Eugène Ionesco quizá siga riendo en su tumba, escuchando las disputas que suscita la fecha de su nacimiento, cuando se teatro triunfa como nunca: una de sus obras más legendarias continúa batiendo todos los records mundiales de permanencia en escena, y otras tres lo convierten en el dramaturgo más representado, dirigiéndose a los públicos más diversos y cosmopolitas.
Acompañado de Samuel Beckett, Ionesco pasó a la historia como uno de los patriarcas del Teatro del absurdo, lejana consagración de un teatro que era leído, por los años 50 y 60 del siglo pasado, como un grito de angustia y desesperación absolutas.
Apenas ha transcurrido medio siglo largo. Y la extraña pareja Beckett – Ionesco continúa suscitando una fascinación debida a lecturas de muy diversa índole.
«La cantante calva» bate récords de longevidad
Décadas más tardes, varias de las obras de Ionesco han seguido representándose ininterrumpidamente desde su estreno, convirtiéndose en verdaderos fenómenos de sociedad. «La cantante calva», por ejemplo, se estrenó en 1950 en el Théâtre des Noctambules, y volvió a montarse en 1957 en el Théâtre de la Huchette... batiendo todos los récords de longevidad, en escena, nacionales y mundiales, quizá, ¡y allí sigue representándose, desde entonces!
Se trata de un caso excepcional en la historia del teatro. El de una obra que lleva representándose sin interrupción, en el mismo teatro, durante cincuenta y cinco años. Otras obras de Inesco («La lección») han tenido un éxito bastante semejante. Pero «La cantante calva» tiene algo de único en su género.
Los nuevos espectadores aprecian su capacidad de mofarse de la historia
Los primeros lectores y espectadores de Ionesco apreciaban el dramatismo trágico de una angustia social percibida como hundimiento de todos los valores. Los últimos lectores y espectadores del dramaturgo francés, nacido en Rumanía, aprecian el espectáculo esperpéntico que se ríe con una gracia jubilosa de las grandes tragedias de la historia. La historia no tiene fin. Ni sus tragedias. Pero los nuevos directores, actores y espectadores aprecian en Ionesco una capacidad de reir y mofarse de la historia, que tiene mucho de liberación espiritual, moral y política, contra todas las tiranías.
El primer Ionesco ya podía leerse como una carcajada sin fin y grotesca de los infortunios de la razón que caía de hinojos ante el totalitarismo comunista. El ensayista Ionesco ya permitía trabajar esa lectura de una parte de su obra. Tantos años después, ahora sabemos que las denuncias del dramaturgo contra la tiranía comunista fueron grandes aldabonazos morales. Hundida la URSS y el comunismo, el teatro de Ionesco sigue fascinando por las mismas y otras razones.






