Elías Portela Fernández viajó con 20 años a Islandia. El joven, estudiante de Filología Románica en Santiago de Compostela, se marchó con una beca Erasmus, pero su affaire en el país nórdico terminó prolongándose durante una década (y subiendo).
Lo que empezó siendo una estancia de unos meses para aprender italiano se convirtió en un fenómeno editorial en el país nórdico. Reykjavík lo atrapó entre consonante y consonante, y Portela se hizo poco a poco con un idioma, el islandés, que hablan poco más de 300.000 personas (la población de Valladolid ciudad).
El gallego llegó a la isla hace once años, pero se instaló allí hace cuatro. Asegura que en realidad no se ha ido de España, y que se dedica a hacer «una labor de puente»: «Sigo con un pie en Galicia y trabajando por su cultura. Ni siquiera estoy registrado en Islandia, entre otras cosas, por las leyes de (anti)inmigración».
«En realidad no me he ido. Sigo con un pie en Galicia y trabajando por su cultura»
A pesar de estar separados por más de 2.500 kilómetros de Océano Atlántico, Elías cree que ambos pueblos comparten algunos rasgos de su carácter, su forma de vida, las leyendas del mar... El joven escribe también en gallego, castellano, inglés y latín, y ha sido el encargado de traducir al español la última novela de la islandesa Auður Ava Ólafsdóttir, «La mujer es una isla».
Reconocimiento literario
Las primeras críticas de sus poemas fueron buenas. Una editorial le ofreció publicar su trabajo y sus versos cayeron en manos de la primera ministra islandesa, Jóhanna Sigurdardóttir; su esposa, una figura importante de la cultura del pequeño país, se los enseñó. Sigurdardóttir le dio un empujón de popularidad al decir que Knörr se encontraba entre sus poetas preferidos.
Cuando en la primavera de 2010 la UK Poetry Society le dio su bendición, el gallego recibió el título de «poeta más representativo de la lírica actual islandesa» junto a Kári Tulinius y Sjón (compositor de Björk). La reseña de esta prestigiosa publicación literario hacía referencia al último poemario del pontevedrés, Sjóarinn með Morgunhestana undir Kjólnum («El marinero con caballos matutinos bajo el vestido»). Un texto que, por cierto, escribió en un 75% en una cafetería hippy de Reykjavík, «justo antes de que la especulación inmobiliaria acabase con ella».
Su apellido y su historia vieron entonces la luz, y los medios de comunicación (también los españoles) dirigieron sus miradas hacia él. Nada que ver con la primera vez que sus poemas fueron recitados en público: lo hizo una activista en su nombre y con una barba postiza. Elías reconoce que lograr unas buenas ventas en un país tan pequeño es un éxito relativo, pero sus poemas en castellano, por ejemplo, han tenido una buena acogida en México: «¡Una pena no saber nada de nahuatl!», lamenta.
Intereses y proceso creativo
La poesía de Elías –por momentos es posible confundir a Portela con Knörr– se basa «en la fuerza de la imagen poética y en la búsqueda de una inspiración externa al autor». «Si tengo que abstraer y decir concretamente sobre qué escribo, la respuesta son “categorías difusas”», explica. «Escojo ideas, conceptos, personajes que por algún motivo no se adaptan a una clasificación fija, que no encajan con lo esperado. Suelen ser categorías desechadas, pero por ello son más interesantes y nos ayudan a criticar la lógica y los límites de nuestro razonamiento. Además, para el arte no existe el concepto de basura, todo se puede aprovechar».
La «tarea de escribir» es una de las obsesiones del poeta y traductor
Reflexiona también sobre el ego del poeta y el mito creativo: «En la cultura en la que vivimos tenemos un concepto demasiado romántico de la inspiración y de la genialidad. Una concepción que no deja de ser demasiado egocéntrica, insana y, a la larga, muy pobre, ya que por muy grande que sea la imaginación y la creatividad de un artista, el mundo exterior siempre será mucho mayor e infinitamente más lleno de ideas innovadoras que lo que uno pueda tener dentro de su cabeza».
Portela desvela que tiene «una clara tendencia a la hiperactividad nocturna», que trabaja con un viejo portátil sin batería –Folda Koltrýna Knarrartölva dice que se llama– y que cuando está buscando material o escribiendo «una jarra alemana con medio litro de té bien negro y cargado siempre se agradece». «Para trabajar con música suelo ser especialillo, pero por lo general no le hago ascos a nada», explica después de reconocer que escucha desde música medieval hasta «un logradísimo remix de las t.A.T.u». «Lo bueno da igual de dónde venga, no hay que guiarse por prejuicios. El esnobismo no provoca más que carencias».






