Fallece, a los 99 años, el medievalista Martín de Riquer
Martín de Riquer, en una imagen de archivo - abc

Fallece, a los 99 años, el medievalista Martín de Riquer

Recuperador de los trovadores, era el miembro más antiguo de la Real Academia Española, donde ocupaba el sillón H desde 1964

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Martín de Riquer i Morera era un gigante de la cultura que no se podía limitar a un calificativo: doctor, maestro de filólogos, erudito medievalista... Nos quedaremos con humanista, en honor al primer libro que dio a imprenta en 1934 y que consagró, precisamente, al humanismo catalán.

Nieto del artista y escritor modernista Alexandre de Riquer y sobrino del poeta Magí Morera i Galícia, Martín de Riquer no necesita exacerbar la fantasía para componer una novela-río. Los archivos familiares -442 pergaminos de los siglos XII al XVII y 77 cajas de documentación en papel- constituyeron una mina inagotable que le permitió transitar por los avatares de su apellido en un libro único: «Quince generaciones de una familia catalana». «Tenía una visión vaga de mis antepasados, pero a medida que los estudiaba me fui encontrando con personalidades curiosas, no notables. Practicaban banderías, guerras en Lérida, iban al frente: se producían asesinatos, raptos de niñas, cosas por el estilo. Me topaba con Baltasar de Riquer, que versificaba en latín, o Borja de Riquer, aficionado a la guitarra que se arruinó encargando a Boccherini conciertos suntuosísimos… O mi bisabuelo, guerrillero carlista…»

El acervo de la ironía

Estudioso sosegado, eludía la grandilocuencia en favor de la claridad; prefería el acervo de la ironía al comentario acerbo; cavilaba y sonreía mientras reponía el tabaco su pipa. Protagonista del convulso siglo XX español, Martín de Riquer perteneció a la generación escindida por la guerra civil; los catalanes que fundaron en Burgos la revista «Destino»: Pla, Agustí, Masoliver, Teixidor, Vergés, Fontana…

Como explicó a Cristina Gatell y Gloria Soler, sus biógrafas, en aquella toma de partido pesó su familia católica de tradición carlista y el asalto y saqueo de su casa: «Me resultaba inexplicable e indignante el encarcelamiento y asesinato de algunos amigos, así como también la persecución religiosa… Lo medité mucho tiempo. Pero cuando mi situación militar se hizo insostenible porque me habían quintado y en cualquier momento podían pedirme la documentación en la calle y detenerme decidí marchar. Si había de combatir prefería hacerlo en el otro bando…» Cuando acabó la guerra, Martín de Riquer se aferró a su pipa perenne y a la curiosidad. Los trovadores, la materia de Bretaña o el autor de la segunda parte del Quijote constituyeron tramas detectivescas, a las que se entregó en largos veranos familiares, zambullido entre legajos.

Alineación poética de lujo

En 1942, el patio de Letras de la Universidad de Barcelona que inspiró a Laforet su novela «Nada», era un refugio en tiempos de silencio y cartillas de racionamiento. El profesor Martín de Riquer sabía ganarse a los alumnos con una alineación poética de lujo: los trovadores Guilhem de Peitieu, Jafré Rudel, Arnaut Daniel, Ricardo Corazón de León, Bertrán de Born, Cerverí de Girona, Martim Codax, Guiraut de Bornelh o Bernart de Ventadorn. Imaginemos recitar los versos de este último un crudo invierno de posguerra: «Tanto amor tengo en el corazón, tanta alegría y dulzura que el hielo me parece flor y la nieve verdor». La recopilación de aquellas clases dio en 1975 «Los trovadores», tres libros que desarrollaban el estudio «La lírica de los trovadores» de 1948 y que Ariel recuperó en un volumen único.

Sus periplos por la literatura medieval y cervantina han dado una bibliografía extensa y premios como el Nacional de Ensayo y el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. En Martín de Riquer palpitaba el hombre que trabaja y juega. El que pasa de las trincheras y la propaganda a reconstruir una cultura abolida en un feudo que juzga inviolable: la Universidad. El que impartió clases de literatura medieval al entonces príncipe Juan Carlos, regalaba clases espectaculares a sus alumnos y tertuliaba con Cela o Dámaso Alonso. Galardonado, entre otros, con los premios Michel de Montaigne, Menéndez Pelayo, Nacional de Ensayo, Príncipe de Asturias y Nacional de las Letras Españolas, miembro de la Real Academia, de entre su extensa obra cabe destacar su edición del «Tirant lo Blanc», «Para leer el Quijote», los «Estudios sobre Amadis de Gaula», «La leyenda del grial y temas épicos medievales», la «Chanson de Roland» o las «Poesías» de Arnaut Daniel. El «itinerario bibliográfico de Riquer» comienza en a literatura provenzal y pasa a la catalana con Tirant lo Blanc -una obra entonces ilegible-. Al Tirant llega por el Quijote para sumergirse después en la materia de Bretaña. En cuanto a su visión de la cultura catalana, reconoce su hegemonía medieval, pero nunca en oposición a la lengua y cultura castellana. Martín de Riquer, siempre contempló el catalán como lengua hispánica.

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