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Vargas Llosa: «El momento de mayor insensatez en Cataluña ya ha quedado atrás»

El Nobel, del que se estrena el martes en Madrid su obra de teatro «Kathie y el hipopótamo», se muestra optimista sobre la salida de la crisis y la resolución del desafío secesionista

ANNA GRAU - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

Encontramos a Mario Vargas Llosa recién regresado de Estados Unidos, de dar seis semanas de clases en Princeton, donde tiene grupos de veinte estudiantes como máximo, lo cual le permite (se ríe) aprender más de lo que enseña. Tanta alegría se estrella contra las montañas de basura que le dieron la bienvenida en Madrid… En cambio, mira por dónde, el maestro es optimista por primera vez en mucho tiempo sobre el problema catalán. Y sobre el impacto de su última y muy esperada novela, «El héroe discreto».

¿Impresionado por el impacto de la huelga de barrenderos en Madrid?

—Qué horror que esto haya podido llegar a suceder en mi querida Madrid, una ciudad con una muy bien merecida fama de ser muy limpia. Yo siempre salgo a pasear una hora por la mañana, de ocho a nueve, para mantenerme en forma, y la verdad es que estos días no sabía por dónde tirar para no darme de bruces con la basura. Pensé: si esto sigue así, nos llenaremos de ratas… señor, señor.

El tema ha llegado a tener hasta posibilidades de metáfora de la crisis, ¿no?

—Sí, tiene una extraña resonancia que una cosa así, que desmoraliza muchísimo a la gente, suceda justo cuando se aprecian los primeros síntomas de que España empieza a salir del túnel. Por eso era muy importante actuar rápido, para atajar cuanto antes el desánimo.

Dejemos entonces de hablar de las basuras y hablemos de Cataluña.

—Lo que pasa en Cataluña a mí me preocupa muchísimo (suspira). A día de hoy ese es el problema central que tiene planteado España, yo estoy convencido. Aunque igual que le digo esto, le digo que, en mi opinión, el momento de mayor insensatez ya ha quedado atrás. El actual presidente de la Generalitat, Artur Mas, va a pagar muy cara su irresponsabilidad, porque la primera perjudicada va a ser CiU. Las últimas encuestas son muy indicativas. La perspectiva de que ERC se convierta en la primera fuerza desde luego no va a ser motivo de alegría para todos los catalanes.

¿A lo mejor ni siquiera lo va a ser para muchos nacionalistas?

—Bueno, sólo hay que ver la distancia entre los dos socios de CiU, CDC y UDC. Mire, al final el famoso seny catalán no es un mito, es una realidad que se impondrá, dejando atrás esta locura independentista impráctica e impracticable, peligrosísima para Cataluña aún más que para España.

La insensatez ya se está disolviendo, dice usted…

—No lo digo yo, lo dicen las encuestas. Se pongan como se pongan, no hay una mayoría independentista. No existía antes y tampoco existe ahora. Lo único que ha habido es una política irresponsable y oportunista de agitar los ánimos y los sentimientos para buscar un chivo expiatorio de la crisis. Con el caldo de cultivo de la crisis se ha pretendido construir de nuevo la nación como si tal cosa, reinventar y falsificar la historia. Con artificios y demagogia, como cuando se pretendía que la Guerra Civil sólo la perdió y la padeció Cataluña, cuando se padeció en toda España. Pero insisto, este fenómeno, aun siendo turbulento, al final habrá sido bastante transitorio, bastante efímero. Ahora las cosas empiezan a volver a tener su peso real, a poder aquilatarse bien. Se empieza a ver claramente que los independentistas catalanes son una minoría, una minoría muy activa y tan ruidosa como se quiera, pero minoría al fin y al cabo. No son más de los que son. Las aguas volverán finalmente a su cauce y CiU y Artur Mas tendrán que pagar los platos rotos.

Pero, ¿a usted no le parece que se ha hecho un roto importante en términos de desafección hacia España? ¿Eso tiene arreglo?

—Sí, esa desafección se ha ido potenciando y se ha ido construyendo en parte en la escuela y en parte con la colaboración irresponsable de varios medios de comunicación. Es muy triste. Pero yo no tengo la impresión de que eso sea irreversible ni vaya a ser para siempre. Hay muchos siglos de un lado, y unos pocos años del otro, al final la realidad cae por su propio peso y se impone. Hay que pensar en el largo plazo.

No habrá entonces consulta suicida, no habrá independencia…

—Mire, es absolutamente absurdo, es utópico, pensar que Cataluña se pueda independizar de España en el contexto de la unidad europea, de la UE, vamos, es que sería absolutamente antihistórico, absolutamente anómalo. No puede ocurrir. Por el hecho en sí y porque Cataluña es una parte absolutamente fundamental de España, y eso ha sido así durante los últimos cinco siglos. Y lo seguirá siendo.

¿Hacen falta menos extremistas y más héroes discretos, como el de su última novela?

—La novela está circulando muy bien, estoy muy contento, las reseñas son muy buenas. Me siento muy agradecido.

Todos destacan que se está reencontrando usted brillantemente con sus orígenes creativos, reciclando personajes y volviendo a sus viejos escenarios de gloria… Un poco como Woody Allen, si me permite la comparación y que, como él, gana con el eterno retorno…

—(Suelta una cálida carcajada) Bueno, es que hay personajes que se gastan enseguida, pero en cambio hay otros que le siguen persiguiendo a uno mucho tiempo, que vienen como a reprocharle a uno que no agotara todas sus posibilidades, que casi exigen volver a ser usados de nuevo, en otras historias. Yo al regresar narrativamente a Piura me he reencontrado con mis personajes piuranos esperándome, quizás esa es la explicación.

Se reencontró con sus antiguas criaturas pugnando por volver a ser nuevas.

—Sí, y tuve que abrirles la puerta.

Es usted un buen anfitrión de sus personajes.

—Lo intento. Básicamente es que la construcción de la ficción, por mucho que se planifique, mueve muchos elementos espontáneos que el escritor no controla tanto como quisiera o como cree. Muchas cosas ocurren sobre la marcha, fluyen las intuiciones. Mi intención inicial era situar una historia en un país que ha cambiado bastante, que ha cambiado mucho, en los últimos años. En este país está creciendo bastante la clase media. A la vez también crecen la criminalidad y las mafias, parece ser que ése es el precio que hay que pagar por el progreso de Perú.

¿Nos falta a veces comprensión humana de la realidad del progreso?

—La idea inicial de mi historia, de esta novela, surgió cuando leí en la prensa algo que me llamó poderosamente la atención porque me pareció muy singular. Un pequeño comerciante, el dueño de una pequeña empresa de transportes, nada del otro mundo, publicó en el periódico un anuncio para advertir a la mafia local de que no les iba a pagar. De que no iba a ceder más a su extorsión. Esto pasaba en Trujillo, yo trasladé la historia de Trujillo a Piura, por pensar que la conocía mucho mejor. Y sí que la conozco, pero lo cierto es que me la encontré muy cambiada. Por ejemplo, los antiguos desiertos que rodeaban la ciudad han desaparecido.

Todo cambia, don Mario.

—Sí, y hay que saber aceptarlo y entenderlo.

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