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El poeta polaco Adam Zagajewski, fotografiado en Madrid poco antes de la entrevista - MAYA BALANYÁ

Adam Zagajewski: «La ideología limita la libertad y va en contra de la poesía»

A su paso por Madrid, donde hoy comparte un acto con Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes, el autor polaco reflexiona sobre la deriva de Europa y de su país

MadridActualizado:

En 1982, Adam Zagajewski (Lwów, Ucrania, 1945) emigró de Polonia a París. Lo hizo por un motivo mucho más romántico que la censura: el amor. Sin embargo, el poeta polaco sí sufrió las embestidas de los recortes de libertades en el régimen comunista. De hecho, al comienzo de su «camino como poeta», combatió la ideología con sus versos, pero «muy pronto» se aburrió de aquella actitud. Para él, la literatura, el arte en esencia, consiste en la defensa de la humanidad, y ahí no hay política que valga. Lo confiesa, recién aterrizado desde Cracovia, en la sede del Instituto Polaco de Cultura, en Madrid. Ni en su rostro ni en sus argumentos hay rastro de cansancio, y sus respuestas son tan lúcidas como su poesía. Le esperan días ajetreados: hoy mantendrá un diálogo con Juan Manuel Bonet, director del Cervantes, con motivo del veinte aniversario de la revista «Sibila» en la Fundación BBVA; y el jueves ofrecerá una lectura de poemas en la Residencia de Estudiantes.

Gracias a un artículo publicado en ABC Cultural hace poco más de un año, supimos los problemas que le acarreó la publicación de un poema, en la «Gaceta Wymborcza» que dirige Adam Michnik, en contra del actual Gobierno polaco. ¿Cómo valora la situación que vive su país?

Por suerte, en Polonia de momento no tenemos censura. Sí hay división ideológica, también en la prensa. Tras la publicación de ese poema me atacaron de forma anónima, en internet. Personalmente, no me considero perseguido en mi país. En la época comunista, experimenté la censura real y esa no es la situación que tenemos en la actualidad en Polonia. Por supuesto, no pretendo defender lo que está pasando en mi país y el tiempo nos dirá lo que sucederá en el futuro.

¿Se muestra optimista?

No puedo predecir lo que va a pasar. Soy crítico con lo que ocurre, no estoy nada contento, no soy partidario de lo que el Gobierno denomina el «buen cambio». Tenemos la perspectiva de unas elecciones y sigue habiendo elementos de juego democrático. Espero que en no mucho tiempo venza la buena democracia.

En alguna ocasión ha dicho que lo más interesante del mundo no son los lugares, los países, sino las personas. Y, sin embargo, con la actual deriva parece que las banderas pesan mucho más que la dignidad humana.

Existe el riesgo de que en un futuro haya más banderas que personas. Desde mi perspectiva, en mis círculos de amistades de Cracovia, no conozco a ningún partidario del actual Gobierno. En la práctica, las personas siguen siendo más importantes que las banderas.

Nació en Lwów (actual Ucrania) y creció en Polonia, pero se marchó a París y, finalmente, terminó en Estados Unidos. Me pregunto cuál es hoy su patria, si es que tiene sentido que sigamos usando ese término.

En la actualidad, en Europa asistimos a un renacimiento de los nacionalismos y tenemos dos salidas posibles: la primera es centrarse en la idea de nación, lo cual es peligroso porque la nación remite a las emociones humanas; la segunda sería la basada en la idea de la patria, de lo que es un lugar, una tierra, una región, una ciudad. Con esta última opción me siento muy identificado y, de hecho, Cracovia es mi segunda patria. Ese apego a la ciudad en la que vivimos es algo muy bonito y positivo, y no creo que la UE ni deba ni quiera apartar a las personas de sus pequeñas patrias.

En ese sentido, ¿es posible viajar sin moverse de donde uno vive?

