Dionisio Ridruejo: de la esvástica a la socialdemocracia
Dionisio Ridruejo, en su despacho - archivo abc

Dionisio Ridruejo: de la esvástica a la socialdemocracia

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Dionisio Ridruejo fue uno de los hombres con una trayectoria más extrañamente sugerente de nuestro siglo XX. Falangista convencidísimo, poeta escaso pero genial, voluntario en Rusia, enfrentado con Franco, la camisa azul de su juventud se fue destiñendo y cada vez le vino mejor a sus hombros la camisa blanca de la esperanza democrática. Un singular viaje de la esvástica hacia la rosa socialista, aunque fuera rosa sin espinas marxistas.

En 1999, el historiador Manuel Penella escribía la primera biografía del político y escritor, «Dionisio Ridruejo, poeta y político. Relato de una existencia auténtica», aunque hubo zonas que no pudo explorar pues el archivo del autor de «Los cuadernos de Rusia» que Penella (que había sido secretario de Ridruejo) había ordenado estaba en un contenedor camino del Archivo de la Memoria Histórica. Además, Penella ha escrito otros títulos sobre nuestro siglo XX, al tiempo que leía libros como los de Inmaculada de la Fuente («La roja y la falangista») y Lucía Gutiérrez Sustacha («Dionisio Ridruejo y su lucha por la democracia española»). Estamos ante lo que podemos llamar una edición corregida y aumentada de aquella primera biografía, que publica RBA.

–¿Qué llevó a este niño de pueblo a elegir la Falange?

–Ridruejo pertenecía a la clase privilegiada de provincias, pero detestaba el conservadurismo de la derecha, y creyó ver en el falangismo un movimiento a su medida: sagradas tradiciones y revolución igualitaria, todo a la vez. A ello hay que sumar una jugarreta del destino, pues el joven provinciano fue a enamorarse perdidamente de Marichu de la Mora, una dama de alta sociedad, falangista, que fue quien le presentó al carismático José Antonio Primo de Rivera. Si tenemos en cuenta la gravitación sobre su persona de estos dos grandísimos seductores, comprenderemos mejor su entrega a la causa y su idealización del proyecto falangista.

–Llegó a ser Director General de Propaganda nacional. ¿Podemos hablar del Goebbels español o eso es exagerado?

–Es una exageración. No controlaba toda la propaganda, se veía mediatizado por la censura militar y estaba a las órdenes de Serrano Suñer. Y la llamada Unificación no le permitía actuar libremente.

–¿Es definitiva la experiencia en Rusia para sus primeros cambios políticos?

–Fue determinante en el plano psicológico. Allí maduró y se templó como persona y decidió no aceptar nada sin revisarlo y cuestionarlo. Creo, aplicando la terminología de Kierkegaard, que en Rusia se consumó su paso del vivir «estético» al vivir «ético», al que seguiría fiel el resto de su vida.

–¿Su papel fue importante en los enfrentamientos que surgieron entre la Falange y los tradicionalistas que incluso llegaron a ser violentos?

–Ridruejo hizo todo lo posible para transformar el Estado franquista en un Estado fascista «revolucionario», lo que le llevó a serios enfrentamientos, con el propio Franco. Los monárquicos le odiaban, y estuvo a punto de batirse en duelo con unos cuantos, algo que impidió Serrano Suñer.

–¿Cómo se llevaba con Franco?

–Da la impresión de que Ridruejo le cayó en gracia a Franco, a quien alguna vez sacó de sus casillas, sin consecuencias. Franco habría podido aplastarlo, y no lo hizo, le trató con cierta deferencia, incluso después de la dura carta de ruptura con el Régimen que Ridruejo le escribió en 1942. Es cierto que acabó con las esposas puestas, y desterrado, pero Franco le recibió en El Pardo como si no hubiera pasado nada, en 1947, y que luego no se opuso a su marcha a Roma como corresponsal. Al Ridruejo maduro, Franco le resultaba aborrecible, y por su parte, éste llegó a considerarle un resentido. No estaban hechos para entenderse.

–¿El camino para convertirse en demócrata fue paulatino?

–Sí y muy sufrido. La transformación del falangista en un demócrata tuvo lugar en Italia, donde pudo hacerse una idea clara de lo que había sido el fascismo real y la barbarie nazi, y donde vio emerger de sus cenizas a los italianos, democráticamente.

–¿En su última etapa podríamos definirle como socialdemócrata?

–Se definía como socialdemócrata, o como neosocialista, es decir, como socialista no marxista. No lo veo ingresando el PSOE de entonces, ni en el PSP de Tierno, marxistas ambos. Recuérdese que murió en 1975. Consideraba que el PSOE debía ser puesto al día desde dentro, no por la ingerencia de intelectuales burgueses, por lo que no veía con buenos ojos las intentonas de Tierno de copar el socialismo español. Hizo ímprobos esfuerzos por entenderse con el viejo profesor, y mantenerlo dentro de un movimiento democratizador unánime, llegando a considerarle un hombre muy desconcertante. Se entendía mucho mejor con Llopis.