Sally Perel: «No soy religioso porque Dios y Auschwitz son incompatibles»
Sally Perel en Madrid, durante la entrevista - isabel permuy

Sally Perel: «No soy religioso porque Dios y Auschwitz son incompatibles»

Judío que sobrevivió bajo engaño en las Juventudes Hitlerianas, publica sus estremecedoras memorias: «Tú tienes que vivir». Lección que aprendió de su madre

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Habla con un alemán dulcísimo, perfecto para adormecer a un niño con un cuento o a una muchacha en un tren nocturno atravesando Europa. Al fondo, en el íntimo patio del hotel Tirol, junto a la madrileña calle de la Princesa, donde salvo los clientes pocos saben que se encuentra ese oasis, se escucha el canto sutil de un pájaro, como saludando a Sally Perel (Peine, Baja Sajonia, 1925), judío que fue Josef Perjel en las Juventudes Hitlerianas.

Hace de intérprete la alemana Claudia Müller, que es la que ha vertido hermosamente al español «Tú tienes que vivir» (Editorial Xorki), escrito originalmente en hebreo, el sorprendente y a veces estremecedor relato de cómo Salomón (Sally) Perel huyó primero a Polonia con su familia cuando los nazis llegaron al poder, luego con su hermano Isaac hacia la parte ocupada por los soviéticos. Salomón acabó en un orfanato de las juventudes bolcheviques. Cuando los alemanes invadieron la URSS, el joven Perel les persuadió de que era un Volksdeutscher (un alemán criado fuera de la madre patria).

Gracias a su conocimiento del ruso, pudo emplearse de intérprete para la Wehrmacht. A causa de su edad fue después enviado a una escuela modelo de las Juventudes Hitlerianas. Salvó el pellejo gracias a la mentira, de ahí que confiese en Madrid, adonde ha venido a presentar la edición en español de sus conmovedoras memorias: «Se puede mentir con tal de salvar la vida, y la vida humana es lo más sagrado que existe». Su padre murió de hambre en el gueto de Lodz, su madre fue gaseada en un camión y su hermana ejecutada durante una de las marchas de la muerte. Habla despacio, pesando cada palabra, como si eligiera piedras para construir una pared.

-Leonard Cohen dice que todos llevamos dentro un nazi que tenemos que reprimir y domesticar. ¿Está de acuerdo?

-Yo creo que cada persona lleva el bien dentro cuando nace, pero también lleva dentro un pequeño diablo, que Leonard Cohen llama nazi. El problema consiste en mantener encerrado a este nazi, porque también sabemos cómo a través de la demagogia ese diablo puede salir de la persona y entonces la persona se convierte en diablo. Con mi libro he querido lanzar una advertencia: lo fácil que es hacer salir al diablo de esa jaula cuando en realidad debería permanecer siempre encerrado.

-El título del libro, en alemán, es «Joven hitleriano Salomón»; el de la película dirigida por Agnieszka Holland e inspirada en su vida, «Europa, Europa». ¿Prefiere el título en español, «Tú tienes que vivir», la petición que le hizo su madre antes de despedirse para siempre de ella cuando tenía 14 años?

-Sí, la verdad es que me gusta mucho, y me ha sorprendido muy gratamente la editorial Xorki, que ha publicado el libro en España, que habían elegido ese título y también esa foto de la portada en la que estoy leyendo el periódico…

-¿Qué periódico es?

—Son dos momentos decisivos en mi vida, que se reflejan aquí. Primero, las tres palabras que me dijo mi madre -«Tú tienes que vivir» (en español son cuatro, en alemán serían tres)-, han sido lo más importante de mi vida, en todos los momentos ha sido mi leit motiv y es lo que me ha ayudado a sobrevivir. Volviendo a la foto, ahí se me ve con un periódico de Múnich en el que vi el anuncio de que se estaba reclutando a jóvenes judíos para el ejército de Israel, para combatir por la independencia.

-¿Era un periódico en alemán o en yiddish?

—No, en alemán. Ese periódico era en alemán, pero trabajé en un periódico yiddish que se llamaba «Ibergang».

-¿Cómo su hermano?

-Sí.

-¿Cuando uno empieza a mentir para poder vivir dónde pone el límite?

—Mentir en sí es algo inmoral, por supuesto, pero sí se puede mentir con tal de salvar la vida, y yo creo que la vida humana es lo más sagrado que existe. La vida humana está por encima de cualquier religión, de cualquier mandamiento, de cualquier prohibición.

-En su libro cuenta que mientras estuvo en las Juventudes Hitlerianas no supo nada de los campos de exterminio. Ese ha sido el argumento de muchos alemanes. ¿No sabían, no podían saber o no querían saber?

-Puedo decirle que el pueblo alemán no lo quería saber, y no acepto que la generación de aquel entonces diga que no lo sabía. Eso no es verdad. Porque lo sabían todos. Lo sabían hasta los ciegos y los sordomudos. El problema era que no querían saber. Si ahora alguien me dice sí lo sabía pero no actuaba, no hice nada, puedo entenderlo, porque tampoco sé cómo habría actuado yo en una situación de ese tipo. Pero todos lo sabían.

