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Juan Gómez-Jurado: «Quería interpelar al lector: ¿Tú, qué harías?»

El novelista aborda en «El paciente» el dilema de un médico que debe matar al presidente de EE.UU. si no quiere que asesinen a su hija

Juan Gómez-Jurado - ernesto agudo

Esta novela de intriga médico-política, titulada «El paciente» (Planeta), parte de una idea que Juan Gómez-Jurado tuvo en 2008. Por entonces acababa de embarcarse en una novela histórica, ambientada en la Sevilla del siglo XVII. Pero después de «La leyenda del ladrón», Gómez-Jurado retomó la escritura de este trhiller intenso de 470 páginas. Cuenta que tuvo que reescribirla cuatro veces.

La idea es tan ambiciosa como seductora: el presidente de EE.UU. padece un cáncer particularmente agresivo en el cerebro y eligen a un brillante neurocirujano para intervenirle, un hombre (David Evans) que acaba de perder a su esposa, afectada por la misma enfermedad. La hija de ambos es secuestrada dos días antes de la intervención y entonces un psicópata que utiliza todos los medios (y los miedos) de la tecnología actual amenaza a Evans: si el paciente sale vivo del quirófano su hija morirá de una manera cruel.

–La escritura es especialmente visual, y el tema es muy de película, ¿no?

–Mi forma de construir historias siempre es visual. Pero no es que imaginase una película, sino que la estructura responde a las 63 horas que se relatan. Lo difícil era encontrar una estructura lo suficientemente compacta y directa que sirviera a esta historia. Ese fue el reto.

–¿También lo fue contarlo en primera persona?

–Claro, porque ya no estás poniendo en riesgo al protagonista. Si él es el narrador es que ha salido con vida. Así que le puse en el corredor de la muerte. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? No podía decaer. El peso de la historia quedaba casi completamente en el pasado.

–Los personajes descubren sus sentimientos encontrados a lo largo del libro. Pero no hay tiempo que perder.

–Efectivamente, en «La leyenda del ladrón» los personajes tenían todo el tiempo del mundo, pero aquí no.

–¿Veía al paciente como Obama?

–Para mí, el paciente, en realidad, más que el presidente de EE.UU. es la mujer de Evans.

–¿Cómo? ¿Por qué?

–Es el paciente al que no pudo salvar. Al quiere salvar tiempo después, al tratar al presidente.

–Como un juego de espejos.

–Claro: el amor le obliga a salvar a su hija, el deber a salvar al paciente. Ambos se conjugan en la figura de su mujer. Y él tiene que separar amor y deber y trata de salvar ambos a la vez. Esa historia y el juego de ausencias es, a mi modo de ver, lo mejor de esta historia.

–¿Por qué en Estados Unidos?

–Si la ambiento en España habría durado dos capítulos.

–¿Sería menos creíble una conspiración de este calibre «a lo hispano»?

–Quedaría demasiado cercano. La distancia permite que la ambientación no importe. Podría haber estado ambientado en la Grecia clásica: un médico, un rey, una mujer….

–Entonces, ¿por qué EE.UU.?

–Quizá porque me ayudaba a reflejar preocupaciones que están en nuestro día a día: el conflicto entre trabajo y familia, la relación con la tecnología, el problema de la sanidad privada y cómo considera al hombre la sociedad.

–Amor y muerte están en el centro, pero en sus novelas se ve más violencia que sexo…

–Esta es mi novela con menos índice de muertos por página (risas)

–Pero la violencia simbólica sobre el protagonista es apabullante.

–Es un tremendo conflicto. Pero está en el terreno de los sentimientos. No suelo escribir escenas de sexo muy explícitas. Me sale así.

–En un mundo en el que reina la novela erótica, es un gesto.

–Hay muchos lectores que me piden más escenas de sexo. En este caso tampoco tenía lugar. La historia no lo pedía y es lo importante.

–¿Cómo ve el conflicto de identidad de su protagonista?

–Mi propia condición es como la de David Evans en muchos sentidos y eso me dejó bastante roto. Al final de la novela enfermé, cogí una neumonía, en parte porque las últimas cinco semanas no paré de escribir ni para comer ni para dormir. La última versión me salió de manera brutal.

–¿Por qué esa necesidad de reescribir?

–Estaba en un momento de conflicto vital bastante duro. Mi padre estaba gravemente enfermo y yo me enteré entonces de que soy adoptado. Para mí fue muy complicado. Canalicé muchas de esas cosas a través del protagonista. En cierto modo, sus sentimientos eran para mí como un grito de auxilio. Pero eso no es lo importante.

–Sin embargo, ese conflicto interpela al lector. Esos sentimientos le imponen dilemas.

–Mi objetivo era plantearle al lector, desde los sentimientos: tú qué harías en esta situación..., capítulo a capítulo. Qué harías si tuvieras un tumor mortal, qué harías si tuvieras que conseguir una pistola rápidamente. Además todo esto le pasa a un personaje como David, con un ego descomunal… lo cual es un poco triste porque acabo de decir que era un poco yo (risas)

–Ante la disyuntiva, él quiere conseguirlo todo.

–Tiene una voluntad férrea y lo arriesga todo, su carrera, la vida de su hija, la de su paciente. Me gustaría que los lectores le acompañen en eso.

–¿Definitivamente, qué simboliza para usted EE.UU., para bien y para mal?

–Lo que pasa allí sucederá aquí dentro de quince años. Planteo, por ejemplo, una crítica a la sanidad privada, un modelo que estamos importando y que fue su error de hace quince años. Estados Unidos es un ejemplo, tanto para lo bueno como para lo malo.

-Hay un mensaje contra la piratería en el epílogo.

-Es una broma para mis lectores más fieles. “si te lo has bajado de internet me debes pasta por todas las horas que he pasado entreteniéndote, amigo”. Aquí me hubiera gustado que David Evans pusiera un emoticono. Punto y coma, y la sonrisita. ;)

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