Libros / ENTREVISTA

Arturo Pérez-Reverte: «El tango es sexo vertical y vestidos»

Día 23/11/2012 - 21.04h

El escritor y académico novela la elegancia del fracaso en «El tango de la Guardia Vieja», ambientada en Buenos Aires y la vieja Europa entre los años 20, 30 y 1966

IGNACIO GIL
Arturo Pérez-Reverte, ayer en Madrid

Cuando comenzó a tocar las teclas de «El tango de la Guardia Vieja»(Alfaguara) a Arturo Pérez-Revertele faltaban canas para culminarla. Nacido en Cartagena hace sesenta y un años el proximo domingo, reportero de guerra durante 21 años, autor de 14 novelas, creador del legendario capitán Alatriste, académico, Arturo Pérez-Reverte ha visto irse al carajo ciudades, mundos, fortunas, bellezas, riquezas, estatus social, bibliotecas, países... y si algo siempre admiró fue la gente que, en mitad de ese desmoronamiento, mantenía la dignidad: «Y esta novela se basa mucho en eso:en la elegancia del fracaso».

-Veintidós años después de comenzar la historia, usted culmina al fin «El tango de la Guardia Vieja» porque necesitaba «cansancio».

-Es una novela que solo se podía escribir desde cierta fatiga vital. No es que yo esté fatigado, pero mi edad me permitía comprender. Es una novela de madurez, en donde un hombre [Max Costa, buscavidas con clase] y una mujer [Mecha Inzunza, bella, inteligente] miran su vida hacia atrás: sexo, amor, fracaso elegante...requerían cierta distancia.

-¿El sexo es geometría?

-Todo es geometría. Lo aprendí en la guerra. El sexo y el tango tienen que ver con los trazados en el suelo. El tango le puso música a la primera mitad del siglo XX. El tango es un movimiento en un espacio, trazar un territorio. El tango es sexo vertical y vestidos. Y el tango tiende a la confusión: el hombre no gobierna a la mujer, sino que la mujer es la que teje una tela de araña en torno al hombre, es ella la que está bailando el tango en torno al hombre. La mujer como elemento dominante, la mujer como factor decisivo que marca el territorio me interesó mucho. Uso el tango como símbolo entre una mujer inteligente y un hombre listo e intuitivo.

-¿Cómo se cuenta el sexo turbio, tríos, amantes, lo reclamaba la historia?

-El sexo literario, narrativo, tiene un problema: si te pasas pecas de vulgar o si te quedas corto eres mojigato. Entonces, conseguir el punto justo cuando el sexo se desarrolla es complejo. Esta novela era de un sexo especial. Mecha explora sus rincones turbios con ayuda de un hombre, que no es más que el pretexto para que ella mire hacia dentro de sí misma. Y eso requería un tipo de sexo muy carnal, muy complejo, que después tenía que ser analizado desde la vejez con la lucidez que dan los años. Y que el lector viera esa imagen desde la vejez mirando hacia atrás. Contar esas escenas tórridas, sin caer en la vulgaridad y que fueran elegantes ha sido un desafío técnico bastante interesante.

-¿Ellas, las mujeres, son inmensamente superiores a ellos, a los hombres, a nosotros?

-Sin duda alguna. Moral e intelectualmente. Hay una serie de virtudes femeninas, que son el coraje, la tenacidad, y la complejidad del discurso intelectual que son muy superiores a los hombres. Sobre todo, en la capacidad de hacer frente a problemas de largo recorrido, aguantar moralmente largos esfuerzos. El hombre se agota en el sprint, la mujer es corredora de maratón. Y la mujer tiene una inteligencia genética de la que el hombre carece; la mujer es capaz de explorar una lucidez y una frialdad técnica que el hombre es incapaz de desarrollar. Eso las hace seres superiores, claro. Por eso, que una mujer como Mecha, un ser superior, mire a un hombre con admiración y le diga «te quiero, chaval», «vente conmigo a la cama, chaval», es el mejor piropo que uno puede recibir. Las historias son las mujeres, ellas marcan el territorio.

-La suya es una novela tango de amor y memoria en tres momentos cruciales de la historia de Europa, años veinte, treinta y sesenta. ¿A qué obedece esa división?

