Don Winslow, fotografiado durante la entrevista en un hotel de Madrid
Don Winslow, fotografiado durante la entrevista en un hotel de Madrid - Rafa Albarán

Don Winslow: «Estados Unidos ayudó a crear los cárteles, no se puede desentender»

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Entre 2003 y 2013 fueron asesinados en México más de 130 periodistas. A todos ellos Don Winslow (Nueva York, 1953) dedica «El cártel», con el que el escritor estadounidense logró el último premio RBA de novela negra. La trama, secuela de la exitosa «El poder del perro», se centra en la guerra, sin cuartel, librada durante esa década en México a consecuencia del narcotráfico. Winslow, consumado relator del papel, tan terrible, que las drogas tiene en nuestra sociedad, confiesa que su única esperanza es que México llegue a alcanzar «algo de paz». Así, con suerte, no tendrá que escribir otro libro sobre el tema.

–¿Por qué decidió escribir «El cártel»

–No quería, era muy reacio, pero vivo en la frontera y las cosas que pasan son muy reales, muy inmediatas. Veía cómo la violencia empeoraba día tras día, es algo de locos, espeluznante, y me sentía como un desertor en plena guerra. Sentí que tenía mucho que dar y, finalmente, decidí que tenía que escribirla.

–¿Qué fue lo que pasó en esa década?

–Hubo una explosión de violencia, de horror brutal, una guerra que casi destruye a un país entero. Fueron asesinadas 10.000 personas en México, 22.000 desaparecidos, todo relacionado con las drogas. Es uno de los conflictos armados más sangrientos del mundo occidental. La violencia está fuera de control.

–¿Y hay alguna solución?

–Sí. Hay dos soluciones. Una es que el Gobierno vaya contra el cártel de Sinaloa, la organización de «El Chapo», al que apoyaron. Casi se puede culpar al Gobierno de permitir que comunidades enteras hayan sido destruidas, que miles de compatriotas hayan sido asesinados. Pero la solución a largo plazo no está en México.

–No, está en Estados Unidos.

– Y en Europa. ¿Sabe que los cárteles mexicanos logran entre un 30 y un 50% de sus bonus vendiendo cocaína en España? No es un problema de drogas mexicano. Es un problema americano, europeo. Si no hay comprador, no hay vendedor. Y el problema no es sólo comprarlo, es comprarlo cuando está prohibido. La única solución es tratar las drogas como un problema social.

–¿Por eso defiende la legalización?

–Absolutamente. Yo no me drogo, ni bebo, soy un tipo muy simple. Pero abogo por la legalización de las drogas. En EE.UU. 2,3 millones de ciudadanos están en la cárcel. Es una cuestión racial; un afroamericano tiene muchas probabilidades de acabar en prisión.

–Y todo por las drogas.

–Todo por las drogas. Si se fija en la relación, ya completamente rota, entre las fuerzas de seguridad y la sociedad civil ese rastro nos lleva a la situación que vivimos en los 70 y los 90. Los costes sociales son enormes. Si EE.UU. legalizara las drogas ahorraríamos 47 billones de dólares; si aplicásemos el mismo impuesto a la marihuana, cocaína, heroína, que al alcohol o al tabaco, tendríamos otros 47 billones de dólares… ¿Qué hacer con ese dinero? Mejores escuelas, tratar a drogadictos, crear empresas…

–¿Y quién es el principal interesado en que las drogas no se legalicen?

–A los políticos les da mucho miedo tratar este tema porque temen ser considerados blandos con el crimen. Pero aquí está la ironía. El 60% de las violaciones no se resuelven y lo mismo pasa con el 40% de los asesinatos. Para mí, eso es ser blando con el crimen. Es algo tan estúpido, tan erróneo y racista…

–Cuántas víctimas inocentes...

–Miles y miles… Es absurdo. Esas víctimas eran inocentes, gente pobre, gente sin hogar, inmigrantes, mujeres… Son decenas de miles de víctimas inocentes.

–¿Y qué papel debe adoptar Estados Unidos?

–No podemos decir que, simplemente, hemos acabado. Es como el problema que tenemos en Oriente Medio: vamos, intervenimos y liamos las cosas; creo que si lías algo, tienes la responsabilidad de arreglarlo. En la década de los 40, Estados Unidos alentó la producción de drogas en México porque necesitábamos la morfina para los soldados; fuimos a las zonas de Sinaloa, Durango y les pedimos que cultivaran más opio. Si ahora vas a esas zonas verás ferrocarriles de vía estrecha que EE.UU. ayudó a construir para traer la droga.

–Esa es la ironía.

–Sí. Después, en los 70, fuimos a las mismas áreas y creamos los cárteles. Así que ahora no podemos decirle al Gobierno mexicano que tiene un problema terrible, que nosotros ayudamos a crear, pero que fue un error, así que… adiós. Necesitamos trabajar con México. Pero, de nuevo, la solución está en la zona estadounidense de la frontera: necesitamos que la policía esté limpia.

–¿En Estados Unidos?

–Sí y, por ciertos, ustedes en Europa también lo necesitan. En España, en Francia, en Alemania…

–¿Cree que la policía es corrupta?

–Bueno, tiene que haber corrupción a cierto nivel para que las drogas entren sin que las fuerzas del orden se inmuten. Pero lo más interesante es preguntarnos qué es lo que está corrompiendo tanto a la sociedad que genera esa necesidad tan fuerte de drogas, esa dependencia. Creo que es una corrupción del alma. ¿Qué es lo que les pasa a tantos americanos enganchados a la heroína? El tratamiento para la adicción es la conexión con otra gente, con la sociedad, es la educación. La solución real está en el lado del consumo, no en el de la producción.

–¿Ha llegado a temer por su vida?

–No, mire, los héroes reales son los periodistas a los que dedico el libro.

–Pero usted escribe sobre los mismos temas que ellos denunciaron.

–Pero es ficción, es una novela… Y soy americano, lo que me da una garantía de protección, porque los cárteles no se van a meter con eso. Es cierto que he estado en sitios en los que no debería haber estado...

–¿Y va a regresar a esos sitios?

–Veremos… Escuche, no quiero escribir otro libro sobre drogas. Es triste…

–Pero es necesario.

–Espero que no. Mi mayor esperanza es que México encuentre algo de paz. Espero que, de aquí a unos años, no pueda escribir otro libro así porque ese mundo ya no exista.

–Bueno, de hecho, usted ha asegurado que no escribe sobre drogas, sino sobre la pérdida de la esperanza

–Sí.

–¿Es ese el diagnóstico de nuestra sociedad? ¿Nos hemos quedado sin esperanza?

–Sí y no. La pérdida de la esperanza no es algo que uno elija; porque, ¿qué vas a hacer? ¿dejarte morir? ¿rendirte? Nos debemos más que eso. Pero llevo escribiendo sobre esto más de quince años…

–¿Está cansado?

–Sí. Estoy cansado de funerales, de llamadas en mitad de la noche, de prisiones…

–¿Y qué le gustaría escribir?

–¿Un libro sobre mascotas? [reímos ambos]. No lo sé…

–Bueno, sería divertido.

–A veces me siento como un voyeur, porque estás mirando esas fotos horripilantes, es como pornografía, en cierto sentido… Así que, cuando puedo, intento encontrar los nombres de esas personas, quiénes eran, por qué fueron asesinadas… Porque todo el mundo tiene una vida, una familia, unos sueños.

–¿A veces la ficción es más útil para concienciar que el periodismo?

–Sí, si no no lo hubiera hecho. Tenemos ventajas que ustedes no tienen, como la imaginación. El problema es que te puedes volver indiferente, y eso asusta.