Joyce Carol Oates: «Escribo hasta cuando corro»

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Joyce Carol Oates (Lockport, 1938) vive al final de una calle sin salida en las afueras de Princeton (Nueva Jersey), en un barrio con mansiones desperdigadas entre árboles, malezas y ciervos. El taxista, de Haití, dice que de noche hay que conducir muy lento porque los animales se cruzan en el asfalto todo el tiempo.

Oates espera en la entrada de la casa, donde chisporrotea el agua de una fuente, sentada con el periódico. Es un día espléndido de septiembre, y la escritora invita a tener la conversación en un porche del jardín, que mira al bosque y al final de un estanque. Su cuerpo es escuálido, quijotesco. Tiene la piel pálida, los ojos grandes y el pelo negro de alambre. Pero esta fragilidad aparente esconde una obra literaria imponente, rocosa. Ha firmado más de 50 novelas, cerca de 400 relatos, ocho libros de poesía, una docena de ensayos, nueve obras de teatro y un libro de memorias, además de incontables críticas literarias y otros artículos periodísticos. En su conjunto, Oates ha creado un retrato de la América contemporánea.

-¿Por qué escribe tanto?

-Porque tengo muchas historias que contar y me interesan muchos temas americanos, hay un gran número de asuntos en ebullición: la división racial, el aborto, liberales frente a conservadores extremistas, ateístas y religiosos… Hay dramas en todos ellos. Si no tuviera historias que contar dejaría de escribirlas y quizá solo haría crítica literaria.

-A veces se le critica su fecundidad literaria…

-Probablemente eso no viene de mis lectores, sino de gente que no me lee. A mis amigos Norman Mailer y John Updike, que también han sido muy prolíficos, nunca se les ha criticado que escriban demasiado. Puede que tenga que ver con que soy mujer.

El último ejemplo de su producción infatigable es «Carthage» (Alfaguara), que se publica en España en octubre. Se trata de una novela alrededor de la desaparición de una joven, en la que el principal sospechoso es un joven veterano de la guerra de Irak. Este exsoldado es Brett Kincaid, uno de los miles de chicos de la América profunda que se alistaron para luchar en la «Guerra contra el terror» tras los atentados del 11-S y que volvieron con heridas físicas y psicológicas irreparables.

-¿Cómo se interesó por esta historia?

-En mis novelas suele haber dos o tres historias que se entrelazan. En este caso, un día vi a un grupo de jóvenes en silla de ruedas y con muletas en West Virginia. Pregunté por ellos y me dijeron que era una zona donde muchos chicos habían ido a la guerra. Es algo que no se ve en los barrios de clase media-alta de Nueva York o de Princeton. Pero los ves todo el tiempo en EE.UU., en otros estados, en zonas rurales. Quería escribir esa tragedia.

-Ahora su país vuelve a involucrarse en otro conflicto en Oriente Medio. ¿Están los estadounidenses preparados para ello?

-Creo que no. La primera vez [en la Guerra de Irak] el público estadounidense fue algo ingenuo cuando Bush dijo que estábamos amenazados, lo pintó casi como una cruzada cristiana. En el caso de Obama, parece como que él siente que tiene que hacerlo, aunque no lo quiera. Debe de estar desencantado con el papel de ser presidente.

La trama de «Carthage» se sitúa en un pueblo en el norte del estado de Nueva York. A unas tres horas y media en coche de ahí, también en un área rural, en Lockport, se crió Oates. Su familia era humilde y la escritora reconoce, con su voz cálida pero monótona, que siente

«cercanía por la clase obrera»

y que tiene «la necesidad de contar sus historias». Fue la primera persona de su familia en terminar la educación secundaria y, desde entonces, no se ha separado de la academia: fue profesora en la Universidad de Windsor (Canadá) desde 1968 hasta 1978, cuando fue contratada por la

Universidad de Princeton,

donde todavía trabaja. El otoño que viene será el primer año en el que no trabaje a tiempo completo y solo dará un curso. Desde que aprendió a coger un lápiz, ha combinado la educación y la enseñanza con su propia obra.

-¿Recuerda su primer impulso creativo?

