La filósofa Hannah Arendt
La filósofa Hannah Arendt
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«Verdad y mentira en la política», Hannah Arendt ante el totalitarismo

Frente a Heidegger, de quien fue su alumna (y amante), Hannah Arendt denunció los efectos perversos de los totalitarismos del siglo XX

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En «De civitate Dei», Agustín de Hipona se preguntaba qué distingue al Estado de «una banda de ladrones a gran escala» si no es un sentido de la justicia y del Derecho. Muchos siglos más tarde, la filósofa alemana Hannah Arendt se planteó cuestiones similares en este breve libro que acaba de publicar entre nosotros Página Indómita, titulado »Verdad y mentira en la política». El volumen reúne dos ensayos que se vertebran en torno a la peliaguda relación entre verdad y mentira en el uso del poder. Al igual que en la lectura platónica que propone Leo Strauss, Arendt sabe que, hoy como ayer, «el hombre que dice la verdad pone su vida en peligro»; pero tampoco ignora que una política desligada de la verdad se corrompe desde dentro y termina convirtiendo al Estado en una maquinaria que destruye el Derecho.

Hannah Arendt piensa sobre todo en los efectos perversos de los totalitarismos del siglo XX -del nazismo, que conoció en primera persona, al comunismo-, aunque en realidad su crítica resulta inseparable del ámbito de la política y del poder concebidos en su totalidad. La filósofa judía distingue entre una verdad puramente racional -científica o metafísica, por poner dos ejemplos- y otra que se corresponde con los hechos: la denominada «verdad factual», que incide directamente en la política al relacionarse con la opinión (o con lo que la posmodernidad llama «relatos» o «narrativas»). «Los hechos y las opiniones -subraya Arendt-, aunque deben mantenerse separados, no son antagónicos; pertenecen al mismo campo. Los hechos dan forma a las opiniones, y las opiniones, inspiradas por pasiones e intereses diversos, pueden divergir ampliamente y aún así ser legítimas mientras respeten la verdad factual. La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos». Estas palabras, con su apostilla final, son de una permanente actualidad. Y, al leerlas, se intuye perfectamente el vínculo concreto que enlaza la crisis política de nuestros días -el auge populista o el nihilismo moral- con una quiebra intelectual consistente en la pérdida de prestigio y de credibilidad que afecta a los medios de comunicación. El correcto funcionamiento de la democracia exige proteger la verdad de los hechos frente a la fuerza persuasiva de la falsedad y la intoxicación.

Arrogancia fatal

Si el primero de los ensayos del libro reivindica el valor de la verdad en política, el segundo se centra en el impacto de la mentira sobre el cuerpo social. De fondo, el gran escándalo que supuso en 1971 la publicación por el «New York Times» de los documentos secretos del Pentágono acerca de Vietnam. Las variantes modernas de la mentira, por supuesto, son múltiples, pero Arendt se centra especialmente en dos: las que surgen como consecuencia del trabajo de los profesionales de la relaciones públicas -y que, en el fondo, responden a una concepción meramente publicitaria de la democracia-; y, por otro lado, las que construyen a diario los llamados «expertos», que Arendt -citando a Neil Sheehan- tildará de «profesionales de la resolución de problemas». Es a estos -profesores universitarios, altos funcionarios, analistas de «think tanks»- a los que la filósofa alemana acusa de caer en una especie de arrogancia fatal que los conduce a confundir la verdad con sus intereses ideológicos y la realidad con el amor por la abstracción. Y asimismo les recrimina otra presunción aún peor: la de querer amoldar el mundo a la teoría, lo posible a lo utópico, los hechos a las creencias. Al final, como un correlato lógico, el poder pretende apropiarse de la conciencia de los hombres: no sólo de nuestro presente o del futuro, sino también del pasado, que debe reescribirse continuamente.

«En los Documentos del Pentágono -leemos al final del libro- nos encontramos con hombres que hicieron todo lo posible para conquistar la mente de las personas, esto es, para manipularla. Ahora bien, debido a que trabajaban en un país libre, donde se dispone de todo tipo de información, nunca triunfaron del todo». De este modo, por decirlo con Richard Rorty, la libertad se anuda al desenmascaramiento de la mentira. Las verdades factuales pueden ser -y de hecho son- frágiles, pero el engaño termina retrocediendo siempre ante la realidad. De modo que la única garantía que tiene una democracia para perdurar pasa por reconocer su vinculación necesaria con la verdad y con la libertad. Lo contrario convierte a los Estados y a los gobiernos en poco más que una banda de malhechores.