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Pablo D'Ors: «Sólo regresamos a nuestra patria si hacemos la aventura del exilio»

El autor de «Biografía del silencio» publica «Contra la juventud», una hermosa reflexión sobre la importancia de la vida adulta y la asunción de los errores propios

Pablo D'Ors, fotografiado en Madrid poco después de la entrevista
Pablo D'Ors, fotografiado en Madrid poco después de la entrevista - ÁNGEL NAVARRETE

Ya lo dijo Jaime Gil de Biedma (1929-1990: la vida va en serio. El problema es, como bien escribió el poeta, que eso uno lo comprende pasado el tiempo. Y hay quien no acierta a entenderlo en toda su vida. Partiendo de esta premisa, Pablo D'Ors (Madrid, 1963) ha escrito «Contra la juventud» (Galaxia Gutenberg), una hermosa reflexión sobre la importancia de la vida adulta y la asunción de los errores como única vía para llegar a ser uno mismo. No obstante, el autor de «Biografía del silencio» (Siruela) se define como un «escritor de la luz», alejado en eso de sus maestros, Kundera y Kafka, y con una «demencial» esperanza en el ser humano, por encima de las prisas, el desenfreno y la frivolidad de nuestra sociedad. Por algo sigue reivindicando el silencio como la «necesidad primordial» del hombre contemporáneo.

- ¿Por qué «Contra la juventud»?

- Contra la juventud, pero no contra los jóvenes. La juventud es una etapa de la vida que está mitificada, como si fuese el ideal. Pero el ideal es la madurez, la vida adulta, donde nos acercamos a aquello que queremos ser. La juventud es una etapa de ensayos en los que cometemos errores, que nos hacen daño a nosotros mismos y a los demás. No puede ser de otra manera, porque nuestra existencia es errática, aprendemos de los errores, pero es bueno que sepamos que esos errores son devastadores. De ahí el título.

- Algunos la consideran la etapa más dorada de la vida.

- Aprendemos a decir tú, pero no sin antes decir no. En la etapa de la juventud todavía no sabemos decir tú. He querido crear una historia sobre cómo llegamos a la luz atravesando nuestras sombras. A la vía iluminativa no se llega sin la vía purgativa. Este es un libro melancólico que habla sobre cómo hacemos un drama de acontecimientos minúsculos. Como toda novela, es una épica del individuo, habla de la formación de la persona.

- ¿Quién es, en realidad, Eugen Salman, el protagonista?

- Él no sabe quién es, todavía. Para llegar a lo que uno aspira tiene que atravesar experimentos. Este libro trata sobre la búsqueda de sí mismo. Pretende reflejar el joven que todos fuimos y cuando lo leemos, ya de adultos, puede suscitar en nosotros un triple sentimiento: melancolía, por los años que no volverán; alivio, porque no los tendremos que volver a pasar; y agradecimiento, por lo que hemos vivido.

- ¿Qué hay de usted en él, y viceversa?

- La novela es para mí una exploración en la identidad. Esto significa que todos los personajes son espejos de uno mismo. Ninguna de mis novelas es autobiográfica.

- La lectura del libro me ha recordado a Gil de Biedma y aquello de «No volveré a ser joven».

- De hecho, estuve tentado de ponerlo, pero ya me parecía que eran demasiados referentes culturales.

- Sus versos decían: «Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde».

- El libro va exactamente de eso. Tiene este tono humorístico porque la manera de afrontar la gravedad en la novela es desde lo ligero. Una novela pesada para mí es una contradicción. Las novelas tienen que ser ligeras porque su destinatario es el público en general, no especializado. El origen de la novela es la modernidad y ya fijemos su comienzo en «El Quijote», con Cervantes, o en el «Decamerón», con Bocaccio, ahí hay sentido del humor. Así como el fondo de mis libros siempre es la erótica y la mística, el estilo quiere ser lírico y cómico. En este caso, yo hablaría también de compasivo. Asociamos la lucidez con ser despiadado, no con ser compasivo. En esto me distancio de mis maestros, como Kafka o Kundera, porque yo sí que tengo una visión compasiva. Es verdad que someto a mis personajes a situaciones muy duras, pero les dejo en la pista de despegue para que puedan redimirse y salvarse. Tener una visión compasiva de la realidad es más difícil que tener una visión despiadada, porque para ver la luz hay que purificar la mirada, el oído y el corazón, y ese trabajo de purificación no es tan fácil. Lo difícil no es escribir, lo difícil es tener una vida interior. Silencio y palabra son las dos caras de la misma moneda. El libro más intenso es aquel que nace del silencio y aboca a él, hasta el punto de que no hay regalo mejor para un escritor que cuando un lector cierra el libro y ensueña su propia historia. Lo extraordinario es cuando la creatividad propia suscita la ajena.