-Es técnica. Yo dudé mucho cuándo empezarla y terminarla, en qué momento, tenía que pillar una serie de épocas, una transición de un mundo a otro; al final y por razones de estructura literaria comencé en los años veinte y concluí en el 66. Son tres décadas muy importantes: los años veinte cuando está muriendo la belle-epoque, es un mundo que desaparece; años treinta con la Guerra Civil de fondo, la guerra mundial que viene de camino, un mundo turbio, y los años sesenta es la época de los hippies, los Beatles, son tres momentos de transición y vienen muy bien para montar la historia.

-«El tango de la Guardia Vieja» es una novela de diálogos, de silencios.

-Y para comprenderlos hace falta que el lector se fije en cuáles son los silencios y las actitudes como las palabras. Entonces, en aquel tiempo la ropa, los objetos, la corbata, la manera de sentarte marcaban. Y dediqué un trabajo minucioso a situar en la novela esos elementos que permitirían que el lector captase mejor lo que quería contar.

-¿Cómo era aquel mundo?

-Injusto y clasista, que hizo muy bien en desaparecer. Pero había maneras. Hasta el rufián más rufián intentaba parecer un caballero. Si no te comportabas según las reglas no eras admitido. Eso creaba unas exigencias de actitudes, maneras, educación, que ahora han desparecido. Alegrándome de que ese mundo desapareciera, lo que sí hay que lamentar es que se llevara consigo una cierta manera de comportarse de la gente, que ahora no tenemos.

-¿Existe el amor verdadero entre el rufián y la mujer inteligente y bella?

-Claro que sí, es un amor que dura cuarenta años en tres momentos diferentes. Es un amor que va evolucionando: tiene pasión, sexo, momentos turbios, melancolía, fracaso, desesperanza, es un amor en evolución. Los amores no son permanentes. Tú te enamoras y veinte años después tu historia es diferente. Max y Mecha, los protagonistas, en su vejez miran hacia atrás y recuerdan y analizan ese amor que durante cuarenta años los ha vinculado.

-En su novela se fuma de cine.

-Es que entonces fumaba todo el mundo. Hemos olvidado que en aquellos tiempos el cigarrillo no solo era un hábito, un vicio, era también un medio social, una forma de relacionarse, una cultura en torno al tabaco. La gente fumaba, se ofrecía tabaco, eso permitía la conversación, pausas, momentos de reflexión, compañía en la soledad. El tabaco era una cosa muy importante: al borrar el tabaco de nuestras vidas hemos borrado también una parte importante de nuestra memoria. El tabaco forma parte de la cultura del ser humano durante muchísimo tiempo, hasta la generación de mis padres, incluso la mía. Olvidamos lo importante que fue el tabaco. Yo recuerdo guerras en las que el tabaco era el único consuelo; o relaciones y problemas que uno ha tenido en un burdel de Bangkok o en un bar de mala muerte de Culiacán, y compartiendo un cigarrillo con alguien se resolvió el asunto. «Mire usted, no entendí bien lo que pasó, le invito a un cigarrillo, a una copa...» El tabaco generaba un montón de posibilidades que ahora la vida aséptica y estúpida que llevamos nos ha privado de ellas.

-¿Sin derrotas no hay victorias?

-En el amor y en la vida en general. Quien no esté dispuesto a ser derrotado y a sufrir de forma elegante la derrota y el fracaso no podrá vencer nunca. La derrota es una escuela de la victoria, de la educación para la victoria. No hay vencedores si no han aprendido antes a ser derrotados, sobre todo con elegancia.

-¿Cómo se mantiene la dignidad?

-Con fuerza moral, cultura, educación. El que cree que el fracaso y el dolor no existen no está preparado. El campesino que ha visto el dolor es tan culto como el intelectual. Hablo de la cultura como educación, como lucidez.

-¿Por qué la sociedad perdona menos a una mujer que no es atractiva que a un hombre?

-Eso es injusto. También es verdad que una mujer inteligente sabe perfectamente envejecer con dignidad. Lo que es patético es una mujer que intenta desesperadamente seguir siendo lo que fue y ya no puede ser. Una mujer inteligente como la de esta novela que, además de adaptarse a su tiempo, a su edad, de modificar hasta sus comportamientos de acuerdo con la edad que tiene, y ser brillante en cualquier momento es admirable. Una mujer puede ser absolutamente maravillosa con 60 y 70 años, lo que pasa es que no todas las mujeres son capaces de serlo.

