LIBROS

El viaje a la mina de Joaquín Dicenta

Renacimiento publica una recopilación de crónicas pioneras en el reporterismo español de un autor olvidado

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En el cambio del siglo XIX al XX también cambió la forma de hacer periodismo en España. La opinión, las gacetillas de partido, dejaron paso a otro tipo de publicaciones donde primaba lo noticioso. Las empresas ya no buscaban adoctrinar –o no solo se conformaban con adoctrinar–, sino que se guiaron por otras premisas, las de informar y entretener. Estos nuevos criterios, más comerciales, están en la raíz de la edad de oro del periodismo: en torno al año 1900 se editaron en Madrid más cabeceras, revistas y libelos que en ninguna otra época.

«El tono de aquel periodismo era vivo, impetuoso, algo perdulario y con frecuencia desgarrado, especialmente cuando se enzarzaban en polémicas que podían llegar al agravio personal e incluso a las armas», escribe Miguel Ángel del Arco en «Cronistas bohemios» (Taurus). Ese nuevo periodismo fue posible por un cambio de mentalidad al que contribuyó de manera decisiva la «gente nueva», una hornada de escritores canallas que experimentaron con el reporterismo.

Muchas de estas nuevas firmas, jóvenes provincianos que aspiraban a destacar en la capital, llegaban a Madrid con lo puesto. Se dejaban ver por los cafés, las tertulias y las redacciones de los periódicos, aunque vivían más de noche que de día. Llevaban vidas bohemias, en la ética y en la estética; eran irreverentes, tabernarios y a menudo conflictivos, y descarados en sus artículos.

En esta generación decidida a desplazar a la «gente vieja» destacan nombres como los de Alejandro Sawa, Luis Bonafoux, Antonio Palomero o Joaquín Dicenta. De estos autores, Dicenta (Calatayud, 1862; Alicante, 1917) es quizá quien peor ha resistido el paso del tiempo, por el olvido de su obra, y sin embargo fue uno de los más talentosos. Pocos escritores, no más de cuatro o cinco, fueron más populares que él en su época. No en vano Dicenta firmó «Juan José», una de las obras de teatro más representadas en la escena española. Este éxito, aparte de convertirlo en un icono de la lucha de clases, lo sacó de la miseria en que vivía, que no de su vida disoluta.

Con fama de pendenciero y mujeriego, Camba dijo que Dicenta «competía con Mariano de Cavia en borracheras», pero le reconoció que «escribía crónicas brillantes y sustanciosas en "El Liberal"». Dramaturgo, poeta y fundador de revistas, colaboró con las principales cabeceras de su época, sobre todo con «El Liberal», un diario republicano moderado de Madrid que llegó a tener una de las mayores tiradas de España. En las Navidades de 1902, siendo ya una estrella del diario, se embarcó en un proyecto periodístico pionero: viajó a la mina de Linares y contó lo que allí vio, tras pasar días enteros con los mineros. Bajó a la mina, se metió en las casas de los trabajadores y bebió con ellos en las tabernas.

«Todo es en la mina riesgo de muerte: todo, enemigos resueltos a cortar la existencia del trabajador que cobra veinticuatro pesetas mensuales», escribió. Aunque son crónicas a caballo entre la ficción y el periodismo, que no resistirían los criterios estéticos actuales, Dicenta anticipó el reporterismo narrativo cuando en España apenas se hacía periodismo. Antes de él, no se conocía la figura del enviado especial.

Las nueve crónicas mineras que publicó en «El Liberal» pueden leerse en «Espumas y plomo» (Renacimiento), una antología que recoge también otros siete reportajes de un trayecto que hizo en barco entre Barcelonas y Canarias. En sus textos hay un lirismo que no siempre es fácil de digerir y una buena dosis de ideología, pero a Dicenta hay que leerlo como lo que fue, como un aprendiz de reportero y al mismo tiempo un precursor.

A su muerte, pidió que lo enterraran con la mayor discreción posible, y no recibió ningún tipo de homenaje «inmerecido». Cuatro obreros llevaron su féretro hasta el cementerio. Dicenta nunca pretendió ser un bohemio como esos «infelices con el pelo muy largo y los pantalones muy cortos». La verdadera bohemia consistía «en derrochar la vida y el ingenio y el oro, sin fijarse en el mañana; pero cuidándose del hoy y combatiendo a diario por algo».