Hastings: «Los políticos no vieron venir la guerra en 1914... ni ahora la crisis»
Vivac de soldados rusos que, si sobrevivían, engrosaban las filas de los revolucionarios de 1917 - david king collection

Hastings: «Los políticos no vieron venir la guerra en 1914... ni ahora la crisis»

El historiador presenta en España su libro sobre la Primera Guerra Mundial, con cartas de los soldados y documentos inéditos

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En Max Hastings confluyen la vertiente periodística y la de historiador. Hijo de un corresponsal de guerra, publica ahora en España «1914, el año de la catástrofe» (Crítica) en el prólogo del centenario de la Primera Guerra Mundial (IGM). Este libro viene precedido de enormes ventas en Gran Bretaña porque ha sabido conectar como pocos con el público. No solo cuenta con la aguda narrativa del autor los acontecimientos que llevaron a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, sino que también permite a los lectores recorrer los senderos de gloria hasta el barro de las trincheras, mezclado con gas venenoso y la sangre de un conflicto que mató a 15 millones de personas. Una generación que Hastings recupera a traves de las cartas y documentos personals e inéditos que ha rastreado en archivos de medio mundo. Pero como buen periodista, lo primero que nos deja claro es que no estamos tan lejos del infierno como creeríamos.

–Seguimos debatiendo las causas de la IGM. ¿Es tan importante hoy?

–Aunque la historia no se repite, siempre es importante entender el pasado, si tenemos alguna esperanza de entender nuestro futuro. La crisis del euro estuvo presente durante todo el tiempo que estuve estudiando para escribir este libro. Pongo todo el énfasis en que no creo que vaya a haber otra guerra en Europa, pero aún así muchos se preguntan hoy: ¿Eran estúpidos los líderes de Europa en 1914 que no vieron lo que iba a ocurrir? La respuesta la tenemos en nuestros propios líderes.

–¿Tan pesimista es?

–En la historia las naciones se han enfrentado a crisis terribles con dirigentes muy pequeños. Como podemos ver hoy, con la posible excepción de Angela Merkel en Alemania, ninguno de los líderes de Europa son apropiados para bregar con un desastre de esta magnitud. Y para volver a 1914. Lo que resulta chocante, es que la calidad de muchos de los políticos y generales no era ni remotamente suficiente para lidiar con un conflicto como aquél. Me parece una locura que, al menos en Gran Bretaña, los jóvenes crean que la IGM fue simplemente un desastre terrible y van a los cementerios en Francia y lo lamentan, claro, pero todo eso no sirve de nada si no les explicamos cómo o por qué ocurrió. Igual en España con la Guerra Civil: hay que explicarlo.

–En España no hay mucho consenso aún sobre el pasado. ¿En Europa lo hay sobre cómo celebrar el centenario de la IGM?

–¡Imposible! Los alemanes, por un lado, no están haciendo nada para conmemorarlo, por motivos comprensibles. Los franceses están desesperados por conmemorarlo con espíritu de conciliación por la razón política y cínica de que necesitan el apoyo económico de Alemania. Lo último que quieren hacer es mosquear a los alemanes. Y en Gran Bretaña, curiosamente, ha habido una tendencia entre los historiadores a compartir la responsabilidad por el «accidente» (solo los británicos son lo suficientemente tontos para compartir esa culpa). Un colega alemán me decía el otro día en un email que a los niños se les enseña a creer que Alemania fue muy responsable del conflicto. Nadie quiere ser descortés con la Alemania moderna, una gran democracia por la que todos tenemos gran respeto. Pero los dos eventos más terribles de la humanidad fueron la Primera y la Segunda Guerra Mundial. No querer hablar de por qué ocurrieron es sencillamente estúpido. Se han publicado muchos libros y los historiadores tenemos distintas interpretaciones. Yo no voy a decir que Christopher Clark, o Margaret McMillan están equivocados, por supuesto. Puedo decir que diferentes perspectivas son posibles. El debate en Inglaterra, más allá de cuál es la interpretación que les enseñamos a nuestros hijos, es que les enseñemos alguna.

–Curioso que resulte más fácil a todo el mundo valorar la IIGM

–En Gran Bretaña solemos decir que la IIGM fue la buena y la IGM fue la mala. Las cosas no son tan simples. Aunque creo que tuvimos razones de sobra para luchar en la IIGM, es irónico que las democracias tuvieran que aprovechar la tiranía de Stalin para aplastar a la tiranía de Hitler. Uno tiene que tener cuidado con nuestros llamamientos a la pureza moral de las motivaciones en este periodo. Y en cuanto a la IGM, ningún adulto debe decir que la Alemania del Kaiser era una potencia tan maligna como la Alemania de Hitler, pero yo argumento que si el Kaiser hubiera ganado hubiera sido un día muy duro para la civilización occidental.

–¿Fueron una o dos guerras? ¿Hemos espantado del todo el peligro?

