Guillermo Arriaga

19 de septiembre

El novelista y cineasta mexicano, autor de la novela «El salvaje» y los guiones de «Amores perros» o «Babel», relata su vivencia del último terremoto

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7:19 de la mañana de un 19 de septiembre. Una vibración me despierta. Vivo solo y pareciera que alguien movió mi cama. Es un temblor. Habito en el primer piso de un edificio de departamentos en Coyoacán. Unos años antes otro temblor había derrumbado la universidad donde estudiaba. Sé que no deben tomarse a la ligera. Tomo mi cartera, mi pasaporte y mis llaves y unos zapatos y en piyama salgo a la calle. El temblor me dificulta caminar. Los cinco edificios del conjunto se bambolean de atrás hacia delante. Solo yo y una mujer que hincada reza a gritos, hemos salido. Cuido de no colocarme debajo de cables de luz. El piso oscila durante un minuto y de pronto empieza a trepidar. Los automóviles saltan de arriba abajo. Se escucha un tremor. La tierra cruje. Después de un minuto y cincuenta y siete segundos, por fin para. Reviso el edificio donde vivo. No hay cuarteaduras. Nada que indique un daño estructural. Entro a mi departamento. Las lámparas aún se balancean. Ese día de 1985 fui a mi trabajo en la misma universidad que años antes se había desplomado. En el camino descubro decenas de casas y edificios derrumbados. Un desastre. La sociedad civil se dio a la tarea de ayudar. Desde llevar alimentos hasta levantar escombros e intentar rescatar a quienes quedaron atrapados. Lo mejor de México en acción.

Treinta y dos años después, la misma fecha: 19 de septiembre. Me encuentro leyendo sobre una cama en el estudio dentro de mi casa un libro que debo presentar. Vivo ahora en una de las montañas circundantes al Valle de México. Aquí arriba se sienten los temblores pero no con la intensidad del Valle. Siento un jalón. Es un temblor trepidatorio. Con rapidez cobra fuerza. Los libros empiezan a caer de los estantes. Los adornos. La casa se mueve como si fuera un barco en altamar. Las paredes crujen. Se escucha la furia provenir de las entrañas de la tierra. Salgo a gritarle a mi familia. Mi perro King ladra dando vueltas en círculo. Me topo con la empleada doméstica y me dice que solo estamos los tres. La casa no deja de moverse. Las paredes son anchas y la construcción es sólida. Sigue navegando en ese mar de tierra. Los sartenes que cuelgan en la cocina golpean unos con otros. Más cosas caen al piso. King se pega a mi pierna, asustado. Salimos los tres de la casa hasta que por fin el temblor cesa. De inmediato mando un mensaje al chat familiar que incluye padres, mujer, hijos, hermanos, cuñadas, sobrinos. No hay señal. Pienso en mis hijos. Trabajan en la colonia Roma, en la zona más vulnerable. Después de mucho esfuerzo e ilusión han montado una casa productora. Imposible comunicarme. No hay luz. No hay internet. Sé por la intensidad telúrica que la cosa es grave. Muy grave. Por fin a la hora y media llega la luz y entra una llamada. Mi mujer alarmada por mi falta de comunicación. Está muy asustada. Todos están bien. No sabemos de mi hermano menor que vive a hora y media de la ciudad (apareció cinco horas después, había ido a ayudar al pueblo más cercano). Mis hijos llegaron a su oficina cuando empezó a temblar. Descendieron del auto y vieron como se desplomaba por completo la fachada del edificio contiguo al suyo. Los cables truenan. Justo en frente, el edificio donde vive su socio y un amigo muy querido, queda partido, a punto de derrumbarse. Huele a gas. Se escuchan explosiones. Los policías les indican que salgan, que hay alto riesgo de más explosiones. Tratan de salir en carro. Imposible. Lo estacionan y caminan cuatro horas hasta que llegan al sur de la ciudad. En su camino contemplan el desastre. Con los pies ampollados y dolidos por lo que han visto, llegan a la casa a las nueve de la noche.

Hoy desde temprano Mariana y Santiago, mis hijos, han regresado a la zona de desastre a ayudar como voluntarios. Sacar escombro, rescatar a los atrapados. Manos a la obra. Mi mujer y sus amigas se reúnen a preparar sándwiches y comida para los voluntarios. Yo iré al relevo de mis hijos más tarde.

Si algo impresiona en esta ciudad (y diría, en este país), en ambos 19 de septiembre es la voluntad de ayuda, solidaridad y generosidad de sus habitantes. La capacidad de organizarse rápidamente para levantar escombros, cortar muros y salvar vidas es excepcional. La sociedad civil no esperó en ninguno de los dos casos, actuó con prontitud aun a riesgo de su propia vida. En un país donde campea la corrupción y la impunidad, donde incluso hubo quienes aprovecharon esta tragedia para robar y saquear (y aquí aclaro que fueron casos aislados), la mayoría demostramos que somos un país de gente solidaria, con una fuerza interna a prueba de los peores desastres. Miles han salido a las calles a ayudar. La ciudad se convirtió en un hormiguero de seres generosos. México brilla en sus momentos más oscuros y ese es el camino más certero hacia la esperanza.

Guillermo Arriaga