La Ciénaga de los Muertos de «El Señor de los anillos», un recuerdo a sus amigos muertos en el Somme
La Ciénaga de los Muertos de «El Señor de los anillos», un recuerdo a sus amigos muertos en el Somme - abc

Tolkien se salvó de morir en la I Guerra Mundial por la fiebre de las trincheras

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J. R. R. Tolkien, el gran autor fantástico de «El Hobbit» y «El Señor de los anillos», lo dijo claramente: «Mi obra está escrita con la sangre de mi vida, sea en líneas gruesas o delgadas. Y no puedo hacer otra cosa». Esa confesión incluye, convertida en un elemento central de la épica que rodea sus libros, la experiencia vivida en la I Guerra Mundial (IGM). Pero hay una pizca de suerte que se añade a todo ello, porque ahora se ha sabido que el escritor fue salvado, literalmente, por la fiebre.

Acaba de aparecer en Gran Bretaña un documento de la 11ª Estación de Gestión de Bajas -parte de los primeros 50.000 archivos transcritos de un total de 1,5 millones- que demuestra que J. R. R. Tolkien fue desmovilizado del frente del Somme en octubre de 1916. Su batallón, el Undécimo de Fusileros de Lancashire, había sufrido 38 muertos, 63 desaparecidos y 166 heridos en solo dos días. Todos los heridos fueron bajas forzosas, según los archivos. El destino tiraba los dados a su favor y en contra de sus compañeros.

Compañeros aniquilados

Aquejado de la «fiebre de las trincheras», que se contagiaba por parásitos, fue trasladado por la 75ª compañía de ambulancias a la citada 11ª Estación, donde fue tratado dos días, antes de ser extraído en el 22º Tren Ambulancia, antes de ser devuelto a Inglaterra. Entonces, mientras convalecía, el destino castigó a sus compañeros de armas con una tirada de dados mortal: el cuartel general de la compañía D de su batallón fue destruido por morteros alemanes, con enormes bajas. Por si fuera poco, a ese ataque le siguió un bombardeo masivo que aniquiló al resto de su batallón casi por completo. Así que la fiebre -que cursaba con pirexia, cefaleas, erupciones, inflamación ocular y fuertes dolores musculares- pudo también salvar su vida. Una curiosidad es que su gran amigo C. S. Lewis, autor de «Las crónicas de Narnia», también la tuvo.

¿Cómo llegó Tolkien al frente? Como sus amigos de Oxford, el estallido de la conflagración les hizo pensar que su deber era alistarse. Y así lo hicieron todos. Con el 11º batallón de fusileros de Lancashire, llegó a las playas de Francia después de un breve entrenamiento en los campamentos de Straffordshire, en los que, como uno de los 50 oficiales, ejecutaba mil y una ordenanzas, mientras reflexionaba: «Esto de la guerra multiplica la estupidez humana».

Una vez en Francia, como oficial de señales cuyo equipo, bastante caro, se perdió durante el viaje, sintió la opresión de la guerra: «Tengo ahora 21 años y no puedo dejar de dudar si cumpliré 22», le escribía su amigo, también alistado, Rob Gilson, en 1915, cuando el frente occidental estaba estancado y ni el gas venenoso de Yprés ni la masacre de Verdún habían alterado las líneas. Se había casado in extremis con su querida Edith Bratt. Aquellos hombres, como él, lanzados para alimentar la maquinaria bélica, no tenían expectativas de sobrevivir: «Los oficiales subalternos eran exterminados, doce por minuto -recordaría más tarde-. Dejar atrás a mi esposa entonces, fue como morir».

Algo murió en Tolkien

En cierto modo, algo murió en Tolkien entonces, como moriría algo de Frodo Bolsón, su personaje, cuando abandonó la Comarca, su patria querida, para partir, sin saberlo, hacia Mordor. En el verano de 1914, precisamente, había escrito un poema, titulado «El viaje de Eärendel, la estrella de la tarde», que sus estudiosos toman como el verdadero origen de su mitología personal. Tiempo después recordará: «Fue cuando la guerra de 1914 estalló sobre mí cuando descubrí que las leyendas dependen del lenguaje que las crea, y que un lenguaje vivo depende de las leyendas que conforman su tradición».

A pesar de todo, la vida en las trincheras era incompatible con la creación literaria. «Podías garabatear algo en el dorso de un sobre y metértelo en el bolsillo trasero, pero eso es todo. No podías escribir agazapado entre moscas e inmundicia», recordará. Porque es momento de atizar los fuegos del destino, con marchas interminables por los campos polvorientos del verano y embarrados o congelados en invierno. No era un oficial que se desplazara a caballo. Como sus hijos le oyeron tantas veces relatar, en ocasiones ayudaba a los soldados a cargar con el equipo, para animarlos.

