajar «ad honorem» para su empresa. Le he tenido que pedir disculpas por la no respuesta a sus requiebros y no he logrado convencerlo de que no pertenezco ni peteneceré jamás a ninguna institución de trabajadores literarios «ad honorem». El editor en cuestión comienza mal y lo siento por la situación de la edición en el remoto y tan castigado Chile, lugar donde escribir y editar libros no es, para desgracia nuestra, demasiado bien visto.

Los chistes del Madrid de mi pariente Joaquín, que anduvo por acá en los primeros años del siglo XX, y que fue amigo de Ramón Gómez de la Serna, y y del pintor Zuloaga, así como de un chileno conocido en Chile como «Cuevitas» y que consiguió hacerse reconocer en toda Europa como Marqués de Piedra Blanca de Huana, nombre derivado de las islas guaneras de las costas del sur del océano Pacífico.

Otro chileno que anduvo por esos años por tierras francesas y españolas fue Hernán Díaz Arrieta, que firmaba la crítica dominical de la prensa de su tiempo como Alone y que tenía un mérito extraordinario, porque le prestó 500 pesos al joven Neftalí Ricardo Reyes Basualto para que publicara su primer libro de poemas, Crepusculario, que era una colección de crepúsculos, y ese joven recién llegado se revelaría a lo largo de los años, con el nombre inventado por el mismo, de Pablo Neruda, como coleccionista de insectos de los bosques de su país y de tiradas líricas insuperables.

Creo que en los mesones heterogénos de esta Feria del Libro, como en las crónicas inglesas y medioorientales de Julio Camba, podría tener un espacio merecido gente como Joaquín, como Alone, reinventor de los lunes de Sainte-Beuve, y financista desinteresado de los crepúsculos y las mariposas otoñales del joven Neftalí Ricardo Reyes. Si los libros y los papeles impresos sirven para recordar estas cosas innecesarias, creo que no estamos tan mal, a pesar de nuestras lamentaciones, y al mozo de restaurant que me confundió con Tom Wolf le reservo de propina un tomo de relatos míos olvidados.

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