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Protectorado en Marruecos: desmemorias de África

Día 05/02/2013 - 01.45h
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Un libro arroja luz sobre un período no suficientemente estudiado de la historia española

Apenas habían pasado tres años desde que los nuestros se dejaran generosamente la vida en aquel Barranco del Lobo. Tres años ya, y en las plazuelas seguía palpitando el dolor y te destrozaban las entrañas las canciones: «Ni se lava, ni se peina, ni se pone la mantilla, hasta que venga su novio de la guerra de Melilla».

Apenas tres años desde que nos dieran fuerte los moros en el Rif. Y sin embargo, España decidía instalarse en el norte de Marruecos en lo que se llamó el Protectorado, que se extendería en el tiempo desde 1912 hasta 1956. No es un tiempo que se recuerde con pasión, pero sobre estas cuatro décadas de nuestro colonialismo mucho de luz ha de poner «Marruecos, ese gran desconocido. Breve historia del protectorado español» (Alianza Editorial), de la historiadora María Rosa de Madariaga.

Después del Desastre del 98, de los recentísimos conflictos en la zona, España no tenía a priori el más maldito interés en dejarse la hacienda y la persona en aquel territorio, pero la Historia suele tener muy mala uva. Más si cabe, si de por medio está Inglaterra. «España quería que allí todo siguiera igual –cuenta María Rosa de Madariaga–, pero Francia quería tener una presencia grande en el norte de Marruecos. Y los británicos no podían permitir el establecimiento de una gran potencia al otro lado del Estrecho, y entonces presionaron a España para que también estuviéramos allí, nos vimos arrastrados. Habíamos perdido nuestras colonias de forma muy dolorosa y no se querían nuevas aventuras. Hubo mucha oposición, porque hacía apenas tres años de las derrotas ante Abd el Krim, que incluso había sido nuestro aliado y se había educado en Salamanca. Se habían perdido muchísimas vidas y se había dilapidado un enorme chorro de dinero».

Opiniones diversas

Ni siquiera la opinión sobre el Protectorado era unánime entre los mandos del Ejército. «Durante el siglo XIX el Ejército, con sus golpes de Estado, había sido decisivo en la vida española. Una vez llegada la Restauración parecía que aquello había acabado. Sin embargo, algunos jefes habían heredado ese idea de intervencionismo, y en aquellos días, tras las derrotas coloniales, había gente en el Ejército que pensaba que la presencia en Marruecos era un momento para recuperar viejos laureles, conseguir ascensos y condecoraciones rápidamente».

Protectorado en Marruecos: desmemorias de África
AGA
El diputado Natalio Rivas con Franco y Millan Astray, en 1921

En el verano de 1921 llegaba el peor momento: el Desastre de Annual. Allí quedaron quince mil hermanos, como los héroes del Regimiento de Caballería Alcántara que perdió a casi todos sus jinetes, setecientos españoles, en cuya memoria el Rey impuso en octubre a sus sucesores la Laureada de San Fernando. «Fue algo bestial –explica Madariaga–. Se llevó miles de vidas y produjo un catastrófico efecto psicológico». A esposas, madres, hijas,... se les requebraja la garganta: «Melilla ya no es Melilla, Melilla es un matadero, donde van los españoles a morir como corderos».

La República no hizo casi nada

La República tampoco pudo hacer nada para que las cosas mejoraran: «Los republicanos establecieron un alto comisario que fuera un civil. Intentaron un sistema menos “cuartelario” y reducir la administración que además de cara era un nido de enchufismo y corrupción». Corrupción de la que generalmente se valieron los oficiales proclives al Alzamiento para reclutar tropas fieles a Franco: «El Protectorado había establecido un sistema de caides y en cada cabila siempre había un administrador militar. Eran oficiales de graduación media, que en muchas ocasiones proporcionaban sobornos y dádivas a los marroquíes, que luego correspondieron cuando se les reclutaba para el Ejército Nacional».

Con Franco en el poder, aislado internacionalmente, nació la «fraternal» amistad hispanoárabe, una relación que tenía mucho de malabarismo. Franco debía ser represivo con los marroquíes, pero tenía que llevarse bien con ellos y concederles algunas libertades, para que el general fuera apoyado por el mundo árabe.

Finalmente, en 1956 llegaba el fin de aquel protectorado. Tampoco pintamos nada en ello. «Los franceses recibían presiones de los Estados Unidos que eran partidarios de la independencia, ante el temor de que la URSS se ganara a los nacionalistas. García Valiño, nuestro hombre fuerte entonces, intentaba estar a dos bandas, con los nacionalistas y contra ellos. Francia concedió la independencia, y aunque entre los españoles hubo caras largas al recordar lo que allí se había sufrido, nadie quería dar una gota de sangre más, ni un duro por aquello».

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