La convivencia con los soldados, humildes guerreros que poco antes eran mineros, tejedores, menesterosos alistados, a veces con sus zuecos de molinero en el petate, también tendrá su latido en las páginas escritas años después: «Mi Sam Gamgee es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la Guerra, y que me parecieron tan superiores a mí mismo».

Cosecha sangrienta

Junto a ellos vivió el horror de las trincheras, el silbido de los proyectiles de artillería zumbando aquí y allí. Los cuerpos desfigurados de soldados anónimos, como él, amontonados en el barro que tragaba cualquier esperanza. La acción de las ametralladoras que su gran amigo Gilson -del círculo íntimo de literatos y soñadores Oxonienses de la Tea Club Barrow Society (TCBS)- describía como el arma ante la que los hombres sucumbían como el cereal ante la segadora del granjero.

La cosecha sangrienta incluía rostros conocidos, demasiado cercanos para olvidarlo. A ellos rinde tributo en la Ciénaga de los Muertos de «El señor de los anillos». Estaba escrito con la sangre de sus amigos, la ciénaga dibujada con los trazos del Somme, una de las batallas más cruentas de la I Guerra Mundial, que sólo en su primer día, el 1 de julio de 1916, causó 57.740 bajas británicas. En aquel frente Tolkien tenía bajo su cargo las señalizaciones de la unidad. Gran responsabilidad. De ahí el «agotamiento absoluto» de Octubre. El honor dió paso a la decepción. A la locura. La privación de sueño. De aquí para allá como un autómata, en medio de aquel desierto de lodo y compañeros muertos.

Tolkien fue testigo directo de la toma de la trinchera Regina. Las tropas de asalto avanzaban entre la maraña de alambres de púas y nidos de ametralladoras, lentamente ocupando el campo alemán, hasta alcanzar las líneas y el fortín enemigo. Él mismo informaba al cuartel general de la brigada que se empezaban a recibir los primeros prisioneros alemanes. Con aquella conquista, para el subteniente Tolkien, del 11º de los fusileros de Lancashire y la 25 división, la batalla del Somme había terminado.

Ese viernes, un día frío con chubascos, acudió al oficial médico tiritando, con una temperatura de 39.4 C. Tenía fiebre de las trincheras, un regalo de algún piojo, la Bartonella quintana, que le salvó la vida. Dejó el regimiento de los fusileros para ser transferido a un hospital para oficiales en Beauval. Días después partiría en una nave hacia Inglaterra. Curiosamente en un barco de nombre español (lengua, por cierto, que adoraba, quizás por la ascendencia de su mentor durante su orfandad, el padre Francis), el Asturias.

«Escribe lo que soñábamos»

«En mi mente puedo visualizar claramente las trincheras, las casas sórdidas y las largas carreteras de Artois, y si pudiera iría a visitarlas de nuevo». Nostalgia indeleble debida a que Tolkien fue el único superviviente de aquel grupo de jóvenes idealistas, que eran sus grandes amigos de juventud y de universidad. Dos meses despúes de ser retirado del frente, el joven Tolkien, recibió una carta de Wiseman, que servía en la marina, en donde le daba la noticia de que su gran amigo Smith, tan especial para él, había muerto en el frente. Poco antes había escrito al propio Tolkien de su propia pluma: «Mi mayor consuelo es que si esta noche me voy por los imbornales -salgo en misión dentro de unos minutos- todavía quedarán miembros de la TCBS para anunciar lo que yo soñaba y lo que todos concordábamos. Que Dios te bendiga, querido John Ronald, y que digas las cosas que yo intentaba decir cuando yo no esté para decirlas, si esa es mi suerte. Siempre tuyo. G. B. Smith.»

Suena a película épica. Sin embargo, fue su realidad. A Tolkien aquello le marcaría en silencio para toda su vida. Y claro que escribiría lo que ellos soñaban. Desde entonces vivió entre rutinas. Se levantaba a las 7 (no le gustaba madrugar) y con su conjunto de pantalón de franela y chaqueta de tweed, iba a misa (la religión y el amor, sus prioridades) a la iglesia más cercana. Luego el desayuno y el periódico. Un día a la semana, consagrado a los amigos, «The Inklings», entre pintas y pipas humeantes, para debatir sobre algún tema. En su pub favorito, el «Eagle & Child» de Oxford.

Como profesor, en un retiro clásico, construyó su vida soñada. Los lodos y las tristes muertes de la Gran Guerra le dejaron bien claro el lugar del hombre en el mundo y definieron el que iba a ocupar él. De ahí nacen los orcos. Y Saruman. Allí vencen Gandalf y los héroes que poblarían la maravillosa e inmortal Tierra Media. Así, con pocas variaciones, hasta su muerte, a los 81 años, trabajaría en miles de páginas maravillosas el escritor, en el afán de no vivir a cualquier precio cada instante. Porque según expresó John Ronald Reuel Tolkien, hablando del momento más importante de su vida, «en 1918, todos mis amigos habían muerto».

John Garth, referencia mundial