CINE

«El viajante», «Lo tuyo y tú», «La alta sociedad»... La guerra de los mundos

Cuando más empeñados están en vendernos una verdad genuinamente falsa, el cine nos abre puertas a otras visiones de la realidad: Farhadi, Assayas, Dumont, Sang-soo...

Fotograma de «El viajante», de Ashgar Farhadi (Irán, 2016)
Fotograma de «El viajante», de Ashgar Farhadi (Irán, 2016)

Vivimos en varios mundos, pero están en éste. Uno es el que premia a «El viajante» (2016, Asghar Farhadi) con el Oscar a la Mejor Película Extranjera y otro es el que impone un bloqueo en las fronteras de Estados Unidos a los ciudadanos de Iráne impide que su director vaya a recogerlo. Como siempre, el cine y la realidad no parecen entenderse, hablando desde universos paralelos. Mientras intercambian paradójicos mensajes durante sus encuentros y desencuentros, siguen acudiendo al mercado para disipar sus diferencias, entrelazados en una relación de interés mutuo porque en el fondo ambos venden lo mismo: una idea alienante de la individualidad que promete lo único a consumidores únicos. Eso es lo que hace el presidente Donald Trump al proclamar «América para los americanos», un eslogan que se ajusta muy bien a los presupuestos del mercado y satisface a quienes practican el narcisismo sin demasiados argumentos propios que lo sustenten, capaces de creerse «la película» aunque no la vean, sólo porque supuestamente son sus protagonistas.

La película, no obstante, ya no la ve casi nadie ni en Estados Unidos ni en ningún otro sitio, quizás porque la esfera de lo personal parece haber suplantado a la esfera de lo colectivo, convirtiendo a los usuarios de la «World Wide Web» -aumentando a cada segundo que pasa- en escritores, periodistas, politólogos, políglotas, artistas, críticos, filósofos... Es decir, en constructores, habitantes y consumidores de su propio universo en circuito cerrado, bastante parecido a millones de universos paralelos donde nadie tiene el control pese a su posible popularidad (pese a esos seguidores que tan a menudo se confunden con bonos del tesoro). Y millones de vidas van pasando por pantallas de ordenador o «smartphone», en forma de imágenes líquidas, temporales e inestables, rumbo al Más Allá digital: un archivo en el que los vivos y los muertos -todo, nada, ayer, hoy- se confunden.

Terror cotidiano

«Personal Shopper» (2016, Olivier Assayas) trata sobre todo esto: el paso de la esfera analógica a la digital en el mundo del cine y el paso de lo real a lo virtual en la esfera de lo cotidiano, por eso es una película de terror distinta. En lugar de producir efectos como en los clásicos del género, introduce ambigüedad en torno a las imágenes, haciendo creer que siempre están incompletas. No se puede considerar una exploración sobre las posibles formas de lo sobrenatural como «El extraño» (2016, Na Hong-jin), sino más bien una exploración sobre las inseguridades a partir de las cuales aflora el sentimiento de lo sobrenatural como «Creepy» (2016, Kiyoshi Kurosawa).

Estas películas necesitan espectadores hambrientos de imágenes capaces de interpelarnos

No se inspira en Stephen King sino más bien en Henry James, aunque en algunos momentos haga un cóctel con ambos, convirtiendo el vómito de un fantasma en el ectoplasma de un cineasta convertido en aprendiz de espiritista. La película se interroga al mismo tiempo acerca de la profunda distorsión que la mente produce en las imágenes y acerca de la tecnología como una extensión de nuestra distorsionada forma de ver las cosas.

Falsa comunicación

Maureen (Kristen Stewart), una estadounidense expatriada en París, busca señales que la conecten emocional y físicamente. Habla con su novio a través de «Skype», le dan instrucciones por teléfono para realizar su trabajo y recibe mensajes amenazantes en su «messenger», lejos de todo, de todos. Intenta comunicarse con su hermano mellizo, que murió hace poco; se pone la ropa que ella misma compra para su jefa (Nora von Wald- stätten), una diseñadora alemana con quien apenas coincide aunque tiene las llaves de su casa... En la historia de fantasmas que parece habitar, ella no es una médium, como tampoco lo son quienes se «conectan» a través de sus móviles; tan sólo es el cuerpo de una actriz perdido en la esfera digital donde ahora se escenificaban los contactos, intercambiando mensajes con seres conocidos y desconocidos, con los vivos y con los muertos, hasta disolver las fronteras entre unos y otros, disolviéndose al mismo tiempo la identidad propia. Lo único real en la película ya sólo es el paisaje, el mundo que ella atraviesa en moto o en tren, camino de la conclusión más verosímil a cualquier enigma: la muerte como argumento ajeno a la vida, a las imágenes, a nuestra comprensión e incluso al omnímodo poder de la tecnología.

