El Lusitania llegando al puerto de Nueva York
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El último viaje del Lusitania

Un libro duda de que su hundimiento provocara que EE.UU. entrara en la Gran Guerra. Ponemos proa a la verdad

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El comodoro William Thomas Turner, capitán del trasatlántico Lusitania, no daba crédito a lo que aquel amanecer del 7 de mayo de 1915, con no muy mala mar para ser las costas de Irlanda, había visto a través de sus prismáticos. Él era un viejo lobo de mar, con casi medio siglo pasado sobre una cubierta que había dado la vuelta al globo un sinfín de veces y no podía equivocarse: en dirección sur-sureste estaba seguro de haber visto el periscopio de un submarino. Fueron sólo unos segundos, y desapareció. Pero, aterradoramente, «estaba allí».

En ese mismo segundo, el capitán y héroe de guerra alemán Walther Schwieger ordenaba que se arriara el telescopio y gritaba tajantemente: «¡Inmersión, inmersión, inmersión...!», mientras él mismo se lanzaba escaleras abajo camino de la bodega de su submarino, el U-20, un arma letal en alta mar. Ya en la cabina de este engendro diabólico, Schwieger reunió a sus oficiales y a toda la tripulación que no estuviera de guardia, y con su tono enérgico, y el carisma ya ganado en muchas situaciones, les dijo: «Vamos a por él. Es rápido, pero nosotros lo somos más. ¡Zafarrancho de combate!». Las horas del Lusitania y sus dos mil pasajeros estaban contadas.

A mediodía, Turner vio aún con más incredulidad cómo un torpedo se acercaba a toda velocidad hacia su línea de flotación. Apenas si le dio tiempo a decir: «¡Arríen los botes, las mujeres y los niños, primero!». El Lusitania, un prodigio de diseño y tecnología, calcado del Titanic, se fue al fondo del Atlántico, y con él, 1.198 seres humanos, la mayoría de ellos norteamericanos.

Siempre se ha pensado que el hundimiento hizo que el presidente Wilson se decidiera, dos años más tarde, a ordenar que los Estados Unidos entraran en la Gran Guerra, con lo que se decidió su final, pero hoy esto no está tan claro, y ésa es una de las hipótesis que ha barajado Erik Larson (autor del gran éxito «En el jardín de las bestias») en «Lusitania» (ambos en Ed. Ariel), donde, con su peculiar estilo de unir historia y ficción, revela todo lo que hasta el momento se puede saber.

Sin duda, nos encontramos ante un intensísimo trabajo de documentación e investigación, como el propio Larson explica vía mail: «Sí, desde luego, pero me encanta investigar, me siento como un detective». Otro de los trucos de Larson es poner distancia entre los hechos, por muy terribles que sean, y su trabajo. «Erik el bueno se siente conmovido por una tragedia como ésta; y Erik el malo sabe que está ante un material de gran alcance y piensa que puede hacer una gran historia». «¿Alguien concreto tuvo la culpa, o la culpa fue de todos?, le preguntamos. «El verdaderamente culpable fue Walther Schwieger, comandante del submarino, pero hubo circunstancias sorprendentes que podrían haber cambiado los hechos: si la niebla hubiese sido más persistente, si el Lusitania no viajase con dos horas de retraso, si el Almirantazgo hubiera informado mejor al capitán Turner, si se hubieran reparado las calderas estropeadas, pero, ¡eso es historia!».

En cualquier caso, ha llegado la hora de hacer la pregunta del millón: Señor Larson, ¿fue decisivo el hundimiento del Lusitania para que Estados Unidos entrara en guerra? «El Lusitania tuvo relativamente poco que ver. De hecho, cuando Wilson realizó el discurso en el que, finalmente, le pidió al Congreso que declarara la guerra, él nunca mencionó al Lusitania». Para acabar, hay que preguntarle a Larson si podemos extraer alguna lección de aquel drama: «El desastre también sirvió para que todo el mundo se diera cuenta de que esta guerra era distinta y que los civiles corrían casi tanto riesgo como los soldados. También hemos aprendido que la arrogancia y exceso de confianza son muy peligrosos y pueden originar grandes tragedias».