-Un hombre debe saber cuándo llega el momento de dejar el tabaco, el alcohol, la vida, ¿y también el amor?

-No. El amor no es voluntario. Lo que sí es verdad es que Max debe saber cuándo el amor es difícil e imposible. Debe saber darse cuenta y no hacer el payaso ni el ridículo cuándo el amor ya no tiene la edad adecuada. Uno debe saber que no siempre el amor es posible. Y no siempre el amor es duradero. Y no siempre el amor es asequible. La elegancia está también en aceptar el fracaso, incluso, del amor.

-¿Sus protagonistas sienten nostalgia por un mundo perdido?

-No. Ese mundo tenía que desaparecer. Sienten nostalgia por unas ciertas maneras de ponerse ante la vida y el mundo, eso sí. Esa elegancia de maneras, esa elegancia frente al fracaso, esa cultura como analgésico para refugiarte en ella cuando el mundo se hunde es lo que mis protagonistas y yo echamos en falta.

-Max había pertenecido a esa clase de hombre al que podía encontrarse por la mañana, en una chocolatería y vestido de frac, invitando a desayunar a los criados de la casa donde la noche anterior había bailado. Tenía ese don, esa inteligencia.

-Como reportero yo siempre entendí que era más útil el sargento que el general, la secretaria que el jefe, el camarero que el dueño del restaurante. Y toda mi vida traté de ganarme su aprobación. No sobornándoles sino poniendo la parte humana en el trato con ellos. Diciéndoles hoy por tí, mañana por mí. Le he prestado a mi vida esa facilidad para hacerse aliados entre los subalternos, los que te solucionan la vida. A veces una propina de mil dólares es menos eficaz que una sonrisa, un café, una copa, esa complicidad sin perder las maneras ni la situación.

-A ella, Mecha Inzunza, todos los ceniceros del mundo le eran indiferentes. ¿Qué significa su caída maravillosa de ceniza al suelo?

-Una pose de superioridad. Es una chica bien educada, pero con esa arrogancia que da el dinero y la belleza. Es la mujer hermosa a la que todo le está permitido. He conocido mujeres así. Todos las hemos conocido.

-Max es un buscavidas simpático, que llega a seducir a una prima de don Juan de Borbón

-Es un rufián, un buscavidas, un bailarín de tango, un golfo inteligente, simpático, instintivo, vivo, guapo apuesto que entre su «carrera» entre sus mujeres una de ellas es una prima de don Juan. Luego le pega una paliza a Errol Flynn en un bar de Biarritz. Es un tipo con una biografía interesante. Me gusta jugar con la creación de esa apariencias de realidad para que el lector asuma como real lo que es ficción metido en la realidad.

-Usted se ha pateado los tres puertos de «El tango de la Guardia Vieja».

-Una parte muy divertida de la novela es poder, justamente, vivir como ellos viven, beber como ellos beben, mirar como ellos miran. La parte aburrida es escribirla. La parte divertida es imaginarla.

-¿Argentina le cautivó?

-Desde hace muchísimos años. Argentina es Europa. Es no salir de Europa, por cultura, por gente, por todo. Y era un buen escenario para la primera parte de esta novela. ¿Quién emigra? El tío con cojones, la mujer valiente, esa gente que llega Argentina, ese país potente. Fíjese en lo que Argentina estuvo a punto de ser y no fue. Siento admiración dolorida por Argentina y por España, países con grandes posibilidades con gente capaz de hacer cosas maravillosas, y que se han desmoronado por culpa de la misma gente: no saber encontrar nunca el camino

-¿Hay tangos para sufrir y tangos para matar? ¿Cuáles serían?

-Hay tangos que te ponen melancólico y hay tangos que te enardecen. Yo soy muy poco musical, tengo muy poca cultura musical, pero me fascinan las melodías que cuentan historias. Por eso me gustan tanto la copla, el bolero, el corrido y el tango, que cuentan historias. Pedro Navaja es una novela en tres minutos de letra y palabras. Es maravillosa. En ese sentido, me fascina del tango la capacidad que tiene para contar historias trágicas, hermosas, cínicas, sentimentales, conmovedoras, esa potencia de la narrativa del tango, esa riqueza conceptual del tango estaba pidiendo que me moviera por ella.

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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