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El fantasma de David Foster Wallace, más vivo que nunca

Día 11/09/2013 - 17.41h
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Cinco años después de su muerte, llega a España la primera biografía del escritor

Mañana se cumplen cinco años de la muerte de David Foster Wallace (1962-2008), uno de los novelistas estadounidenses más brillantes de los últimos años, fundador de una nueva narrativa llamada a cambiar el rumbo de la literatura anglosajona. Aquel fatídico 12 de septiembre, el escritor se ahorcó en el patio de su casa en Claremont (California), ahogando con él las esperanzas de toda una generación que le había convertido en su «profeta de la bandana».

Precisamente con ánimo de «desacralizar» la imagen de este «santo laico», el periodista de «The New Yorker» D. T. Max ha escrito «Todas las historias de amor son historias de fantasmas» (Debate), la primera biografía del autor de «La broma infinita» (Mondadori). Todo comenzó con un artículo que su editor, David Remnick, pidió a Max al poco tiempo de morir Foster Wallace.

Dicho artículo dejó al periodista con ganas de más y terminó embarcándose en un proyecto mucho más ambicioso. Una biografía con mayúsculas, de enorme calidad literaria, que disecciona con rigor, inteligencia y respeto la vida y la obra de David Foster Wallace. El periodista ha tenido acceso a manuscritos, grabaciones y una ingente cantidad de correspondencia inédita (Wallace es, a juicio de Max, «el último gran escritor de cartas de la literatura americana»), además de haber contado con la colaboración de la familia y amigos de Foster Wallace.

«Siempre le admiré, pero no había leído su obra en profundidad y de pronto comprendí que el Wallace que creía conocer no era el real», confiesa D. T. Max a su paso por Madrid para presentar la biografía. Resultó que el Wallace real «era una persona única, el escritor único de mi generación», un autor seguido por devotos lectores, jóvenes en su mayoría, «cuya vida cambia después de leerle». Un cambio que resulta redentor, demostrando, como Foster Wallace creía firmemente, que «contar una historia puede sanar».

Su obra y sus demonios

David Foster Wallace «sufría enormemente», padecía depresión atípica (estuvo 22 años seguidos tomando antidepresivos) y sus adicciones fueron su tormento y frustración, por lo que «sus demonios fueron mayores que la capacidad redentora de su literatura», aunque «sus lectores salen de sus obras más aliviados, se sienten menos solos».

Como biógrafo, a D. T. Max le resulta muy difícil desligar la vida y la obra de Foster Wallace, pero tiene claro que «aquel día perdimos a uno de los novelistas más importantes del siglo XXI» y considera que «La broma infinita» es el libro que «debes leer si quieres comprender lo que es estar vivo» en nuestra época. Dicho libro, que Foster Wallace escribió bajo la influencia de la medicación (lo empezó en 1985 y la primera versión data de 1993), reúne «todas las virtudes y los demonios de David de forma única e irrepetible», lo que hizo que el resto de su vida temiera que «todas sus obras posteriores quedaran a la sombra».

Y es que «el autodesprecio era una costumbre reflexiva de su mente, su primer pensamiento era que no escribía bien, que no era buena persona, por eso padecía tanto y tenía tantos miedos». Unos miedos que, tras un pasado «hedonista, descentrado y autocomplaciente», logró aplacar en los últimos años al ordenar su vida personal junto a Karen Green, con la que contrajo matrimonio a finales de 2004.

«En los últimos años, había aceptado la calidad de la nueva generación literaria (con su amigo Jonathan Franzen a la cabeza) y se sentía menos fuerte, aunque no renunció a ser capaz de escribir otra novela genial» (dejó inconclusa «El rey pálido»). Pero, cuando una persona está «empeñada en destruirse, termina lográndolo y es difícil pensar que David pudiera seguir viviendo».

Eso sí, antes de marcharse, Foster Wallace intentó mostrar al mundo lo que significa ser un «puto ser humano», la máxima aspiración de la ficción, según confesó en su día en una entrevista. «Eligió su propio final y no llegó a completar su propósito, pero demostró que ser un ‘puto ser humano’ no consiste en ser una persona perfecta, sino en aceptar y superar tus demonios», remata D. T. Max.

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