–Alemania hoy es muy diferente de lo que fue. Pero Europa ha tenido el mismo problema durante 120 años. ¿Cómo lidiamos con el hecho de que una de las naciones europeas sea mucho más rica y poderosa que cualquier otra? Eso se manifiesta de maneras muy distintas. Los problemas son ahora económicos, no militares. Pero incluso los alemanes no tienen una respuesta válida para esa cuestión. El problema esencial es ¿cómo creamos una Europa que no sea simplemente un imperio alemán? Ni si quiera sugiero que los alemanes estén creando un imperio, pero las realidades económicas han dado lugar a este planteamiento. Hay paralelismos no militares.

–Ha utilizado cartas de soldados y documentos personales inéditos: ¿cómo cambian el relato de la historia?

–A los lectores les interesa la experiencia humana. En mis libros trato de hacer tres cosas: contestar preguntas acerca de qué paso; la pregunta de cómo era vivir allí; por último, poner una perspectiva más global del conflicto.

–¿Qué documento le conmovió?

–Uno de la IIGM: un luchador noruego, Knut Hemson, en 1946 escribió recordando sus experiencias en la guerra: «Las guerras traen aventuras que conmueven al corazón, pero su realidad son los sacrificios y sufrimientos personales enormes, enteramente malignos y que no se redimen con la gloria». Si hay algo en lo que pienso cuando escribo es en esto. Por supuesto hay que recordar a nuestros héroes, los valientes que hicieron cosas extraordinarias. Pero la guerra sobre todo son las víctimas.

–Elija un documento de las trincheras

–En el libro cito a un oficial británico que en noviembre de 1914 escribió sobre uno de sus amigos oficiales que había caído: «Le vi en la trinchera esta mañana y estaba tan agotado que me hubiera gustado cambiarme con él. Y aunque es terrible para su mujer ahora, debe confortarle el hecho de que por fin se ha alejado del ruido y la furia y puede descansar». Para todos los que atravesaron no solo esa sino tantas batallas terribles, tener la oportunidad de descansar, temporal o permanentemente era lo más valioso y eso de «Descanse en Paz» era un sentimiento muy real.

–Todo cambió con la IGM. El gas, los blindados y la perfección técnica convirtieron la vida humana en estadística de la muerte industrial.

–Hay una línea de «Adiós a todo eso» el libro de Robert Graves que no olvidaré nunca. Cuenta con cierta hilaridad que a un soldado le volaron la cabeza y dice: «Puedes reírte de un hombre muerto o incluso de un herido pero no de alguien que tarda dos horas en morir».

-¿Hay cosas que no podemos entender bien de aquella época? ¿Dónde está el límite de nuestra mirada a esa guerra?

-Hay gente que impone los valores del siglo XXI para juzgar lo que ocurrió en el XX y eso me parece mal. Yo he estado muy involucrado en una polémica sobre el bombardeo estratégico de la IIGM. Hoy se piensa que aquello fue un crimen de guerra ¿cómo pudo ocurrir algo así? Claro que hoy no lo haríamos, pero hay que cerrar los ojos y pensar en cómo eran las cosas entonces, sobre todo para los británicos en 1941. No había otra manera de llevar la guerra a Alemania. Otra cosa que tampoco no se entiende sobre el XX es que la gente se hizo por primera vez prisionera de decisiones industriales que antes no existían. Churchill en 1941 se comprometió a crear una gran escuadra de bombarderos pesados y en 1944 se dio cuenta de que no hacían falta tantos y de que no estaba funcionando bien la estrategia. Pero había un compromiso y se había puesto en marcha una pesada maquinaria: no se podía deshacer en cinco minutos.

-¿Qué comienza y que queda abolido con la IGM?

-Lo que comienza entonces es una etapa muy larga en la que Europa tiene que lidiar con el problema del poder alemán. La IGM acabó con la mayoría de las potencias tradicionales, con cinco monarquías. Y pienso que Margaret McMillan dice que los que firmaron la Paz de Versalles trataron de establecer el principio de autodeterminación, pero claro, no lo extendieron a los imperios vencedores: Gran Bretaña o Francia. Intentaban apoyar a las minorías en Europa, con cierta honestidad, pero descubrieron lo difícil que era, porque colisionaban con otros intereses. La historia siempre los ha maltratado a los artífices de la Paz de Versalles. Chrchill escribió en 1931 que “todo lo que yo creía que era cierto ha colapsado y lo que creía que era imposible se ha producido”. Durante cien años Europa creyó en certidumbres y eso acabó en 1914. Durante mucho tiempo después de la guerra, quince años, pensaron que había sido tan terrible que no sería posible otra conflagración y también en eso se equivocaron. El eslogan de 1933 fue Nunca Más, con un movimiento pacifista muy grande en Gran Bretaña, porque creían a pie juntillas que los jóvenes británicos nunca volverían a luchar. Pero la ironía es que en 1930-1940 fueron los franceses que no lucharían más y ¿quién podría culparles? No olvidemos que la experiencia de los franceses había sido mucho peor.