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La verdadera historia de los reyes godos

Un libro reconstruye la auténtica traycetoria del pueblo que durante dos siglos rigió los destinos de Hispania

manuel de la fuente - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

Alarico, Atanagildo, Leovigildo, Recaredo I, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Chintila, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Égica, Witiza, Rodrigo...

Esta cantinela de nombres, que uno de mala manera recuerda, fue la pesadilla de muchos estudiantes en aquellos viejos tiempos del bachillerato con reválida de cuarto y reválida de sexto. Era la temible y temida lista de los reyes godos que se quisiera o no se quisiera había que aprenderse de memoria, al igual que en química uno no podía escaparse a saberse de carrerilla la tabla periódica de los elementos: hidrógeno, litio, sodio, potasio, rubidio, cesio, francio...

Sin embargo, de los godos o los visigodos, poco se sabe salvo aquella lista, que su gobierno duró más de dos siglos y de que fueron dispersados y desperdigados por toda la Península tras la estrepitosa batalla de Guadalete, verano de 711, cuando Rodrigo y sus mesnadas fueron diezmados por las tropas del califato Omeya comandadas por Táriq ibn Ziyad.

Más que nombres y batallas

Para arrojar luz sobre estos doscientos años de vida en la remota España llega «Godos de Hispania» (Ed. Edaf, XI premio Algaba) de León Arsenal, un libro que quiere contar mucho más que nombres y batallas.

«Aquella lista de los reyes godos más bien desinforma que informa –explica León Arsenal–. En primer lugar, porque es bastante falsa y comienza con Alarico I, que jamás pisó Hispania. En segundo lugar, porque debiéramos sustituir la simple enumeración de nombres propios, fechas y hechos por una comprensión más global de lo que los visigodos fueron a través de las distintas etapas de su historia. Pero sobre todo, lo que debiéramos conocer de los godos es que supusieron un puente entre lo que llamamos Edad Antigua y la verdadera Edad Media que, al menos en la Península, comienza con la batalla de Guadalete».

Godos e hispanorromanos

Se trata ahora de saber un poco cómo era aquella gente, de la que muchos apenas si conocemos a los reyes godos de la Plaza de Oriente. «La sociedad hispana fue evolutiva. En un comienzo, podemos decir que había dos pueblos segregados: los hispanorromanos, que se consideraban a ellos mismos romanos, acuñaban moneda romana y se regían por las leyes romanas, con magistrados a la usanza romana, y la gens gothorum, los godos. Estos últimos ocuparon las capas altas de la administración y se regían por leyes propias. Pero, con el paso del tiempo, sobre todo a partir de Recaredo y la unificación religiosa, se fue produciendo una lenta fusión entre ambos pueblos».

Sí, la religión también fue importante en aquellos momentos. «El estado era de sustento teocrático –continúa Arsenal–. Fue la gran baza de Recaredo. Los obispos católicos sancionaban con su autoridad espiritual a la monarquía goda y esta a su vez daba poder ejecutivo al poder espiritual de esos obispos. Era como un régimen de partido único, en el que los gobernantes y altos funcionarios se elegían dentro de esa élite».

Guadalete fue el final

Guadalete significó la destrucción de aquel estado, y como subraya el historiador «es absurdo pretender que España desciende de manera directa de la Gothia, de la Hispania Goda. Pero su presencia no quedó destruida. No fueron aniquilados. Parte de ellos optaron por colaborar con los nuevos amos, sobre todo los nobles y terratenientes. Otros, se refugiaron en Asturias y Cantabria y en unión a los indígenas crearían uno de los núcleos de lo que luego se llamaría la Reconquista».

Pero, también dejaron su herencia: «Los godos fueron los sostenedores de la romanidad frente a otros pueblos bárbaros como los suevos, alanos o vándalos. Mantuvieron las estructuras romanas, aunque solo fuera porque las necesitaban para gobernar tanto territorio, pues ellos eran muy pocos. Mantuvieron las calzadas y los sistemas de distribución de alimentos y manufacturas. Se puede decir que su evolución llevó a la constitución de un estado nuevo a partir de la romanidad. Y, aún destruidos como estado legaron a la posteridad elementos clave de la romanidad como el derecho romano».

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