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«Viaje por Galípoli», la tumba de los Dardanelos

La batalla de Galípoli (1915-1916) es uno de los grandes desastres militares de la Historia. Este libro va mas allá de este acontecimiento y de su reciente aniversario, 101 años

Cementerio australiano de Lone Pine
Cementerio australiano de Lone Pine - Javier González-Cotta

«Malditos sean los Dardanelos; serán nuestra tumba», sentenció dramáticamente el anciano almirante británico sir John Fisher, primer lord del Mar, en mayo de 1915. Su barrunto, más allá del presentimiento, devino en predicción: la campaña de Galípoli se cerraría ocho meses después como uno de los grandes desastres militares -quizá el mayor- de las fuerzas aliadas durante la I Guerra Mundial (IGM); una campaña de la cual -¡veleidades del destino!- el exprimer ministro Arthur James Balfour había afirmado en sus comienzos: «Es difícil imaginar una operación que permita concebir más esperanzas».

Han transcurrido exactamente 101 años desde el término de aquel episodio bélico, del cual el periodista y escritor Javier González-Cotta (Sevilla, 1970), en este «Viaje por Galípoli» -documentadísimo trabajo el suyo, vaya el reconocimiento por delante-, nos ofrece a piedemonte una reconstrucción completa y precisa, describiendo uno por uno sus avatares con insobornable meticulosidad, aun a riesgo, hay que advertirlo, de hacer prolija su lectura. Se sirve para ello de un recurso eficaz: adoptar la identidad de un «visitante irredento, empeñado en dar con cada histórico lugar», cuya mirada «sui géneris» va escudriñando el «mostrenco litoral de Galípoli» a la descubierta de sus paisajes de antaño y hogaño, a los que califica variamente, ora de «concebidos por el capricho y la rareza», ora bien de «diorama hostil y arcilloso», mientras a su alrededor, expandiendo horizontes, «asoma, bruñido y puro, el antiguo mar de la Hélade, fragua de mitos y de ancestrales tributos para contento de los dioses».

Se sirve de un recurso eficaz: adoptar la identidad de un «visitante irredento, empeñado en dar con cada histórico lugar»

Para muestra basta un botón. Resulta evidente que el autor, dueño de un fraseo fluido apoyado en un exuberante vocabulario de amplio espectro -al punto de intentar sorprendernos con coyunturales neologismos efectistas (fosfón de humo, paisaje verdeciente, turbillón de bombas...)-, apuesta por el relato homérico, por narrar en prosa poética unos sucesos de épica factura grávidos de matanzas aniquiladoras en una suma de enfrentamientos que, a la postre, «cobraron el volumen, la forma inhóspita, casi conspiratoria, de un funesto error». En sus memorias, Winston Churchill, cerebro y principal instigador del plan, admite -recurriendo siempre al glosario de González-Cotta- que «el epítome de Galípoli ante los turcos fue el causante de la dolorosa prolongación de la IGM».

Distraer la atención

Atacando a Turquía -el beligerante en teoría más débil-, los británicos buscaban distraer la atención de los imperios centrales del frente occidental europeo. Inicialmente, el «War Council» confió en una intervención relámpago de la Royal Navy, a la sazón la marina más poderosa del orbe, en el estrecho de los Dardanelos. Destruir las fortificaciones otomanas con un cañoneo masivo desde el mar permitiría el posterior desembarco expedito del contingente de tropas necesario para tomar Constantinopla. De este modo y en pocos días, se conseguiría derrotar el Imperio de la Sublime Puerta, «ese estorbo para la codicia de Europa», apunta el autor.

Pero las minas submarinas primero y la tenaz -y en ocasiones suicida- resistencia de los soldados turcos después evidenciaron el ingenuo optimismo de tamaña ofensiva. Al fracaso del ataque naval sorpresa de los británicos se añadió el de sus sucesivos desembarcos en las playas europeas de los Dardanelos, así como los de australianos, neozelandeses y franceses. En resumen: la estrategia de trincheras que presidió la batalla de Galípoli se resolvió en un estancamiento a ultranza de las posiciones de ambos bandos, enzarzados en asaltos a la bayoneta, refriegas, sarracinas y batidas de paroxística vesania hasta la evacuación definitiva de las fuerzas aliadas; una retirada que constituyó, de lejos -con independencia del descalabro global-, la acción militar más brillante de toda su campaña.

¿El saldo en pérdidas humanas? De los 800.000 soldados aliados y turcos que intervinieron en la contienda, 500.000 resultaron muertos, heridos o hechos prisioneros. De aquí el enunciado «Las tumbas del tiempo», con el que González-Cotta titula el último apartado de su obra. El visitante irredento, paseante anónimo por los cementerios de Galípoli, obituario a cielo abierto de «Johnnys» y «Mehmets» (australianos y otomanos, en la jerga coloquial de los combatientes) y del resto de los caídos, asiste al actual desfile de turistas entre las tumbas, a la par que rebobina las décadas, rescatando el pasado con dosis justas de lirismo: «Soldado raso A. Bennet, del regimiento británico de Gloucester, muerto el 29 de agosto de 1915. ¿Edad? Veintidós años».

Soldados australianos

Para Australia, país independiente desde 1901, esta batalla marcó el nacimiento de su unidad como nación. Sus soldados, carentes de toda experiencia bélica, partieron representando a seis estados separados y regresaron como miembros de una sola patria. El 25 de abril, día del desembarco del ANZAC (siglas en inglés del Cuerpo Expedicionario Australiano y Neozelandés), es fiesta nacional. En tal día, año tras año, los deudos de aquellos jóvenes neófitos en el combate se citan en Galípoli, «la sagrada esquina australiana», para conmemorar a sus difuntos.

Nunca tantos sucumbieron por tan escaso territorio. Aquella herida abierta en la piel de la historia ya cicatrizó. Sus escozores son cosa extinta. Pero no su recuerdo, aferrado aún al escenario de los hechos. El Parque Histórico Nacional de Galípoli, creado en 1973, es visitado anualmente por más de dos millones de turcos. Y en su exordio, asumiendo la doliente nostalgia de unos y otros, González-Cotta nos convida de modo explícito: «Los caídos están diseminados por toda la piel amorfa del campo de batalla. Las lápidas se esparcen por las escasas llanadas, en las playas de azules graduales, sobre barrancas y escarpas. Bienvenidos a Galípoli».

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