Directores muy distintos crean formas de resistencia a través del humor y la distorsión

Durante la entrega de los Globos de Oro de este año Meryl Streep atacó a Donald Trump por sus abusos de poder ante la prensa. Poco después, a través de las redes sociales, él la definió como una de las actrices más sobrevaloradas de la historia del cine norteamericano. En este intercambio de papeles entre política y cinefilia, la aldea global de Hollywood olvidó sus pequeños narcisismos y se enfrentó al nuevo poder estadounidense. Un poder que, de forma astuta -y siguiendo el viejo credo de Marshall McLuhan, según el cual el medio es el mensaje- utilizó internet como su ámbito de influencia. Quizás porque es un territorio de posibilidades todavía inexploradas aunque a los usuarios -más allá de individualidades o nacionalidades- nos hayan empezado a catalogar a través de correlaciones y patrones, incluyéndonos en grupos de ideología y tendencias similares: barrios segregados donde unos somos la supuesta clonación de los otros. Por el momento para ofrecernos productos a la altura de nuestros deseos o proponernos contactos afines. En el futuro, ya veremos.

Lejos del centro

Aki Kaurismaki con «El otro lado de la esperanza» (2016), Bruno Dumont con «La alta sociedad» (2016) y Hong Sang-soo con «Lo tuyo y tú» (2016) nos ofrecen tres paradójicas maneras de construir mundos sin salir de Finlandia, Francia y Corea del Sur, y sin necesidad de internet. Son tres formas de resistencia a partir del humor, la distorsión y las paradojas, en busca de universos fílmicos -«munditos»- compuestos a partir de elementos antagónicos pero en armonía. A Kaurismaki lo vemos alejándose del centro e instalándose en un restaurante de la periferia donde se sirve la peor comida japonesa, uno de los cocineros es un refugiado sirio y el dueño es un finlandés desencantado, logrando con su pandilla imposible eso que la realidad ha olvidado: la integración en un encuadre de quienes difícilmente podrían habitar el mismo catálogo virtual.

Canibalismos

Dumont nos pone a prueba otra vez, cuestionando nuestra tolerancia cinematográfica al contraponer en un pequeño pueblo francés a principios de siglo XX a dos familias, una de aristócratas chiflados e inaguantables, y otra de trabajadores rencorosos y caníbales (literalmente), para que entre unos y otros devoren lo que entendemos por historia policíaca, comedia o reescritura del cine mudo, en una reivindicación del carácter indefinible e indomeñable del arte.

Fotograma de «Lo tuyo y tú», de Hong Sang-saoo (Corea del Sur, 2016)
Fotograma de «Lo tuyo y tú», de Hong Sang-saoo (Corea del Sur, 2016)

Y Sang-soo multiplica a una mujer que bebe pese al ultimátum de su novio, hasta perdernos en un juego de espejos que traza los límites de nuestros deseos y neurosis al mismo tiempo que nos cuenta el final del relato masculino sobre el cuerpo femenino y el comienzo del relato femenino sobre los impotentes gestos de dominación masculina, para acabar de una vez por todas con las categorías y las clasificaciones.

No son sólo tres películas más sino tres formas de ver el mundo de maneras distorsionadas que necesitan a espectadores activos y no pasivos, hambrientos de imágenes capaces de interpelarnos y contradecirnos, por si de esa forma -a través del cine- recuperamos la sensación de que la realidad necesita librarse urgentemente de quienes la ponen en venta, como si fuera suya o como si fuera única.

Los tres filmes demuestran que necesitamos más creadores y menos vendedores, sobre todo si nos hemos cansado de consumir la realidad y queremos volver a ser cómplices de su creación.

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