- Esa visión compasiva de la novela, ¿la traslada también a su vida personal?

- La escritora que habla más de sí misma es Teresa de Jesús, y hoy seguimos leyéndola. Eso significa que cuando un autor consigue ser profundamente personal logra ser universal. Se trata de ser fiel a uno mismo, a la propia conciencia. Si este libro desconcierta o descoloca a mis lectores, tanto mejor. Decía Kafka que el libro tiene que ser una bofetada en la cara del lector. Hay que dejarse descolocar. Un libro tiene que ser un espejo de lo que somos, pero también una ventana que nos abra a un horizonte diferente.

- Si la cultura no remueve, sirve para bien poco.

- El verdadero arte tiene que ser provocador, pero no como estrategia o por sistema, sino por fidelidad a lo más genuino del creador. Si los creadores consiguiéramos ser fieles al yo profundo, seríamos realmente provocadores. Porque no hay nada más provocador que un hombre que es él mismo.

- Por lo que genera de desconcierto en el otro.

- Porque, en general, casi nadie se atreve a ser él o ella. Vivimos en un mundo donde casi todo son convenciones. Lo principal es la capacidad de escuchar la propia conciencia, obedecerla y hacer de esa escucha estilo de vida.

- Es curioso, porque es cierto que casi nadie se atreve a ser uno mismo, pero es muy difícil aprender a decir tú.

- La vida es un aprendizaje para decir tú. El descubrimiento de la identidad pasa por la alteridad. Sólo regresamos a nuestra patria si hacemos la aventura del exilio, de salir de uno mismo. Una cosa es el pequeño yo y otra el yo profundo. El escritor tiene que contar las peripecias del yo profundo. En ese sentido, hay una profunda afinidad entre el arte y la espiritualidad. El arte es un ejercicio espiritual, de purificar lo anecdótico y llegar a lo esencial, desde la clave de la imaginación y la fantasía.

- Hace poco, en una entrevista, Clara Janés se preguntaba si, acaso, el misticismo y el erotismo no son lo mismo.

- Me encanta esta reflexión, porque es lo que yo estoy proponiendo en este libro. Este libro tiene tres temas fundamentales: la poética, la erótica y la mística. La erótica y la mística están atravesadas por la misma unidad, que es la unidad de los cuerpos. El tema de fondo es la unidad, porque el problema es la fractura. Estamos divididos dentro de nosotros y con los demás. Lo que nos fractura fundamentalmente es la ideología, pensar que no podemos hermanarnos con el otro, cuando lo que nos une es mucho más profundo que lo puramente ideológico. Toda novela es un canto a la nostalgia de unidad a la que aspiramos.

- ¿Por qué siempre nos detenemos más en lo que nos separa que en lo que nos une?

- Esto es cierto hasta el punto de que se ha identificado la literatura como un experimento con el mal. Es decir, la literatura es bajar a pasar una temporada en el infierno. De hecho, casi no hay escritores de la luz. Por eso es más difícil ser compasivo que despiadado. El mal, la sombra, es más ruidosa, más aparatosa, más estrepitosa. La luz, el bien, es más discreta y elegante.

- En el libro también reflexiona sobre la soledad como uno de los grandes problemas de nuestra sociedad.

- Yo diría que el mal es el aislamiento, el individualismo. Soledad y comunión son las dos caras de la misma manera. Sólo nos atrevemos a estar realmente con el otro en la medida en la que nos hemos atrevido a estar realmente con nosotros mismos. Nuestra presencia con el otro sólo será fecunda si hemos habitado nuestro propio interior. Vivir como islas es destructivo.

- Decía Jane Austen en «Orgullo y prejuicio» que «el disimulo parece estar de moda». Qué actual, ¿no?

