Wislawa Szymborska
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Wislawa Szymborska: Vida oculta de poeta en la noche del comunismo

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A la excepcional Wislawa Szymborska (1923-2012), premio Nobel de Literatura en 1996, no le gustaba mostrar sus sentimientos personales y nunca hablaba mucho de sí misma, ni en sus poemas. Antes de ganar el Nobel había concedido sólo 10 pequeñas entrevistas, en 73 años de vida. Era perfecta para jugar al escondite de su propia biografía, para esquivar los intentos de publicar un libro sobre su vida.

Ocurrió que un día encontró la horma de sus zapatos en las dos biógrafas que supieron romper el perímetro de discreción, el camuflaje perfecto de la poeta polaca. Anna Bikont y Joanna Szczesna, dos meticulosas periodistas, fueron quienes acabaron encontrando las llaves de muchos de los secretos de su vida y publicaron la biografía «Trastos, recuerdos» (Pre-Textos) que ahora se edita en España. Les costó muchos años sumar el material necesario y vencer su resistencia.

Lecturas obligatorias

A falta de pistas –y como buenas plumillas– comenzaron por leer los periódicos. En la «Gazeta Wyborcza», Szymborska había publicado durante casi treinta años su célebre columna de libros «Lecturas no obligatorias». Repasaron meticulosamente cada uno de aquellos textos, convertidos en obligatorios para quien quisiera buscar los primeros detalles biográficos o confesiones entre líneas sobre sus gustos y hábitos. Y encontraron decenas de pequeñas pistas. También hablaron con algunos amigos y conocidos suyos. La cosa tomó tal cuerpo que la propia Nobel tuvo que recibirlas para la primera edición de 1997. Les dijo: «Es una sensación terrible leer acerca de una misma: pero dado que ustedes han trabajado tanto, de acuerdo, precisemos».

Y así se rasgó el velo que ocultaba el contexto de su obra. Porque la biografía «no contiene los cotilleos de un Nobel, pero sí hace comprensibles cada una de las circunstancias que ayudaron a construir una de las personalidades literarias más fascinantes y divertidas de la literatura europea», como explica a ABC Michal Rusinek, el más estrecho colaborador de la escritora hasta su muerte. Rusinek añade que la poeta dijo al leerla que encontraba tantos momentos divertidos que sentía a veces que faltaba el peso que tuvieron en su vida los más duros momentos: la ocupación nazi, el holocausto, la invasión soviética, los años de Stalin, la noche del comunismo, la agonía, la incertidumbre, sus pérdidas. Una vida en un siglo atroz y prometedor.

Pero es que siempre evitaba desnudarse ante los demás: «¿Y si en épocas venideras la moda de desnudarse públicamente fuera cosa del pasado?», se interrogaba. Pregunta muy pertinente en la era de Twitter. Para escribir la biografía, además de entrevistar a más de cien de sus conocidos, la poeta y las biógrafas mantuvieron muchas horas de conversación. Así lo cuentan ellas: «Empezó a saber que conocíamos su biografía exterior mejor que ella. De su biografía interior mostró sólo lo que quería mostrar. A veces repetía: “Mi memoria se deshace rápidamente de esas cosas”, o bien: “De eso, ya después de mi muerte”». De hecho, cuando leyó las memorias de Mia Farrow dijo: «Reconozco que esperaba que tuviera más clase».

De niña, a Wislawa la llamaban Ichna, (de Marychna). Tenía imaginación, pero más curiosidad y una penetrante mirada sobre el mundo. Decía que «la imaginación crece con la persona; sólo ciertas experiencias, el dolor o el sufrimiento, nos abren a otras dimensiones». Su padre le leía mucho, tenía tiempo para responder sus preguntas. A ella, de aquellas lecturas infantiles siempre le gustaron mucho los enanitos, por su capacidad de provocar tan pronto miedo como risa. Pero a quien admiraba de veras era al cuentista Andersen porque «se atrevió a tomar a los niños en serio, cerrando sus cuentos con finales tristes».

El segundo día de la guerra mundial, en septiembre de 1939, con 16 años, vio por primera vez desde el balcón de su casa pasar carros cargados de soldados heridos. Los miró con una sabiduría extraña («aún me siento incapaz de explicármelo») y, según contó, «algo en mí dijo: Ah, otra vez eso». Otra vez eso, tantas habían sido las guerras en territorio polaco, pero no la última vez, no todavía. La ocupación comenzó a mostrar sus garras incluso para los niños: el 20 de noviembre, su escuela fue clausurada. «Aquel día volví a casa llorando, con la sensación de que algo había terminado y nada sería como antes». A partir de entonces, las monjas ursulinas organizaron clases clandestinas. Iba con sus amigas. De aquellas fechas son sus primeros poemas.

