Retrato de William Blake por Thomas Phillips en 1807
Retrato de William Blake por Thomas Phillips en 1807 - ABC

William Blake, el hombre que vio el lado oscuro de la modernidad

Autor fundamental, anunció en pleno siglo XVIII que el racionalismo y el materialismo traerían la destrucción de la naturaleza y la alienación del hombre. Ahora sus «Libros Proféticos» se editan completos en español

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«No hay nadie como William Blake en la literatura y el arte ingleses». Esta vigorosa afirmación abre la primera edición completa de los «Libros Proféticos» del autor británico, que acaba de publicar Atalanta. ¿Por qué no tiene comparación? A la vista de este libro resulta asombrosamente fácil responder: Blake vivió entre 1757 y 1827, es uno de los autores fundamentales de la modernidad y, sin embargo, fue el único moderno capaz de atisbar los peligros del racionalismo y el materialismo, aun en pleno siglo XVIII: advierte de que el materialismo traerá la destrucción de la naturaleza y la alienación del hombre. O tal vez habría que decir que lo vio.

Para ser exactos, los llamados «Libros Proféticos» de William Blake no lo son tanto por su capacidad de anticipación de hechos o situaciones como por la claridad de su visión, espiritual, del alma, la naturaleza y la sociedad. El poeta y grabador hace una crítica feroz al racionalismo –es para él como perder la visión– ya que percibió como ningún otro las sombras agazapadas en el Siglo de las Luces. Para formular sus visiones acude a los arquetipos y construye con ellos una mitología propia. Era consciente de que, «si no creaba una mitología, sería esclavizado por la de otro hombre», como advierte Patrick Harpur en la brillante introducción. Y son muy pocos, verdaderamente, los creadores que han logrado ese acto supremo de dar vida a una mitología nueva, un conjunto profundo y coherente de mitos verdaderos, símbolos que despiertan en los hombres una nueva explicación del mundo. «Está Wagner, está Blake –nos recuerda el editor, Jacobo Siruela– y muy pocos más».

Un místico excéntrico

Blake fue tomado por loco por la mayoría de sus contemporáneos. Poco o mal comprendido, su carácter místico y a veces colérico le aisló notablemente. Veía desde niño ángeles en los árboles y se comunicaba con presencias que nadie más podía percibir. Resultaría excéntrico cuando leía bajo una parra, junto a su esposa, ambos desnudos, «El Paraíso Perdido» de Milton.

Se adelantó a su época. Aquella temprana visión crítica del progreso no ayudaba, ni lo hacían las críticas a la represión sexual y moral (antes que Freud) o la intolerancia que sentía ante todas las religiones organizadas. También apoyó la efervescencia de las revoluciones (América y Francia, con lo que preocupaban en Gran Bretaña) hasta que llegó el Terror y abjuró del camino que tomaban: el baño de sangre. Incluso William Hayley, su mecenas, trató de apartarle paulatinamente de los infructíferos «Libros Proféticos» y le animaba a convertirse en un autor más amable y comercial. La brecha se agrandó entre ambos hasta la ruptura.

La Imaginación de Blake

Su trabajo artístico es inseparable del literario y por ello el lector español no había tenido hasta ahora en sus manos una plasmación tan fiel de la mezcla de sus poemas y grabados (que él individualizaba «iluminándolos» con acuarela). Son como obras miniadas, que tardaron mucho tiempo en ser comprendidas. Sus mitos, extraídos de la Biblia, de la mitología celta y las leyendas artúricas y orientales, cobran nuevo y profundo sentido en la Imaginación de Blake, así escrita, con mayúsculas, puesto que ese es el sustrato de la realidad con el que quiere conectar.

El racionalismo ha reducido la imaginación a fantasía, a ficción contrafactual. Para el poeta, el mundo que percibimos es tan solo como una ventana que nos permite contemplar ese reino de la Imaginación, hirviente de vida y habitado por dioses, ángeles y demonios. En lugar de contemplar el cristal de la ventana, dedicó toda su vida a la invocación poética de ese mundo desterrado por la modernidad materialista.

Contra Bacon y Newton

Esta visión neoplatónica que adquirió en intensas lecturas de Swedenborg y Böhme le pone en contacto con la tradición hermética de Paracelso. Pero el mundo al que arroja su energía crítica es contemporáneo. Su mística busca una Inglaterra ideal. Y culpa a John Locke, por encima de todo, por su dogma de la tabula rasa que indica que venimos al mundo como un folio en blanco. Pero también se enfurece contra Francis Bacon (el filósofo) y contra Isaac Newton. En este punto hay que subrayar que, como hombre moderno e ilustrado, no critica la ciencia: admira la capacidad de medición y exactitud pero le exaspera el culto a la Razón.

La única exposición de sus grabados recibió críticas tan destructivas –«un desgraciado lunático»– que pocos podían suponer su enorme influencia: Coleridge, Worsworth, Keats, Yeats, Eliot... Y en el presente, como en toda época de cambio, su canto a la Imaginación, vuelven a ponerlo de actualidad.

Por primera vez podemos entenderle