Entrevista

Plinio Apuleyo, amigo de García Márquez: «En la vida Gabo lo decidió todo»

Ha sido uno de los mejores y más cercanos amigos del escritor colombiano. En esta entrevista recuerda su faceta más íntima y desconocida del Nobel

ALEJANDRA DE VENGOECHEA - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

Gabriel García Márquez había conocido al escritor y periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza en un café en Bogotá cuando él tenía 20 años y Plinio 16. Este se convirtió en el amigo que llegaba en las mañanas al hotel en París y le abría las ventanas para que saliera tanto humo de tanto cigarrillo que Gabo se había fumado mientras escribía. A Gabo, Plinio le diezmó el hambre, le encontró empleo, le mandó dólares cuando bien pudo, le leyó sus manuscritos, lo protegió, lo quiso, lo criticó. «Y él me devolvió con creces todo lo que pude hacer por él en la vida», reconoce Plinio hoy día.

Tan íntima fue la relación entre ambos que incluso el biógrafo del Nobel, el inglés Gerald Martin, contó en «Gabriel García Márquez. Una vida» cómo, según el escritor peruano Mario Vargas Llosa, Plinio «no se ausentó de la casa de los García Barcha ni siquiera durante su luna de miel». La anécdota le sirvió a Martin para lanzarle un dardo a Plinio. «Uno daría a creer que esto –el hecho de haber sido tan cercano a la familia– bastaría para garantizar su discreción, pero Plinio ha contado a los cuatro vientos los desastrosos esfuerzos de Mercedes en la cocina –reconoce que no sabía freír un huevo y que Gabo tuvo que enseñarle–.

A Plinio poco le importaron las críticas y escribió a destajo sobre el Gabo íntimo. Tenía el material, no lo ocultó. Al contrario. Ahí están «La llama y el hielo» (1984), las memorias de Plinio, «El olor de la Guayaba», las conversaciones que sostuvo con Gabo (1982), «Aquellos tiempos con Gabo» (2002) y «Muchas cosas que contar» (2012), retazos de memorias de lugares y personas escritos a los 80 años. Incluso para promocionar su último libro, Plinio rompió un tabú: cuando le preguntaron qué se sabía de la vida de Gabo, ausente desde 2009, Plinio no tuvo problema en decirle al portal de internet colombiano Kien&ke que Gabo ya no reconocía a nadie, que había perdido la memoria, que hacía cinco años no hablaba con él. Fue entonces cuando los periodistas supimos que Gabo era mortal, que estaba senil, que ya tenía más de 80 años y que podía morirse. Gracias a Plinio, que cuenta lo que sabe y sabe que decirlo es mejor que ocultarlo, los periodistas empezamos a entrevistar con tiempo a esas fuentes que podían dejarnos un algo del Gabo que se ha muerto en México.

–En su último libro, «Muchas cosas que contar», usted dice que «paradójicamente, al más célebre de todos los personajes que he conocido (Gabo), nunca lo he visto como tal». ¿Por qué?

–Es que yo lo conocí con hambre. Él pasó siete meses en París sin poder pagar su alquiler en una buhardilla. Ahora que paso frente al hotel de Flandes y leo en una placa «Acá escribió García Márquez», es como si estuviera hablando de otra persona, no del pobre Gabo muerto de hambre.

–Usted ha sido el que más intimidades contó de García Márquez. ¿No tuvo problema con él por meterse en su vida privada?

–Ese fue un problema muy doloroso. Cuando yo le llevé el manuscrito de mis memorias, «La llama y el hielo», Gabo me hizo quitar varias cosas. Por ejemplo, su pelea con Mario Vargas Llosa. Me dijo que a Mercedes no le había gustado mi libro porque, creo, cometí el error de recordar que ella era la hija de un boticario y vendía en la farmacia. Eso le molestó.

–Y por molestar a Mercedes García Márquez se distanció de usted…

Fue un gran golpe en mi vida. Cuando él llegaba a París, a la primera persona que llamaba era a mí. Un día vi que todo el mundo salía. «Hay algo donde Gabo», me dijeron. «Gabo está aquí, ¿no te llamó?» Yo, por orgullo, no llamé. Mercedes, La Gaba, había propagado en Bogotá, a quien quisiera escucharla, la siguiente frase: «Creí que teníamos un amigo y lo que teníamos era un espía». Todo el mundo repitió y escribió eso. Esa distancia duró cinco años. «Perdí a Gabo», me dije. Quien arregló el problema fue la periodista María Elvira Samper (con quien Gabo compraría la revista «Cambio 16» en 1999). «No sean imbéciles», me dijo. Me llevó a la casa de Gabo en Bogotá, nos abrazamos. Gabo mismo armó un viaje con Mercedes a Caracas en un avión particular. Me dijo: «Habla con Mercedes. El problema no soy yo, es Mercedes». Después de ese episodio Patricia, mi mujer, me dijo que les quitara a mis memorias las referencias políticas, que dejara los recuerdos de amigo, que le quitara la cosa de Mercedes. Se lo mandé y él lo aprobó.

–Usted tiene infinidad de cartas de Gabo. ¿Él le autorizó a publicarlas?

–Me autorizó mi ahijado (Rodrigo, el hijo mayor de Gabo, nacido en 1959) a que las cartas que no tuvieran un carácter muy familiar, sino netamente literario, las publicara. Ahí está Gabo. «Cartas y recuerdos», publicado en 2013 por Ediciones B en España y Latinoamérica.

