Gustavo Adolfo Bécquer hacia 1864, retratado por J. Laurent
Gustavo Adolfo Bécquer hacia 1864, retratado por J. Laurent - abc

Gustavo Adolfo Bécquer, un poeta romántico a la cabeza de las letras contemporáneas

La nueva edición crítica de «Rimas y leyendas» y la revisión de su biografía ponen al sevillano en la base de las letras hispanas contemporáneas

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La vida y obra literaria de Gustavo Adolfo Bécquer han estado oscurecida desde su muerte por el mito romántico que ha acompañado a su figura y que sus propios amigos fomentaron para contribuir al éxito de «Rimas y leyendas», el libro póstumo que lo convirtió en uno de los autores más populares del penúltimo cambio de siglo. Por ello, su vida se ha presentado en muchas ocasiones como el ejemplo más acabado -con permiso de Mariano José de Larra-, de tardorromántico español, en una visión que combina el recuento de amantes -muchas de ellas apócrifas-, el regusto bohemio algo acartonado y una vida tristísima marcada por al pérdida, la enfermedad y las penurias económicas.

Esta imagen pretende dejarla definitivamente atrás para el gran público la edición que han preparado los investigadores María del Pilar Palomo y Jesús Rubio Jiménez de «Rimas. Leyendas y relatos orientales», que este mes publica la Fundación José Manuel Lara y que aspira a convertirse en edición canónica.

La edición crítica, con estudios sobre las «Rimas», a cargo de Palomo, recoge todas las variaciones de los poemas publicados, casi todos a la muerte del autor; y también las «Leyendas». Más una biografía que en apenas cincuenta páginas ofrece un retrato del autor a partir de numerosas fuentes, de cartas a documentos oficiales, así como una exhaustiva bibliografía.

Rubio Jiménez, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza, afirma, ese «romanticismo falso y los tópicos sobre el autor» dejan paso al «relato coherente» apoyado en documentos que muestran a «una persona que salió de Sevilla a buscarse la vida escribiendo en la capital, donde dirigió proyectos periodísticos tan importantes como la “Ilustración de Madrid” y que, gracias a sus amistades políticas -el presidente del Gobierno y ministro Luis González Bravo-, consiguió un empleo bien pagado como censor de novelas».

El mito de Julia Espín

«Vivió como un burgués y era un hombre muy metido en política», añade Palomo, catedrática de Literatura de la Complutense, y solo lo pasó mal económicamente cuando la revolución de 1868 dejó fuera del poder a los moderados de Narváez, aunque «al poco tiempo estaba dirigiendo la “Ilustración de Madrid”». «No es un autor maldito», añade Rubio Jiménez.

Otro lugar común de las biografías de Bécquer que matiza mucho este investigador es la relación del escritor con Julia Espín, a quienes algunos biógrafos han catalogado como su gran amor y su familia. Rubio Jiménez explica que el encuentro con esta familia tuvo una gran importancia en su trayectoria, porque le permitió colaborar en un libreto para la zarzuela «El talismán» y estrenar otras piezas bajo seudónimo, que le permitieron ir abriéndose camino como escritor.

Sobre si la relación amorosa fue real o no, Rubio Jiménez, que tuvo acceso a los álbumes de Julia Espín y que consiguió que los adquiriera la Biblioteca Nacional, afirma que es imposible saberlo y, además, es secundario y relativiza el hecho de que la rima 16 esté en ese álbum, «porque está en tres más, ¿les decía a todas lo mismo?», ironiza.

Otro rasgo de la personalidad de Bécquer que casa muy poco con su imagen romántica es el hecho de que tanto él como su hermano Valeriano, -autor del retrato más conocido del escritor sevillano- cuando se separaron de sus esposas, «se quedaron con los hijos a su cargo, en un país como el nuestro donde las madres se quedan con los hijos hasta hoy día», comenta Rubio Jiménez. «Y en el caso de Gustavo sigue ayudando a la pobre Casta después de su separación».

Hombre del siglo XX

Este retrato «coherente y realista» del autor sevillano lo muestra más como un hombre del siglo XX que decimonónico y que tiene su reflejo en sus «Rimas y leyendas». «Bécquer es un escritor que cambia el discurso, que, como Garcilaso, supone un antes y un después para la poesía española. Bécquer es el otro gran caso, y su obra deja atrás la retórica del romanticismo» para alcanzar la contemporaneidad. «Su gran herencia es la lírica de Machado, Juan Ramón Jiménez, Cernuda..., y más recientemente la de autores sevillanos como Fernando Ortiz y Javier Salvago».

Palomo recuerda, por su parte, la carta de Juan Ramón Jiménez en la que afirma que «no se puede empezar nada contemporáneo en el verso y la prosas españoles sin empezar por Bécquer y Larra». Las características que hacen contemporánea sus «Rimas» las resume esta investigadora: la idea que mantenían poetas simbolistas como Mallarmé de que el poema se hace con la palabra y la razón, por lo que las poesías amorosas «no deben leerse en clave autobiográfica sino como una metapoética centrada en el lenguaje y la poesía».

A ello se une que son poemas «lingüísticamente sencillos, pero de un simbolismo muy complicado», heredero de la «lírica popular», pero también de la modernidad europea. «Motivos como el infierno de Dante y Ofelia, que aparecen en sus poemas, son los mismos de los prerrafaelitas», añade Palomo.

Vida y obra no van juntas

«Hay que acabar con la identificación entre vida y obra» en las «Rimas», añade Rubio Jiménez, que viene de la ordenación de los poemas en su primera edición, donde se suceden las claves teórico-poéticas, el enamoramiento y la muerte, que no es el orden natural» del «Libro de los gorriones», el volumen para la publicación de los poemas de Bécquer que desapareció de la casa de González Bravo cuando huyó de Madrid a causa de la Revolución de 1868. Aquí los poemas aparecían en un orden distinto al que finalmente organizaron Augusto Ferrán y Ramón Rodríguez Correa para la primera edición de «Rimas y leyendas».

La pregunta que no tiene una respuesta clara es por qué el escritor sevillano, a pesar de haber publicado y dirigido periódicos y gozar de una cierta fama, dio a la imprenta apenas una docena de poemas en vida, y «no publicó un libro jamás». Era un perfeccionista: «Bécquer se pasó toda la vida corrigiendo poemas», concluye Palomo.