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David Vann: «No busco escribir la gran novela americana»

Día 05/03/2013 - 12.59h
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En «Tierra», su último libro, el escritor abandona su Alaska natal pero vuelve a abordar la violencia y el dolor de las relaciones familiares

David Vann: «No busco escribir la gran novela americana»
Marta Fernández

Decía William Faulkner (1897-1962) que «un artista es una criatura impulsada por demonios». En el caso del escritor David Vann (Alaska, 1966), esos demonios proceden de su propia historia y le llevan a escribir novelas tan duras como redentoras, con una calidad literaria que lo sitúa en la tradición del propio Faulkner, Herman Melville (1819-1891) o Cormac McCarthy (Providence, 1933). Si en su primer libro expiaba la culpa que tuvo que asumir tras el suicidio de su padre, en «Tierra» (Mondadori) abandona su Alaska natal y se traslada a California, pero sigue abordando el dolor y la violencia que (a veces) provocan las relaciones familiares.

- ¿Qué parte de la historia de «Tierra» es autobiográfica?

- El entorno en el que se desarrolla es la antigua casa en la que vivían mis abuelos. Tengo muchos recuerdos infantiles, incluidos los de mi abuelo cuando maltrataba a mi abuela. Todo ese trasfondo es cierto, se trata de un lugar mítico de mi infancia, igual que lo eran los paisajes de Alaska que describía en mi anterior novela. Lo que ocurre en el libro es inventado, evidentemente, pero es cierto que mi relación con mi madre es muy turbulenta y ha sido así desde el instituto. Esa es la parte difícil que es autobiográfica. No lo planifiqué y al final, cuando faltaban dos o tres semanas para terminar el libro, empecé a preocuparme por si mi madre no volvería a hablarme si se publicaba.

- ¿Y cómo respondió su madre a la publicación del libro?

- Muy positivamente. Ha leído el libro y seguimos hablándonos, es muy generosa, muy buena persona, la verdad. Pero me preocupaba mucho porque el libro muestra esa rabia que había entre los dos y ninguno sabemos en qué momento nuestra relación empezó a deteriorarse. No sabemos si se debe al suicidio de mi padre, a algo que sucedió después, a algo que sucede solo entre madres e hijos... es un misterio. Creo que ese es el mejor material para la ficción, las relaciones que se descontrolan, que de forma misteriosa empiezan a ir mal.

- ¿Es Gallen, el joven protagonista de la novela, una especie de álter ego suyo?

- En el instituto estaba muy obsesionado con la «Nueva Era». No solo hacía talleres de relajación o meditación, incluso anduve sobre ascuas y hasta lo intenté sobre las aguas, llegué a varios lagos en las montañas y a fuentes pensando que en esa ocasión sí lograría caminar sobre las aguas.

- ¿Cómo logra escribir ficción sobre elementos tan dramáticos de su propia vida?

- Hay mucha gente que lo considera una especie de tragedia, un libro trágico, oscuro. Es un libro que he escrito a través de paisajes y por eso para mí es una especie de ensoñación alucinógena, una especie de infierno, pero un infierno divertido, al fin y al cabo... De hecho, creo que es lo más divertido que he escrito nunca.

- ¿Un infierno que le ha permitido redimirse?

- Sí, me encanta escribir porque para mí es una especie de transformación a través del inconsciente. Mediante la escritura transformo las tragedias de mi vida, de mi familia, las cosas horribles, en algo distinto y la intención del inconsciente es la redención, darle sentido a todo aquello. Todo lo que para mí era incoherente y me daba miedo, de repente tiene cohesión, significado, y encaja en la ficción. Aunque sea algo trágico, sigue reconfortándome, porque todo lo que era terrorífico se convierte en ese proceso en algo nuevo, una segunda oportunidad.

- ¿La búsqueda de esa segunda oportunidad hizo que quisiera ser escritor?

- Sí, la única razón por la que escribo y lo único que busco en la escritura es que ocurra algo real, que no sea falso. No me preocupan ni los lectores ni las ventas. De hecho, hay muchas partes de este libro que me dan vergüenza, me horrorizan y nunca se lo hubiera contado a nadie. Es como si la relación con mi madre, que es lo peor que me ha ocurrido en la vida, de repente adoptara una forma diferente de la que puedo aprender. Por tanto, es terapéutico, me ha dado plenitud, he podido crear algo bello del dolor.

- Siendo su vida una parte tan esencial de su obra, ¿es capaz de distinguir dónde acaba la realidad y empieza la ficción?

- No hay una línea muy clara, es difusa. Mi vida real y mi ficción forman parte del mismo sueño en mi mente, no están separados. Lo que dice el libro es tan real como lo que ocurrió en la vida real, y se convierte en parte de mi propia experiencia. Me importan mucho más mis libros que mi vida. No favorezco la historia real, pero es que tampoco creo que las historias reales cuenten mucho.

