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Eslava Galán: «Mata Hari era muy torpe como espía»

El autor ahonda en la intrahistoria de la Gran Guerra con «La Primera Guerra Mundial contada para escépticos»

sergi doria - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

Centenario de la Gran Guerra de 1914. Con «La Primera Guerra Mundial contada para escépticos» (Planeta), Juan Eslava Galán prosigue la serie que inició con las historias de el mundo, de España y la Guerra Civil. La coletilla «escépticos» alude a eso que Unamuno denominó intrahistoria: «Me intereso por los quienes padecen la Historia y no por los que la hacen. Intento derribar tópicos y narrar los acontecimientos a través de unos personajes que dialogan y describen los aspectos más complejos de forma amena».

En 1914 se acaba la Belle Époque, «El mundo de ayer» que tan magistralmente evocó Stefan Zweig. El atentado de Sarajevo es la chispa que hace estallar el conflicto. El motivo del atentado suena familiar: «Serbia reivindicaba Bosnia Herzegovina que formaba parte del Imperio Astrohúngaro». El asesino encarna a los nacionalismos que desangrarán Europa. En palabras de Eslava Galán, «la ideología de los tontos, pero siempre hay quien saca partido de ella». Ahora habla Zweig: «Las futuras víctimas iban alegres y embriagadas al matadero».

España es neutral, pero se divide en dos bandos: germanófilos y francófilos: Unamuno y Azorín son francófilos. Baroja germanófilo, «para llevar la contraria». Prensa subvencionada por los contendientes para que haga propaganda de sus respectivas causas. El puerto de Barcelona deviene un nido de espías que revisan los barcos y avisan a los submarinos: «Pese a la neutralidad, se hundieron setenta barcos españoles», advierte el autor. Iconografía del espionaje dominada por la sensual imagen de Mata Hari que Eslava Galán desmitifica: «Era muy torpe como espía, todo el mundo la tenía controlada».

Las industrias de Cataluña y País Vasco sacan provecho de la guerra: uniformes, cartuchería, contrabando de mulas y bueyes que atraviesan los Pirineos… Juan March se hace millonario suministrando a ambos bandos contendientes. Por la trincheras de esta «gigantesca picadora de carne» pasa Tolkien, Robert Graves, Ernst Jünger, Ernest Hemingway, Carl Orff, Raymond Chandler, Céline.

El gas venenoso perturba a Hitler. De entre la literatura de la guerra, Eslava Galán se queda con «Tempestades de acero» de Jünger y «Adiós a las armas» de Hemingway. Los veinte millones de muertos de la contienda se ampliarán con la epidemia de gripe de 1918.

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