En ellos la guerra está presente, pero Szymborska no celebra el heroísmo. Habla de su propia muerte por caer al agua al quebrarse el hielo bajo sus pies (le pasó un día volviendo de su clase clandesina, pero sobrevivió) o la poca originalidad que hay en la guerra («Nada nuevo bajo el sol») son algunos de los primeros temas que aborda, verdadero aperitivo de su personalidad creadora. De hecho en su discurso Nobel volvió a citar el pasaje de la Biblia: «Nada nuevo bajo el sol, has dicho, Eclesiastés. Sin embargo tú mismo has nacido nuevo bajo el sol».

La guerra devora sus sueños

Del holocausto nada supo entonces. «Veía a los judíos limpiando las calles de nieve con la estrella de David en las mangas». Su madre ayudó a algunos. Pero no pudo sobreponerse al desconocimiento, como demuestra en el poema «Aún»: «En vagones sellados viajan los nombres.../ Trac trac trac. Por el bosque va un transporte de alaridos».

La guerra devora sus sueños: un joven del que se enamoró murió en el campo de Prokicim. En el alzamiento de Varsovia matan a su primo Roman. Un novio suyo dejó de escribir después de ser enviado a Vilna por el ejército. Dejó de escribir, pero no ella: «Mi caído, mi convertido en polvo, mi tierra.../ y escucharemos juntos tu concha marina,/ y dentro el susurro de miles de orquestas,/ nuestra marcha nupcial».

A finales de enero de 1945, mientras las tropas soviéticas liberan Auschwitz, los comunistas han organizado un recital de poesía para celebrar el fin de la ocupación en Cracovia. La joven poeta asiste, desde un rincón. Escuchará a Milosz, de quien aún será amiga medio siglo después. Y también al que fue su primer marido, Adam Wlodek.

Y llegó el comunismo, cubriéndolo todo como la nieve invernal. La vida, la política, la guerra y la poesía, todo debía ser realista y proletario, y Szymborska debuta, sin remordimientos de clase, sirve al partido con loas a Stalin y los obreros. Se casa y publica en revistas. Viven en la casa de artistas (un koljós literario) de Krupnizca.

Poco despues llegó el deshielo de la ideología, amargo y sucio. La poeta abjura de sus dos primeros libros, llegará a expresar su asombro por las «acrobacias mentales» de las que ella y otros fueron capaces para «no saber lo que no queríamos saber». Había descubierto el mundo y la literatura en medio de una generación que creía. Y el camino de aquella fe que parecía salvífica a la verdad estragó la idea juvenil de la realidad. De esa época es el único poema de la Nobel que no tiene ni una gota de humor: «Pienso el mundo» (1958).

Vida en un cajón de Polonia

La biografía, inmensa y meticulosa se adentra en los sesenta, en los que Wislawa se va a vivir a «un cajón», a los cuarenta años, en el que cultivar la poesía, los amigos y los sentimientos, como quien mantiene siempre vivas unas pequeñas llamas importantes. Es la base de su museo en Cracovia, una casa que merece la pena verse, atestada de pequeñas señales, guiños, recovecos y juegos, de resistencias. Como sus poemas, brillantes, incómodos, punzantes, siempre sonrientes.

La vida oculta de la poeta apenas cabe en estas 680 páginas. Michal Rusinek concluye que «es la historia completa del tiempo doloroso que le tocó vivir. No es un libro sobre sus poemas, pero te permite comprender bien sus textos. Por eso me encanta». Añade que el libro aproxima a la verdad, hasta donde eso es posible: «Ella hablaba con el lenguaje de sus poemas y por eso este libro permite asomarse al otro lado de los textos, a la vida cotidiana en la Polonia comunista y a las fiestas que Szymborska daba con sus amigos...» No un libro de cotilleos, no merecería eso una mujer tan educada. «Estudió a T. S Eliot y coincidía con él en que el poeta no debe mostrar sus propios sentimientos, su trabajo es evocarlos tan solo en los lectores», dice Rusinek. Eso que hace inolvidable la obra de los grandes poetas.

Una antología diferente al resto