Jaime Gil de Biedma, en una fotografía de archivo datada el 17 de enerode 1983
Jaime Gil de Biedma, en una fotografía de archivo datada el 17 de enerode 1983 - efe

Jaime Gil de Biedma, verso vivo a los 25 años de su muerte

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En una mañana helada, sobresaltada y triste, la de un 12 de enero de 1990, en Nava de la Asunción, Segovia, un puñado de amigos y compañeros enterraban en su recoleto pero siempre triste cementerio al poeta Jaime Gil de Biedma, capitán barbado y fumador, nocherniego pesimista de la Generación del 50, aquella que, más allá de la poesía, respiró mucho tiempo de silencio y trajo libros entre visillos de la dictadura. Había muerto el día 8, hoy hace 25 años.

Acabó el poeta enterrado lejos de su hogar, aquella Barcelona en la que, además de vate bebedor y vividor fue ejecutivo de la empresa familiar de tabacos de Filipinas, de lo que se deduce que los cigarrillos que continuamente apuraba en noches de bohemia e ilusión le costaban menos que los versos de aquellos días, en los que «media España ocupaba España entera».

Tradición inglesa

Había estado en Londres, con su licenciatura de Derecho bajo el brazo como hacían los niños bien en los primeros cincuenta y allí se empapó de poesía inglesa (fue genial traductor años después), Wordsworth, Coleridge, Lord Byron... El crítico y traductor Andreu Jaume destaca cómo en esa tradición romántica halló las raíces de la modernidad, al tiempo que exploraba la falla romántica de la tradición poética española, una ausencia que nos hizo creer que la modernidad había entrado con la Generación del 27. Falso paradigma. Así cimentó en España una poesía de la experiencia que no era el triste realismo de las cosas que pasan al salir por las noches...

Pronto empezó a redactar los sentimentales versos de su primer libro: «Según sentencia del tiempo» (1953). Tenía 24 años: nacía un poeta genial. Y de grandes amigos: Carlos Barral, Alfonso Costafreda, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Caballero Bonald, José Ángel Valente... Siguió escribiendo, en ocasiones como «artista seriamente enfermo», libros como «Compañeros de viaje», «En favor de Venus», «Moralidades», «Poemas póstumos» y «Las personas del verbo», el último, de 1982.

Conjugó el verbo amar hasta comprender que, al contrario que Dylan, no sería siempre joven: «Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde». Nunca fue un poeta maldito, pero la más maldita de las enfermedades se lo llevó hoy hace 25 años. Alguna de las personas de su verbo quiso escribir otro final: «No leer,/ no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,/ y vivir como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia». Lejos de esas eliotianas ruinas, la herencia que dejó a la poesía española ha sido inmensa.

Homenajes

Luis García Jambrina considera «uno de esos poetas familiares a los que uno recurre cuando se enamora, se indigna, se pone triste...». Para el también poeta Luis Alberto de Cuenca «Gil de Biedma es la segunda mitad de mi línea clara. La primera mitad es, cómo no, Hergé». Benjamín Prado lo tiene muy claro, tanto que lo llama «clarividente», y Carlos Aganzo, director de «El Norte de Castilla» y ganador, precisamente, del Premio Gil de Biedma hace cuatro años, asegura que «veinticinco años después de su muerte, resulta impresionante comprobar de qué manera su poesía anticipaba, en su belleza sin tiempo, la decadencia de un momento como el que vivimos; un universo ético y estético que ya no ha vuelto a ser el mismo». Martín López Vega, poeta y editor, destaca que «lo más importante es como continúa el empeño de Cernuda de injertar la tradición inglesa en la poesía española». Y José García Velasco, por entonces director de la Residencia de Estudiantes recuerda el emocionante recital, de 1988, recientemente publicado. Un día inolvidable.

Marsé recuerda el último verano