- Pero siempre será más fácil escribir de otros que de uno mismo.

- Es cierto que tiene que haber una base real emocional y psicológica. En el libro hay un material que me afectó profundamente, con el que llevo años lidiando, y precisamente por eso se puede transformar el inconsciente. Mi siguiente novela, «Goat Mountain», que se publica en septiembre en inglés, se desarrolla en una cabaña de caza en California y es la última que va a tratar de mi familia, ya no tengo nada más que contar. Y el libro que acabo de terminar trata de Medea, la tragedia griega.

- Un gran cambio, sin duda.

- Sí, se desarrolla en el final de la Era de Bronce.

- Quizá era un cambio que necesitaba.

- Sí, necesitaba terminar de escribir sobre mi familia. Mis primeras novelas son historias que empecé a escribir hace mucho tiempo y que tenía que contar porque me atormentaban, cómo mi abuelo pegaba a mi abuela... En mi interior siempre pienso que la violencia procede de los hombres y por eso tengo una mala relación con ellos. Por eso he escrito sobre Medea, ella quiere un mundo que no esté dirigido por hombres.

- ¿Se imagina un mundo que no estuviera dirigido por hombres?

- Sería un mundo mucho mejor. En Estados Unidos hay 10.000 muertes por arma de fuego al año y los hombres no deberían tener permiso de armas. Todos los autores de masacres tienen el mismo perfil: son hombres, conservadores, no tienen mucho dinero, están aislados de sus familias y amigos, tienen problemas mentales, han estado en el ejército... En la cultura americana hay una serie de patrones de violencia muy fáciles de describir. Esto me produce inquietud, porque yo soy hombre y parece que la violencia en su totalidad procede de los hombres.

- Esa creencia está presente en su última novela.

- Hay gente que considerará que este libro no es feminista e incluso podrían decir que soy misógino, pero lo curioso es que el libro trata de mi miedo hacia los hombres, trataba de comprender por qué en mi familia la fuente de la violencia era mi padre.

- ¿Ha logrado superar ese miedo hacia los hombres?

- Conozco a muchos hombres buenos, en los que confío, pero si observas las estadísticas sociales, en todos los grupos de hombres, sea cual sea su edad o su raza, hay hombres que maltratan a las mujeres. Es un hecho terrible. Me sentiría mucho mejor si los hombres con educación y estudios no maltrataran a las mujeres, porque entonces podría pensar que se trata de un problema educacional, que la falta de educación lleva a la brutalidad... pero no. Son los hombres quienes provocan las guerras, quienes las luchan y las libran.

- ¿Qué nos dice esa violencia de los seres humanos?

- Que la testosterona es una sustancia química muy nociva que debería controlarse.

- Esa maldad, esas tragedias, también pueden hacernos perder la esperanza en la sociedad.

- Tengo la sensación de que la humanidad no ha cambiado mucho a lo largo de los últimos mil años. Hubo un tiempo emocionante, a mediados de los 80, cuando en Estados Unidos llegamos a creer de verdad en el progreso y pensábamos que las cosas iban a cambiar. Europa está mucho más avanzada que Estados Unidos en muchos aspectos, pero en Europea las mujeres siguen siendo tratadas como objetos sexuales en sus lugares de trabajo, cobran menos que los hombres...

- Pero es que las propias mujeres somos machistas.

- De hecho, muchas veces las normas que provienen de los hombres son aplicadas y perpetuadas por las mujeres. Ese es el tipo de legado, horrible y descabellado, del que habla el libro: la madre castiga a su hijo para castigar a su padre.

- ¿Qué piensa de esa especie de guerra económica en la que ahora estamos inmersos?

- La actual situación me provoca rabia y desesperación, y odio mi país por ello. De hecho, odio tanto mi país que he tenido que irme y ahora vivo entre Inglaterra, Turquía y Nueva Zelanda. Estados Unidos no tiene esperanza, no puede mejorar ni convertirse en un lugar mejor, va a seguir hundiéndose, ya no es capaz de tener ningún tipo de ética. Como dice McCarthy en «Blood Meridian», «Si naces en la guerra, tendrás una guerra sin fin».

- Ahora que menciona a McCarthy, ¿a qué escritores admira y qué opina de la gran novela americana como tradición?

- Mi fuente de inspiración son los escritores de paisajes, no los urbanos. Admiro a los escritores rurales como Cormac McCarthy, Faulkner, Hemingway, Melville, Katherine Porter, García Márquez... Me gustan los paisajes literarios que se convierten en paisajes figurativos, cuando uno describe el corazón humano de forma indirecta al describir una montaña. Ese es el tipo de tradición a la que me dedico. No trato de escribir la gran novela americana, sino tragedias griegas donde los personajes se encierran en sí mismos y niegan el mundo exterior. No me interesa en absoluto Jonathan Franzen, mi objetivo es el opuesto al suyo.

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