-Sin embargo, de alguna manera, usted no reconoce hasta muy adelante en el libro, cuando llega la derrota del nazismo, lo que había ocurrido en los campos, y ese argumento también podría ser esgrimido por otros alemanes. Igual que usted, en las Juventudes Hitlerianas, no sabía qué pasaba con los judíos que desaparecían, muchos alemanes podrían decir lo mismo, usando su propio libro.

-En mi caso personal yo diría que no debía saberlo, porque necesitaba todas mis energías para sobrevivir, para llevar adelante esa lucha por la supervivencia personal.

-Cuando entra en el gueto de Lodz, y lo atraviesa en tranvía, comparte con el lector y el espectador de cine el temor y el deseo de encontrarse con su madre, porque sería el fin. Abrazándola incumpliría su mandato de «tienes que vivir». Quería saber cómo se planteó y se plantea este dilema.

—Sí, realmente fue un conflicto horrible en ese momento, porque yo me estaba imaginando que podría gritar ‘¡mamá, aquí estoy!’, pero en ese momento me hubiera traicionado a mí mismo y habría incumplido la orden que me había dado mi madre: «tú tienes que vivir». Imagínese un chaval de 16 años con ese dilema, ante esa situación, la más terrible, la más triste que se podía imaginar. Pero aún así yo tenía la fuerza suficiente para callar, para estar callado en ese momento, aunque quería gritar: «¡Dios mío, cómo es posible que yo no pueda abrazar a mi madre en ese momento!». Pero fue más fuerte la orden que me había dado ella, y conseguí sobreponerme y no gritar. Fue el momento más difícil en la vida de un muchacho de 16 años. [Cuando visitó el gueto de Lodz, casi al final de la guerra, vestido con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas, su padre ya había muerto en el gueto, y su madre gaseada dentro del camión en el que la trasladaban a Auschwitz con otros judíos].

-¿Qué es el pin que lleva en la solapa de la chaqueta?

-Es porque me invitaron a la inauguración del Museo del Holocausto en Washington, cuando Ronald Reagan era presidente, y a todos los invitados nos regalaron este pin.

-¿Tiene pesadillas?

-Muchas. Y sobre todo del tranvía en el que atravesaba el gueto.

-Las imágenes.

-Las imágenes. [«El tranvía redujo la velocidad al entrar en una curva. Fue precisamente en ese punto, a la altura de las ventanas del tranvía, donde se presentó la imagen más triste que haya visto nunca: cuatro hombres arrastrando y empujando un viejo carro cargado de cadáveres que habían sido cubiertos con un trozo de tela, en su día una sábana blanca. Por debajo de esa tela de lino se veían las extremidades extenuadas de los muertos. Sus cuerpos habían sido entrelazados de forma grotesca»].

-Su libro enseña a ponerse en el lugar del otro. ¿No le inquieta la situación de los palestinos en los Territorios Ocupados?

-Sí, estoy muy preocupado por lo que se refiere a la situación de los palestinos, y a lo mejor es una de las lecciones que aprendí por el Holocausto, que nunca me podía imaginar volver a vivir en un país que oprime brutalmente a otro pueblo. Y por eso yo soy miembro del movimiento por la paz que se llama Peace Now.

-¿Tiene hijos, o este libro es su hijo?

-[Se ríe] Sí, tengo hijos, tengo nietos también, pero digamos que el libro es el resumen de la vida tan polifacética que he tenido hasta ahora. Mi vida es como un mosaico que se compone de muy distintas partes, de muchas ideologías, todas las ideologías del siglo XX que yo he vivido en mi propia piel [estuvo en un komsomol soviético, con las Juventudes Hitlerianas, con el sionismo…], y todas han podido ejercer su influencia, me han marcado, y también han contribuido a que me convirtiera en un embajador de la convivencia y de la paz, y con mi libro he querido contribuir a ello. Es un medio para ejercer esa influencia.

-¿Le da miedo la muerte? ¿Y tiene alguna fe?

-En cuanto al miedo a la muerte recuerde que tengo casi 90 años y por supuesto ese tema de la muerte está en primer plano. Pero no tengo miedo porque durante mi vida he estado tantísimas veces ante la muerte… Con 16 años he vivido la Segunda Guerra Mundial, que era el infierno en la Tierra. Es decir, sí pienso en ella, pero no tengo miedo. En cuanto a la religión yo me considero un librepensador israelí, pero no soy religioso porque para mí Dios y Auschwitz son incompatibles, ahí hay algo que no concuerda.

-Siempre hago esta pregunta al final de mis entrevistas, pero en su caso me parece más pertinente que nunca. ¿Quién es Sally Perel?

-Sally Perel [dice mientras esboza una sonrisa] en primer lugar es un amante de la paz, un humanista. Pienso de manera universal, al margen de cualquier frontera de cualquier tipo. Mi sueño consiste en tener paz, en la convivencia y la comprensión mutua entre los pueblos, y también en un acercamiento de las distintas culturas. Es decir, soy un humanista que ama a las personas y ama la paz.