«Los Castro son unos gánsteres que han destruido el alma cubana»

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El baúl de los recuerdos. El cajón de las pesadillas. La caja de Pandora. La psicología humana recurre a menudo a las metáforas mobiliarias para describir los lados oscuros de esa máscara que llamamos persona. En el caso de Miriam Gómez, la joven y bella actriz cubana con la que el escritor Guillermo Cabrera Infante se casó en 1961, el horror -un libro- se escondía en un lugar bien físico. Un armario blanco, al que señala sin mirar, situado en el salón del piso que la inseparable pareja compartió durante décadas en el centro de Londres. «Yo le tenía mucho miedo a este libro», explica en el rincón prestado a los sofás en una estancia poblada por libros, películas y estanterías. «Guillermo lo escribió, me lo dio para que lo metiera en un sobre y se olvidó de él para siempre; yo lo metí en el fondo de ese armario y lo olvidé también porque era una caja de Pandora que no queríamos abrir».

La viuda, confesora, lectora y editora del escritor cubano se refiere así a «Mapa dibujado por un espía», la novela póstuma desempolvada del abismo personal de la pareja para las obras completas de Cabrera Infante que edita Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Gómez, de 74 años, presentará la obra, una crónica desgarradora del desengaño del escritor con la revolución cubana, este miércoles en Madrid.

«En Mapa vamos a descubrir un Guillermo distinto, es una persona que descubre el horror y que se enfrenta con dolor y valentía a algo en lo que había colaborado y que ya no podía seguir apoyando», nos explica, mientras sirve unas tacitas de sake japonés que le ayudarán a lo largo de la entrevista a pasar el trago de haber liberado al genio malo de Cabrera Infante, el autor de obras como «Tres tristes tigres» y Premio Cervantes en 1997, fallecido en febrero de 2005.

«Lo que le ha pasado a una nación es más importante que lo que me pueda pasar a mí»Miriam Gómez era siempre la primera persona en leer las obras de su marido. En «La Habana para un infante difunto» le obligó, a costa de una fuerte bronca conyugal, a eliminar un centenar de páginas. Pero este libro era diferente. En enero pidió al editor, Antoni Munné, que lo leyera primero. Dos días después, este volvió con su veredicto. «Va a ser terrible para ti», le dijo. Miriam lee y trabaja a menudo en la cama. «Me metí en la cama y lo leí en un día y medio, y me quedé vacía». Aún así, autorizó su publicación intacta. «Lo que le ha pasado a una nación es más importante que lo que me pueda pasar a mi», dice.

Los demonios de la revolución castrista

En «Mapa dibujado por un espía» su marido se enfrenta a los demonios de la revolución castrista, pero también aborda por primera vez sus propios problemas mentales, heredados por vía genética de un abuelo canario esquizofrénico. Lo que más le dolió a su viuda, sin embargo, fue mirar de frente por primera vez a los amoríos y relaciones de Cabrera Infante con otras mujeres. «Me contó que había tenido romances, pero nunca la profundidad con la que se había enamorado de otras», explica . «Guillermo era un loco de las mujeres, se aferraba a ellas como otros se agarran al alcohol o las drogas... ahora pienso que en cierta forma le salvaron la vida en situaciones extremas».

Acaba de emerger de dos semanas en cama rehaciendo una mala traducción al inglés de «Cuerpos divinos», las memorias noveladas de Cabrera Infante. «Y me he dado cuenta de que en sus viajes con Fidel, mientras anotaba los horrores que veía, perseguía a las mujeres como una vía de escape». Cuando el escritor sufrió un ataque al corazón, poco antes de morir de una septicemia contraída en el Chelsea and Westminster Hospital de Londres, se sinceró con su mujer. «Pasamos una noche maravillosa en la que me dio las gracias y me dijo todo lo que yo había sido para él; yo sé que para el fui el amor total, la única cosa que nunca le falló», recuerda, con lágrimas en los ojos y sake en los labios.

En 1965, cuando ya había obtenido el premio Biblioteca Breve por «Tres tristes tigres» y trabajaba como agregado cultural de Cuba en Bruselas, Cabrera Infante recibió la noticia de que su madre, Zoila Infante, estaba a punto de morir. Apartado a un discreto puesto diplomático en Europa por su libertad de criterio como responsable de Lunes de Revolución, el suplemento literario del diario «Revolución» (actual Granma), el escritor viajó a La Habana para despedirse. «Para él, su madre era un ser superior, el amor que Guillermo siente por las mujeres se entiende desde ese amor a la madre», explica Miriam. Zoila murió mientras su hijo volaba hacia la isla. Allí, a la tristeza por la pérdida se sumaron las vejaciones y atropellos de un régimen envenenado ya por el virus del totalitarismo, según describe minuciosamente en el nuevo libro.

«El problema de Cuba es que han destruido su alma»«La destrucción física de un país tiene remedio, un árbol caído se puede sembrar, pero el problema de Cuba es que han destruido su alma, y eso no se puede reconstruir, a los cubanos les han destruido el alma, el idioma, les han convertido en esclavos, y eso era lo que más le dolía a Guillermo», recuerda su viuda. Al igual que señala el armario blanco de los horrores sin mirar, Miriam Gómez se refiere a los Castro sin nombrarles. «Son el doctor Jekyll y mister Hyde, como decía Guillermo, es una familia de zoquetes y gángsteres que ha usurpado el poder, como Gadafi y sus hijos hicieron en Libia», defiende. «El de ahora [Raúl] es un mierdita creado por el otro [Fidel]», dice.

De La Habana a Londres

Entre su viaje a Cuba en 1965 y la detención en 1971 del poeta cubano Herberto Padilla por «contrarrevolucionario» -el caso generó una conmoción internacional en el mundo de las Letras-, Cabrera Infante completa su proceso de ruptura total con la dictadura cubana. Era hijo de comunistas patanegra. Los miembros del partido le llamaban «Guillermito». Muchos eran sus amigos. Pero no podía digerirlo y, tras el caso Padilla, hizo público su divorcio en una célebre entrevista con Tomás Eloy Martínez. «El se opuso en el peor momento, cuando todo el mundo iba con el librito rojo debajo del brazo», recuerda Miriam.

Como ocurre a muchos cubanos , se negó a solicitar asilo político por no perjudicar a sus amigos. Aterrizaron primero en España. «Yo en Madrid pude haber trabajado como actriz», dice Miriam. Pero el escritor había publicado a demasiados escritores republicanos para el estómago del franquismo. La pareja llegó así a Londres sin un duro, y con las dos hijas del primer matrimonio del escritor a cuestas. En pleno «Swinging London», sin patria ni dinero, Cabrera Infante se sumergió en su misión vital y literaria de cronista habanero desde el exilio. Escribía bajo el foco de la cocina. «Le gustaba que yo estuviera cerca porque con los electro-shocks con los que le trataron perdió mucha memoria», cuenta.

«Empezaba vestido, con su traje, y entonces se quitaba los zapatos, luego los calcetines, y al rato se quitaba el pantalón, y la camisa, y se quedaba en cueros delante de la página», recuerda divertida. «Yo pensaba, ¡qué estará soltando!». Un escritor que «era su propia materia». Y unas páginas que fueron siempre «una reconstrucción de La Habana que han destruido».