-Sí. Creo que la escritura o cualquier actividad creativa empieza por la imitación. Cuando era muy pequeña, empecé a pintar imágenes: un árbol, una casa. Después traté de pintar una cara. Luego quieres pintar algo original. Es una forma intuitiva de contar historias, antes de aprender a escribir.

-Usted es muy trabajadora…

-Sí.

-¿Cómo es su rutina?

-Empiezo a escribir a las ocho de la mañana. Pero es un placer, no lo tomo como un trabajo. Lo hago toda la mañana, y quizá un par de horas más por la tarde. Por la noche leo, veo películas, televisión… También me gusta ir al campo a andar, correr o ir en bicicleta. Y pienso sobre lo que escribo. Eso también lo considero escribir.

-¿Entonces escribe mientras corre?

-Sí, sin duda. Creo que la mayoría de gente que corre piensa en cosas serias. La mente entra en un estado meditativo y de liberación.

-¿Hay algo que le guste más que escribir o leer?

-Bueno, cuando haces algo que es tuyo, original y creativo, se disfruta más que ver una película. También puede ser muy frustrante, porque es tu propia obra. Pero incluso cuando trabajas en algo y no estás muy satisfecha, o estás en dificultades, también te sientes como que has hecho algo. Hay veces que no soy capaz de encontrar la voz adecuada para narrar algo y lo intento y lo reescribo… No es algo agradable, pero al final siento que ha valido la pena. Es como los atletas que tiene que entrenarse. Encuentras la satisfacción más tarde.

Su particular gimnasio literario está encima de nuestras cabezas, en el estudio en el primer piso, con amplios ventanales que miran al campo. «Hay gente a la que le gusta escribir contra la pared.

Yo necesito el verde»

, dice. Hoy ha hecho revisiones de su próxima novela, «The Sacrifice», basada en las turbulencias raciales de los años 80 y que se publicará en febrero del año que viene.

La base del trabajo de Oates son las notas que escribe a mano. Luego pasan a formar borradores, también de su puño y letra. «Los poetas piensan que hay una conexión entre la mano, el brazo y el cerebro», se excusa. Después va a su ordenador y lo teclea todo. «No me gusta que el proceso sea rápido. Empiezo con ideas, muchas veces cuando estoy de paseo o corriendo. Luego vienen las notas, escribo una escena, un capítulo. Es como tejer», explica.

En medio de la conversación, se escucha a su marido, Charles Gross, que trastea en el salón. Es un neurocientífico de Princeton que la sacó del duelo por el fallecimiento de su primer esposo, Raymond Smith, en febrero de 2008. De aquella trágica época Oates sobrevivió por su romance acelerado con su nuevo amor y con un libro de memorias sobre su viudedad. Con Gross se ha lanzado a viajar, una práctica poco habitual en su anterior vida. Entre otras aventuras, hace poco visitó España, de la que destaca su «estilo de vida exótico. Los americanos somos como niños, cenamos a las siete de la tarde», protesta.

-¿Cómo cree que se valorará su obra en el futuro, cómo se estudiará en las universidades?

-Es difícil decirlo. Creo que mi novela más ambiciosa es «Blonde», sobre Marylin Monroe. Y otra novela, «Ellos». También los relatos cortos [para algunos críticos, lo más importante de su carrera]. Pero no tengo manera de saber si algo de todo eso perdurará.

-Pero es consciente de su importancia…

-No lo sé [se ríe, por fin, con timidez]. No pienso mucho en ello. Hay cosas sobre las que no te paras a pensar hasta que te entrevistan.

-¿Le importa que algún día le concedan el premio Nobel?

-No creo que eso ocurra…

-¿Por qué?

-Bueno, hay muchos idiomas, muchos países, muchos contextos políticos… También hay muchos escritores en inglés. Las probabilidades son pocas, no es muy realista pensar que me lo den.

-¿Piensa en el lector cuando escribe?

-No, no puedes pensar en nadie. Ni siquiera pienso en mi agente o en mi editor. La historia tiene que tener su propia integridad. Solo pienso en los personajes, en lo que les ocurre.

-¿Si toca asuntos sensibles, como en este libro, le preocupa cómo serán recibidos?

-En absoluto.

-Es completamente libre cuando escribe...

-Sí… Sería difícil escribir una novela seria sin ofender a alguien.