De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Rodrigo Fresán, Carlos Zanón, Kiko Amat, José C. Valés, Jenn Díaz, Agustín Fernández Mallo, Santiago Roncagliolo, Lorenzo Silva y Laura Fernández
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Rodrigo Fresán, Carlos Zanón, Kiko Amat, José C. Valés, Jenn Díaz, Agustín Fernández Mallo, Santiago Roncagliolo, Lorenzo Silva y Laura Fernández - ABC
Feria del Libro de Madrid

El ADN literario de los escritores en español (I)

ABC reúne a un nutrido grupo de autores para que conteste a dos preguntas: qué personaje le hubiera gustado ser y en qué novela le hubiera gustado vivir. Pasen, lean y disfruten

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Al escribir, los autores habitan sus propios libros, y llegan a construir universos habitados por personajes que, tiempo después, hacen soñar a los lectores. Pero, en esta ocasión y tomando como excusa la Feria del Libro de Madrid que el viernes abrió sus puertas, ABC ha pedido a un nutrido grupo de escritores en español que confiese sus debilidades literarias. Un recorrido generacional (de Caballero Bonald a Elena Medel, pasando por Vila-Matas o Sara Mesa) por el ADN de las letras hispanas.

Rodrigo Fresán:

1- Muchos. Calculo que hay diferentes personajes para diferentes edades físicas o épocas psicológicas de cada uno. Pero puesto a quedarme con uno me quedo con el que abarca diferentes edades y épocas: el Billy Pilgrim de «Matadero Cinco», de Kurt Vonnegut.

2- Es difícil decirlo. ¿Qué elegir? ¿Confort o apasionamiento? Tal vez me inclinaría por un par de casas de naturaleza muy opuesta: la de «Cumbres borrascosas», de Emily Brontë, y la de la infancia del «Habla, memoria», de Vladimir Nabokov, entendida, esta última, como corresponde, más como novela que como memoir.

Laura Fernández:

1- Arturo Bandini, obviously, aunque tampoco me hubiera importado ser Trillian, de «La guía del autoestopista galáctico»... Seh, me quedo con Trillian, la periodista que viaja por toda la galaxia.

2- «Duluth», de Gore Vidal. Morir y reencarnarte en la protagonista de una sit-com no tiene precio.

Kiko Amat:

1- Sebastian Dangerfield. Un momento: ¡ya SOY Sebastian Dangerfield! (de «El Hombre de Mazapán», de J. P. Donleavy).

2- Cualquiera de Wodehouse. Porque lo más malo que te puede suceder es una carrera campo a través con un suegro enfurecido detrás, o la visita inportuna de una tía pesada. Pongamos en «Júbilo matinal», que es mi prefe.

Santiago Roncagliolo:

- Me habría encantado ser un cazador de vampiros en «Drácula», de Bram Stoker. Pero también me habría sentido bien en cualquier cuento de Edgar Allan Poe. Me encantan las historias góticas y terroríficas. Solo pediría no morir al final.

Carlos Zanón:

1- Childe Harold, de «Las peregrinaciones de Childe Harold», de Lord Byron. Es ridículamente romántico, con su hastío de placeres y ese existencialismo panteísta. Adolescente y arrebatador. Ser adulto es peor que estar muerto.

2- «Middlemarch», de George Eliot, si has de vivir en un libro que sea el de un mundo creado por una mente que entiende la vida y las pulsiones de la gente que lucha en ella.

Jenn Díaz:

1- Me gustaría ser Frankie, de «Frankie y la boda» (Carson McCullers), por la fortuna y la desgracia de ser una adolescente con tanta sensibilidad y tanta lucidez -de las que hacen daño.

2- Cualquiera de las novelas de Natalia Ginzburg son un buen lugar para vivir, pero creo que me quedo con una de las breves: «El camino que va a la ciudad», porque es de una ternura sin igual.

Agustín Fernández Mallo:

1- Gregor Samsa. En primer lugar porque este año se cumplen 100 años de la edición de «La metamorfosis», y el bueno de Samsa sigue tan vivo e interesante como siempre. En segundo lugar porque siempre he pensado que oculta algo, no nos lo ha contado todo. El gran secreto de la literatura del siglo XX y lo que llevamos de XXI.

2- Naturalmente, en todas las novelas que me gustan. Por ejemplo, en «La aventuras de Tom Sawyer». Ilustra como nadie el paraíso que es la infancia, donde aún no tenemos noción del paso del tiempo, así que una tarde de pesca en un río es verdaderamente infinita.

José C. Vales:

1- No soy muy original: me habría gustado ser Gavroche («Los miserables», 1862, de Victor Hugo), y en cierto modo me siento y me gusta ser muy Gavroche. Tiene un papel secundario en la cuarta y quinta parte de la novela, pero su muerte (V, 1, 15), mientras entona canciones revolucionarias frente a los guardias nacionales, es un «espectáculo espantoso y encantador al mismo tiempo». Gavroche es un niño de la calle, viste con harapos, se busca la vida, es un gamin, «el gorrión picoteando a los cazadores». A pesar del abandono y la miseria, sale adelante por su astucia y su talento, se burla de todo y de todos, e incluso -a su manera- demuestra un valor, una libertad, una ética inquebrantable y una osadía revolucionaria que se acercan a lo sublime. ¡Qué «pequeña gran alma», Gavroche! La deliciosa descripción de Gavroche está en III, 1, 1 y ss.

2- Por la época (un ritual de sensualidad y perversiones victorianas), por los maravillosos personajes (y por Mina, claro), porque se trata de una de las mejores novelas que he leído (y con mucha diferencia sobre otras más alabadas por la progenie esnob), porque ofrece un paisaje pop de una elegancia impecable, porque recupera lo mejor del Romanticismo decimonónico y lo convierte en mito atemporal... por mil cosas, la novela epistolar «Drácula» (Bram Stoker, 1897) contiene todos los elementos (con Londres y sus barrios victorianos, para empezar) en los que podría sentirme como en casa. Puede que la desolación y el dolor romántico hicieran mella en mí, pero cualquier cosa es mejor que este mundo ridículo, grosero, aburrido, vacío y cínico del siglo XXI.

Lorenzo Silva:

1- El personaje podría ser el joven capitán protagonista de «La línea de sombra», de Joseph Conrad.

2- El libro en el que me quedaría a vivir es las «Leyendas», de Bécquer.