- Esta novela juega mucho con el tema de la impostura. Cuando nos atrevemos a ser nosotros mismos nos reconciliamos con la realidad.

- Con lo agotador que es fingir.

- Pues sí, lo más descansado es ser nosotros mismos. Nos pasa lo mismo que con el tema de la atención. Lo que nos cansa es estar dispersos, en mil cosas y en ninguna.

- Hablemos de «Biografía del silencio»: va camino de su duodécima edición. La reflexión que entonces hizo se antoja hoy más necesaria que nunca, en un mundo que celebra la inmediatez hasta el punto de perseguir lo instantáneo.

- El problema número uno de nuestra sociedad es el ruido. La necesidad primordial del ser humano es la simplicidad. Hemos mitificado la complejidad, nos parece que sólo es valioso lo que es difícil. «Biografía del silencio» y «Contra la juventud» están profundamente hermanados. Tendemos a pensar que el mismo hombre no puede ser un miserable y un héroe. Y, sin embargo, somos capaces de estar en los territorios más sombríos y en los más elevados.

- ¿Seremos capaces de ponerle freno a todo eso algún día?

- Yo tengo una esperanza demencial. No sólo creo que seremos capaces, sino que creo que lo estamos siendo, una minoría significativa. Hay un hartazgo de esta sociedad tan de la frivolidad, cada vez hay más personas que escuchan su anhelo interior. Lo veo en muchas personas. El bien existe. Existe más luz que sombra, lo que pasa es que es más discreta.

- ¿Tienen algo que ver la vocación literaria y la clerical?

- Yo hablaría de una afinidad profunda entre el acto estético y extático, el arte y la espiritualidad, el silencio y la palabra, o en la actitud que tenemos que tener cuando escribimos y cuando oramos. Esa vocación al silencio la he traducido existencialmente en ser novelista y sacerdote. Entre creer y crear sí hay un posible hermanamiento.

- ¿Qué papel representa en su vida la meditación?

- Es lo esencial, lo básico. Yo me he convertido en una especie de apóstol de la meditación, porque la necesidad primordial del hombre contemporáneo es el silencio. La aventura más grande que puede correr el ser humano es la aventura interior.

- El otro día volví a ver una película japonesa titulada «Despedidas».

- Me suena mucho. ¿Es de un tipo de embalsama cadáveres?

- Sí, exacto. Usted trabaja a diario con enfermos moribundos.

- Precisamente ayer tuve guardia 24 horas.

- La pregunta es: ¿se puede llegar a estar preparado para morir?

- Por supuesto que se puede estar preparado para morir. En general, lo que da miedo de la muerte es no haber vivido. Cuando uno puede decir, como Neruda, «confieso que he vivido», no solamente está preparado para morir, sino que entrega elegantemente la vida. Yo lo he visto y puedo dar testimonio de que es así. La principal lección que he sacado de estos nueve años que llevo en contacto con enfermos moribundos es que la mejor manera de prepararse para la muerte es empezar a vivir ya como nos gustaría morir, no dejarlo para mañana. La muerte forma parte de nuestra realidad. Nuestro problema fundamental es que estamos permanentemente huyendo. Lo que enseña la meditación es a mirar a la cara a nuestros fantasmas. En la medida que los miramos a la cara, nuestros fantasmas se exorcizan.

- El año pasado recibió un regalo de cumpleaños muy especial: el Papa le designó asesor del Consejo Pontificio de Cultura. ¿Cómo ha sido la experiencia, tras la primera reunión, que celebraron a principios de febrero?

- La experiencia está siendo muy rica, porque me he dado cuenta, de una manera muy clara, de varias cosas. En la Iglesia hay una pluralidad enorme. No creo que haya en su seno una institución que admita una pluralidad tan grande. Existe en este órgano una gran libertad de expresión. Eso me produce una profunda alegría, porque es la base para que se pueda construir algo. Para mí ha sido muy importante encontrarme cara a cara con el Papa Francisco porque es una persona creíble, su sonrisa no es impostada, como la del político, es una sonrisa franca. Transmite atención a la persona, ve la Iglesia como un hospital de campaña, se centra en la atención a las personas, a los necesitados.

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