–Usted es la figura paterna que Gabo dejó en sus hijos. ¿Cómo fue que el Nobel tomó la decisión de nombrarlo padrino de Rodrigo?

–Gabo y yo trabajamos juntos en Venezuela. Él me decía que lo estaba esperando su novia: el «cocodrilo sagrado», la llamaba. Un día me dijo que tenía que ir a Colombia. «Me caso y vuelvo». Se fue por ocho días y regresó con una niña flaquita, con unos ojos rasgados, que no hablaba. Mis hermanas me decían que Gabo se había casado con una muda. Un domingo los llevé a la playa y como para poner tema les dije: «Espero que estén dedicados frenéticamente a fabricar un niño». Ella, por primera vez, habló y dijo: «Sí. Y tú vas a ser el padrino».

–Y después el cura Camilo Torres, que terminó de guerrillero y lo mataron, casi no bautiza a Rodrigo.

–Yo almorzaba todos los días en la casa de Gabo. Jugaba con el niñito y Gabo me decía: «Ese tiene toda la pinta de que va a ser policía de Magangué (el pueblo donde nació Mercedes)». Y yo, que era muy de izquierda, dije que Rodrigo iba a ser guerrillero. Camilo, que todavía no había tomado la decisión de las armas, me dijo que no podía aceptarme como padrino. Gabo lo convenció. Cuando estábamos en el bautizo Camilo nos dijo: «Los que crean que en este momento desciende sobre la criatura el Espíritu Santo, que se pongan de rodillas». Todos nos pusimos de pie (risas).

–Tengo entendido que la relación de padrinos es estrecha. Que incluso Gonzalo, el segundo hijo de Gabo, también lo considera su padrino, pues el escritor Álvaro Cepeda Samudio murió y Gonzalo se quedó sin padrino.

–Ellos me llaman mucho. Cada vez que me ven inclinan la cabeza y me dicen: «La bendición, padrinito». «Dios te bendiga, ahijado mío», les respondo. Estoy muy orgulloso de ellos.

–Usted, tan de izquierdas, se pasó a la derecha. ¿Cómo fue esa transformación?

–Mi cambio comenzó muy lentamente. A los 24 años nos fuimos con Gabo a visitar la Alemania Oriental (las crónicas de esos viajes Gabo las dejó en «De viaje por los países socialistas», 1978). Nunca he olvidado la frase de Gabo cuando, camino a Leipzig, se había quedado dormido y al despertar me dijo: «Maestro, soñé una cosa horrible. Soñé que el socialismo no funciona». Ya habíamos visto cosas horribles. Nos habíamos ido a la ex URSS en tren desde París. Checoslovaquia, Polonia. Quedamos espantados con lo que vimos. Nos metimos a un café siniestro. Un tipo rompió el vaso, se le ensangrentó la mano, parecía como si se fuera a suicidar. ¿Qué es esto? decíamos. Hablamos con mucha gente que nos hizo muchas confidencias. Pero surgió la Revolución Cubana y eso levantó las esperanzas. Yo fui director de la agencia de noticias Prensa Latina y terminé renunciando tiempo después cuando los comunistas se tomaron la agencia. Gabo, que trabajaba conmigo, también renunció. Después de eso él se fue a México. Ahí empezó su vida. Gabo siguió mirando con mucho sentido crítico la revolución.

–Pero él siguió siendo amigo de Fidel...

–Es un problema que tuvimos toda la vida con Gabo. Lo discutíamos con humor. Pero no hay que olvidar que sacamos a mucha gente de Cuba.

–¿Cómo lo hicieron?

–Gabo sacó a mucha gente, incluso casos visibles como el escritor cubano Norberto Fuentes. De pronto encontraba un periodista en Portugal, que me decía: «Caramba, soy cubano, estoy exiliado acá, mi mamá tiene 80 años y me viene a visitar cada dos años, ya no la dejan salir. La voy a perder para siempre. Tú, que eres amigo de García Márquez, ¿por qué no me ayudas?» Llamaba entonces a Gabo y le decía: «Ayúdame». Él me respondía: «Dame la dirección y el teléfono de ella», y a los ocho días la señora estaba en Portugal. García Márquez sacó de Cuba como a dos mil personas.

–Gabo se hizo solo, a pulso. Pasó hambre, pobreza, le tocó ganarse todo lo que logró. ¿Cómo hizo para no dejarse derrotar?

–El tipo planeó todo en la vida... Él tuvo grandes amores con la española Tachia Quintana. Nunca he olvidado que ella quedó embarazada de Gabo y que tuvo que abortar de la forma más dolorosa. Recuerdo un día que Gabo me citó en París. Me dijo: «Tachia se quedó esperándome en el Odeón. Puede esperarme tres horas, más de tres no me espera. Tengo que dejarla que se vaya», me dijo. Le respondí: «Pero Gabo, ¿por qué, si has tenido un romance feroz con ella, cómo dejas que se vaya?» «Ella no me conviene, ella tiene su carrera, quiere ser actriz de teatro, yo tengo mi novia allá en Sucre (provincia de Colombia), y a mí lo que me conviene es el “cocodrilo sagrado”, no esto. Esto me dispara en otro sentido». Y así fue. Mercedes le dio la paz y la estructura y la vida que necesitó para ser quien fue.

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