Por supuesto, es posible. De hecho, yo de joven soñaba con viajar y lo hacía en mi imaginación. Luego he viajado por medio mundo y no puedo ser alguien que sólo viaja en su imaginación. Por supuesto, ha habido muchos artistas que han viajado sin moverse, como Kant. Aunque mi viajes por medio mundo no fueron sólo por el puro placer de viajar, también por motivos económicos, porque necesitaba trabajo. La necesidad de viajar de los artistas es innegable; antiguamente viajaban a Italia y hoy lo hacemos a Estados Unidos.

Buenos, Estados Unidos se ha convertido en un destino artística y culturalmente bastante peculiar desde que Donald Trump es presidente.

Que haya sido elegido presidente no cambia la situación en ese aspecto, porque el ambiente de las universidades, de los lugares donde se reúnen los intelectuales, no ha cambiado. De hecho, en esos lugares se respira más bien un cierto desprecio hacia Trump.

Hace unos años, era impensable imaginar a Putin como aliado de Estados Unidos, o viceversa, y hoy fíjese lo que estamos viviendo.

No sabemos cómo evolucionará esa situación, todo es posible.

Por cierto, ¿era la poesía su destino vital o todas esas peripecias vitales también contribuyeron?

Nadie se convierte en poeta sólo por el hecho de viajar. Entre los alemanes que viajan a la Costa de Sol no hay ni un solo poeta (reímos). Tiene que haber algo anterior, una pasión, una concentración, un interés por la palabra, por la expresión lingüística.

Frente al recorte de libertades, hay quien opta por el silencio pero mucha gente usa la poesía, el arte, la literatura, para rebelarse. ¿Merece la pena correr el riesgo?

Sí, merece la pena, hay que arriesgarse. Hoy está sucediendo sobre todo en los países africanos; antes eran más los países de América Latina. Esas corrientes de literatura enriquecen la literatura mundial. También, de alguna forma, los escritores perseguidos, que se expresan a través de la literatura arriesgándose, ganan como artistas y en un sentido vital. En Polonia, la situación actual es un poco distinta, porque no tenemos recorte de libertades, sino cierta opresión.

¿La ideología de un autor marca irremediablemente su obra? Estoy pensando en Brecht, Gottfried Benn o Maiakovski, por ejemplo.

Esos tres ejemplos son excepciones muy importantes. Otro ejemplo de gran poeta, aunque empapado de ideología comunista, es Neruda. Sin embargo, hay que distinguir entre ideología y filosofía. Cada escritor, cada poeta, tiene su propia filosofía, pero los poetas no son ideólogos. La poesía se opone a la ideología. Escritores como Joyce, como Kafka, o como Proust, no son ideológicos, sino más bien combatieron la idea de la ideología en la poesía.

¿Usted también combate la idea de la ideología a través de su poesía?

De joven, combatí la ideología con mi poesía, ese fue el inicio de mi camino como poeta, pero me aburrí muy pronto de esa actitud. Ahora combato la ideología con artículos, con ensayos, pero no con la poesía, salvo en aquel poema que usted ha mencionado al principio de la conversación. La literatura no necesita ideología porque es la defensa de la humanidad. La ideología limita la libertad y, por tanto, va en contra de lo humano y de la poesía.

¿Y cree que somos conscientes, realmente, del poder de la palabra?

Hay momentos en los que todos somos conscientes de ese poder, no es algo continuo. Por ejemplo, ante ciertas lecturas o, incluso, con determinadas conversaciones. En esos momentos, sentimos el poder de la palabra. Y, por supuesto, a la hora de escribir, el autor también está convencido del poder de la palabra. No hay poeta que no escriba pensando que ese poema no va a cambiar el mundo. Todos creemos que va a ser así…

Pero el mundo es el que es…

Sí, sí (lo dice en español). A veces percibimos ese poder de la palabra cuando estamos delante de algunos políticos. Hace poco, tuve una experiencia parecida cuando escuché el discurso de Macron, me pareció que era muy inteligente y convincente. Por supuesto, no quiero comparar a Macron con Rilke (reímos), pero su discurso me llegó muy hondo.

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