El escritor israelí Amos Oz, fotografiado en su casa de Tel Aviv poco después de la entrevista
El escritor israelí Amos Oz, fotografiado en su casa de Tel Aviv poco después de la entrevista - M. AYESTARAN

Amos Oz: «Es un orgullo que algunos israelíes me llamen traidor por oponerme a la ocupación»

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Suena y suena el teléfono en casa de Amos Oz (Jerusalén, 1939), pero ninguna llamada es de Oslo. Esa llamada fue finalmente a Bielorrusia, a la escritora Svetlana Alexiévich. «Yo ya tengo suficientes premios para el resto de mi vida, si nunca recibo el Premio Nobel seguiré siendo un hombre satisfecho», confiesa el autor israelí más internacional, eterno candidato al preciado galardón, que estos días tiene un ojo puesto en la presentación de «Judas» (Siruela), su última novela, en España y el otro en la escalada de tensión entre israelíes y palestinos de los últimos días.

Compartir un rato con Oz supone tener acceso directo a la historia viva de Israel, al pasado y al presente de un país «que ahora mismo no me gusta nada», lamenta el novelista, que debido a sus opiniones críticas con los sectores más conservadores que dirigen ahora Israel recibe «amenazas de muerte e insultos». Abierto defensor de la solución de los dos estados, Oz censura la construcción de asentamientos y alerta del riesgo de la llegada al poder de los fundamentalistas de cualquier religión, incluida la judía. Literatura y política se mezclan en cada minuto de la conversación en el duodécimo piso del apartamento en el que vive en Tel Aviv.

–¿Cómo influye el clima de permanente inestabilidad que hay en el país en su trabajo?

–Yo soy un ciudadano israelí de 76 años, que equivale a vivir 200 o 300 en otros países como Estados Unidos, por ejemplo. He visto mucha historia, nací antes de la formación del estado de Israel y he pasado por todos los altibajos del conflicto. Tengo claro que todos los conflictos llegan a su fin y este también lo hará. Aquí no estamos en un choque entre buenos y malos, blanco y negro como ocurría en Europa cuando se luchaba contra el fascismo o en Suráfrica contra el apartheid, lo que tenemos aquí es una tragedia porque se enfrentan dos pueblos con derechos. Los palestinos no tienen otro país y los judíos israelíes tampoco. Es una tragedia de verdad.

–¿Qué propone?

–Dos estados, seguir el ejemplo de países como Checoslovaquia. Dividir esta casa en dos apartamentos y vivir como vecinos, no hay otra solución posible. Los fanáticos de ambos lados tratan de convertirlo en un asunto religioso, pero es una cuestión de tierra.

–En sus libros Jerusalén suele ser el centro de las historias, pero usted ha decidido vivir en Tel Aviv, ¿cuáles son los motivos?

–Nací en Jerusalén y pasé allí el tiempo suficiente. Ahora necesito verla desde la distancia. Es una ciudad que atrae a fanáticos cristianos, musulmanes, judíos… Haciendo un símil cinematográfico, Tel Aviv es una película de Fellini y Jerusalén de Bergman. Pero Jerusalén no es Israel, es otro planeta. Hace seis meses fui por última vez a pasear por la Ciudad Vieja y es un lugar infeliz para todos. Yo no creo en los lugares sagrados, en las piedras... Me indigna la gente capaz de matar por unas piedras. De verdad, no me importaría que se llevaran todos los lugares santos a Escandinavia durante cien años y, después, cuando la gente se relaje, que los traigan de vuelta.

–Leer su obra es repasar la historia de la creación del estado de Israel. ¿Qué le parece el resultado en el siglo XXI?

–Ahora Israel no me gusta nada, pero sí me gusta la sociedad israelí porque está viva. Es un país que por un lado me fascina y por otro me enfada, pero nunca podría dejarlo.

–Un sector amplio de la sociedad israelí le ve a usted y a aquellos intelectuales que critican la ocupación como traidores, como el Judas que protagoniza su última novela. ¿Se siente un traidor?

–A Lincoln le catalogaron de traidor tras abolir la esclavitud; a De Gaulle por el diálogo en Argelia que puso fin a la colonización; a Gorbachov por emprender reformas en la Unión Soviética; a Sadat por firmar la paz con Israel; a Rabin y Peres por sentarse con Arafat... Lo considero un club de traidores lleno de honor. Que haya israelíes que me consideren traidor por oponerme a la ocupación es un honor, una condecoración que luzco con orgullo.

–¿Ha pensado alguna vez en hacer las maletas como lo han hechos otros artistas o historiadores?

–Nunca. Recibo amenazas de muerte por mis opiniones, me insultan… pero no me iré. También debo decir que nadie me censura, soy libre para expresar mis opiniones y al mismo tiempo que denuncio la ocupación soy un defensor férreo del derecho de Israel a existir.

–Desde Europa y Estados Unidos cobran fuerza las llamadas al boicot a Israel como forma de lucha pacífica contra la ocupación. ¿Qué le parece la campaña del BDS (siglas que responden a boicot, desinversión y sanciones)?

–En muchas escuelas de Israel no enseñan mis libros porque me consideran «enemigo del pueblo» y en Europa me puedo encontrar ahora con que me boicotean por el hecho de ser israelí. Hay que boicotear los productos de los asentamientos, no todo lo que venga de este país. No estoy de acuerdo con el BDS.

–Hablemos del Judas de su última novela, un Judas que no tiene nada que ver con el que los cristianos tienen en su mente…

–En Israel no se enseña el Nuevo Testamento, así que cuando tenía 16 años me compré uno para poder leer los evangelios y, desde entonces, tenía ganas de escribir sobre Judas y su estereotipo de traidor. Para los cristianos Judas simboliza a los judíos, así nos ven millones de personas, como los traidores que vendimos a Jesús. Shmuel Ash, el personaje central de mi novela, no lo ve así y habla de un Judas que conocía bien a Jesús y que estaba seguro de que podía salvar el mundo. Por eso preparó la crucifixión, porque quería verle salvarse en la cruz para dar inicio de esa forma al reino de los cielos y que todos lo vieran. Judas era el único de los discípulos que venía de una familia pudiente, no tenía necesidad de vender a su maestro por treinta monedas de plata, tampoco me cuadra que tuviera que besarle para identificarle porque Jesús era lo suficientemente famoso aquellos días. Nunca he aceptado esa historia de que ha sido el Chernóbil del antisemitismo cristiano, pero he de confesar que no me encontraba en Jerusalén el día de la crucifixión, tenía hora con el dentista [risas].

–Y Jesús, ¿cómo presenta en la novela al Jesús al que Judas sigue con esa devoción?

–Puede resultar provocativo para judíos y cristianos, pero Jesús vivió y murió como un judío. Nunca pensó en crear una nueva religión, solo pretendía mejorar el judaísmo, por eso iba a las sinagogas y, como buen judío, montaba escándalos ante lo que veía y no le gustaba. Judas es realmente el primer cristiano.

–Después de varios ensayos regresa a la novela. ¿Por qué ha decidido cambiar de formato para escribir sus reflexiones sobre Judas?

–Cuando escucho varias voces internas diferentes escribo una novela, pero cuando estoy seguro del todo, me inclino por el ensayo, como cuando tengo que criticar la política de nuestro Gobierno. En este caso de Judas, como le he dicho antes, no estaba presente en el momento de la crucifixión.