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Libros / novela del maestro del relato

«Nuestra juventud fue un peregrinaje de taberna en taberna, era inmaculada»

Día 09/01/2013 - 03.00h
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El patriarca del cuento español, Medardo Fraile, publica, al fin, su única novela: «Laberinto de fortuna», después de tres décadas por el camino de Swan

Dice su amigo J.J. Armas Marcelo que con los cuentos de Medardo Fraile el cine español ganaría muchos enteros. A sus 87 años, este francotirador irredento e invicto de la literatura, uno de los últimos supervivientes (el otro es Rafael Sánchez Ferlosio) de la estupenda generación de los «niños de la guerra» (Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Alfonso Sastre, Juan García Hortelano, Ramón Solís, José María de Quinto, Alfonso Albalá...), maestro del relato, rescata su única novela inédita: «Laberinto de fortuna» (Menoscuarto ediciones), tras una travesía de treinta años.

En 1982, al terminar de escribirla, Medardo Fraile presentó la novela a dos conocidos premios literarios, cuenta a ABC, con el título de «Laberinto de fortuna», «que le iba muy bien y, además, era la única conexión posible con la famosa obra de Juan de Mena. En los dos premios se dieron trampantojos. No fueron limpios -dice-. El primero era el Nadal. Airearon mi nombre y otros más o menos conocidos, y yo quedé el numero 5. Lo ganó un médico de Sevilla, que era un enchufado de Laín Entralgo, y se apellidaba Zaragoza. Recibió un montón de palos de la crítica, que sentenció: “El Nadal ya no es para escritores”».

Medardo Fraile habló con Francisco García Pavón, miembro del jurado, que le confirmó que su novela no la había leído nadie. «Y me añadió que otro miembro del jurado se preguntó: ¿Cómo es posible que un hombre que escribe tan bien, como Medardo, haya cogido el tema de la infancia para su novela? Y yo recuerdo que Rilke dijo que la infancia del hombre es su patria».

Mano a mano

En el siguiente concurso, la obra siguió sin ser galardonada. «Puesto que en las páginas de mi novela se entrelazaban biografía y ficción, personajes reales e inventados, me dio la real gana de cambiarle el título a "Autobiografía", cuidándome de advertir debajo que era “novela”. Así fue publicada en Madrid por un generoso y poco experto editor en 1986 con algunas erratas molestas -todas lo son-, y se confió a un distribuidor que distribuía de todo menos libros, y menos mi novela, claro está. Entonces me decidí a repartirla mano a mano entre los amigos».

Por la gracia de Dios, «Laberinto de fortuna» cayó en mano de algunos lectores que se entusiasmaron con la novela, uno de los cuales fue el inolvidable Rafael Azcona, que telefoneó a Medardo Fraile a Glasgow -donde Medardo ejercía como el primer catedrático de español-.

-Charlamos más de hora y media, y el llorado y querido Rafael Azcona hizo un estupendo, un excelente guión, que subtitulé «Retajos de luz y sombra».

-¿Y se convirtió en carne de celuloide?

-Un productor compró los derechos, y mi novela estuvo a punto de convertirse en película, pero no llegó a serlo. Y resulta que cuando cobré -por cierto, bastante bien, como nunca en mi vida-, el proyecto se quedó en el aire. Y está libre para el primero que lo quiera. Otros cuatro o cinco lectores, no menos valiosos, escribieron y publicaron críticas elogiosas. Y en eso quedó todo durante veintidós años: en la contemplación, año tras año, de veinticuatro libros míos de relatos que fueron saliendo después de la novela.

-Y su laberinto cruzó, con cierta fortuna, el charco.

-Hasta que un venezolano ilustrísimo, académico, ensayista y poeta, se la llevó consigo a su hermosísima tierra donde, por mediación suya, fue reeditada en ediciones Equinoccio, de la Universidad Simón Bolívar, en 2008, con prólogos amplios y sustanciales de José María Merino y Jesús Martínez Gómez, y el mismo título, «Autobiografía», con el que había aparecido en Madrid. La novela seguía inédita en España, y ahora gracias al sello Menoscuarto, que dirige José Ángel Zapatero, se pone este libro, por fin, en las manos de la gente que lo vio nacer -los españoles- con su título primero y original, «Laberinto de fortuna», que nunca debí de haber cambiado. Que Dios guíe este Laberinto a manos honestas y a buenos lectores.

-¿En las distancias largas es donde un buen cuentista se la juega?

-Escribí esta novela porque empezaba a sospechar que todo el mundo pensaba que yo solo sabía escribir cuentos. Me han llamado tantas veces «maestro del relato», que estoy a punto de creérmelo. Mi padre me decía: «Hijo mío, por qué no escribes una novela, que se gana más dinero».

-Es usted el penúltimo resistente de la generación de los «niños de la guerra». ¿Siente vértigo?

-Bueno, y Rafael Sánchez Ferlosio. Para mí, lo más maravilloso de Ferlosio es su vida, y las cosas que ha hecho y hace. Y su afán de saber.

-¿Por qué cree usted que Ferlosio abominó de su novela «El jarama»?

-Es un hombre valiosísimo, una persona extraordinaria, que un día me dijo: «El Jarama ha sido un error». Y es lo que le ha dado fama.

-¿Qué les unía a la generación del medio siglo, a la de los «niños de la guerra», a los Delibes, los Aldecoa, Fernández Santos, Martín Gaite, Ferlosio, De Quinto, Albalá...?

-Éramos muy amigos. Todos habíamos coincidido en la Universidad, y de pronto congeníamos muy bien. Tomábamos diez chatos y nos paseábamos por la calle de la Libertad, Infantas, por detrás del café Gijón. Era como un pegrinaje, íbamos de taberna en taberna. Nuestra juventud era inmaculada comparada con la de hoy.

-Miguel Delibes rememoraba un maravilloso viaje que ustedes hicieron a las Lagunas de Ruidera.

-Fue cuando conocí a Delibes. Era una gran persona, alto, de traje, y parecía como si desentonara con nosotros porque era un señor.

Medardo Fraile lleva más de cuarenta años viviendo en Inglaterra (Southampton) y Escocia (Glasgow). Le preguntamos sobre la disputa independentista escocesa-inglesa y la ilustra:

-Mire, hace unos años en la habitación del Hospital de la Princesa me tocó un obrero, al que le conté que venía de Inglaterra y me asaeteó a preguntas: «¿Oiga, ahí donde usted vive, con los ingleses, habrá palabras que son iguales que en español, por ejemplo pan, leche, agua...?» Yo le dije que no, y le advertí: «Además, no les llame usted ingleses porque se van enfadar mucho. Son escoceses y no le gustan los ingleses». Y de repente, mi vecino de cama hospitalaria pegó un puñetazo encima de la mesa y bramó: «¡Coño, claro que no les gustan los ingleses, pero se tendrán que joder!» ¿Estaría pensando este tío en los catalanes?.

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