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Cuando los españoles conquistaron América... del Norte

Día 27/09/2013 - 12.29h
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De Florida a Alaska, de California a los Apalaches, nuestros compatriotas se enseñorearon de lo que hoy es Estados Unidos

Los nativos, desde la Luisiana y la Florida hasta Texas y California, vieron en ellos a auténticos, temibles y a veces coléricos semidioses. Y no les faltaba razón. Volaban a lomos de animales que las leyendas indias habían anticipado: los caballos. Luengas e hirsutas barbas cubrían sus rostros, amasados por el sol y los alisios. Las corazas les hacían impenetrables. Sus espadas eran mortales guadañas.

Los arcabuces y pistolas hacían de ellos auténticos diablos cuyas manos escupían fuego. Eran (como los dragones de cuera) los auténticos marines (mejor, infantes de marina) y comandos de la época (los siglos XVI, XVII y XVIII), curtidos y recurtidos, fogueados, entrenados en la escasez y la furia de las guerras europeas, y en ochocientos años de Reconquista.

Cinco siglos después, sus nombres aún guardan resonancias mitológicas: Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Juan Ponce de León, Hernando de Soto, Francisco Coronado, Juan de Oñate, Pedro de Alvarado, Vicente de Zaldívar... ellos, y a menudo tan sólo un puñado de valientes y la compañía de la Cruz que portaron dominicos, franciscanos y jesuitas, se bastaron para mantener durantes trescientos años la presencia de España, allá en tierra extraña, en la América del Norte, lo que son hoy los Estados Unidos.

Banderas lejanas

Su memoria, su recuerdo y sus hazañas (no sólo bélicas) constituyen uno de los episodios más sacrificados, apasionantes y desconocidos de la historia de nuestra vieja Nación, y fueron bien recordados, glosados, explicados y documentados en «Banderas lejanas» (Edaf), un bellísimo libro de Fernando Martínez Laínez y Carlos Canales Torres (publicado en 2009) que seguía la pista de las peripecias de estos compatriotas inmortales, lanzados en pos de la exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales Estados Unidos.

Ríos de película

Ellos fueron los primeros europeos en avistar ríos de película como el Pecos y el Río Grande. Antes que nadie conocieron la fiereza devastadora de los huracanes tropicales, empeñados muchas veces en desarbolar y mandar a pique sus escuadras. Supieron lo que eran las cenagosas aguas de los pantanos de Luisiana, las colosales dimensiones del Mississippi y de su Delta, avistaron el Cañón del Colorado, atravesaron las inmarcesibles llanuras de Kansas, los desiertos de Arizona y Nuevo México, bordearon la costa de Alaska, trataron y pelearon con los pieles más o menos rojas, pactaron con ellos, y hasta como Cabeza de Vaca se convirtieron en hombres medicina o hechiceros.

Regaron media Norteamérica con su sudor recio, con su sangre esforzada y generosa y con nombres de fuerte raigambre castellana: San Diego, San Francisco, Los Ángeles (fundada en 1781 como el Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles), Santa Bárbara, Monterrey, Santa Rosa de Punta Sigüenza, San Carlos, Nuestra Señora de la Candelaria de Tamaja.

Texas independiente y española

Quisieron crear una Texas republicana e independiente antes de que lo hicieran Davy Crockett y Sam Houston, se dejaron la piel en el Lejano y Salvaje Oeste antes de que John Ford, John Wayne y el Séptimo de Caballería y el cine lo hicieran.

Fueron también intrépidos colonos (como los canarios que se asentaron en las afueras de Nueva Orleáns), pacificaron a los indios (a partir de lo dictado por Su Majestad Católica Felipe II en las «Ordenanzas de descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias», el 13 de julio de 1573), o se partieron la cara y la crisma combatiendo con ellos. Vencieron y perdieron en proporciones numéricas casi siempre desfavorables, mal suministrados, avituallados, armados y atendidos desde la remota metrópoli o desde el más cercano gobierno de Nueva España.

Ayudaron a los independentistas estadounidenses de Jefferson, Franklin y Washington contra los casacas rojas británicos, y fueron pioneros en promover la liberación de los esclavos negros, a los que ofrecieron trabajo, refugio y libertad a cambio de su conversión al catolicismo, a lo que los negros respondieron integrando milicias que combatieron junto a los nuestros. Cultivaron, talaron, pastorearon, construyeron, edificaron, erigieron, exploraron, soñaron, sobrevivieron y vivieron siempre que les fue posible, generalmente al límite de las posibilidades físicas y psicólogicas, al otro lado del mundo, a miles de kilómetros de su Patria, que nunca escuchó de sus labios la aflicción.

Cuando el sueño acabó

El 10 de julio de 1821, aquel sueño acabó. España cedía la Florida a los Estados Unidos, y terminaba oficialmente su presencia en los territorios de la Unión. En la emotiva ceremonia, banderas rojigualdas por un lado, barras y estrellas por el otro, no faltaron José Mario Hernández, de origen menorquín y que como Joseph Marion Hernández sería el primer congresista de habla hispana. Tampoco faltó un niño, Eduardo Antonio Fernández, futuro capitán de la caballería confederada. Quinientos años después, en el castillo de San Marcos, en San Agustín, Florida, la ciudad más antigua de los Estados Unidos, aún ondea la vieja bandera de la vieja España con la cruz roja de Borgoña. Allá, en tierra extraña, en recuerdo de los nuestros.

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