Paul Betty, autor de «El vendido»
Paul Betty, autor de «El vendido» - Gregg Delman
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«El vendido», el humor negro de Paul Beatty

«El vendido» ha ganado el Man Booker Prize a base de meter el dedo en la llaga de los asuntos de «color»

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El pasado noviembre, en un antológico «sketch» de «Saturday Night Live» los cómicos-monologuistas afroamericanos se reían de sus biempensantes amigos blancos horrorizados ante la inesperada victoria de Trump, considerándola como «lo más terrible que ha sucedido» en ese país». Semanas atrás, el muy progre y demócrata Bill Maher casi se ve obligado a renunciar porque se le escapó la Palabra Prohibida (léase: «nigger») en el contexto de un chiste de su programa de entrevistas y todavía está disculpándose por ello. Y no hace mucho, el escritor y poeta Paul Beatty -mientras el público de un festival literario abucheaba y aplaudía indistintamente- fue interpelado con la pregunta: «¿Cree usted que nosotros debemos aprender lo que es ser negro?». A lo que Beatty -con sonrisa torcida- replicó a su pálido presentador: «Hazte a ti mismo esa jodida pregunta, amigo... Piénsalo por un jodido segundo: ¿acaso tú aprendiste a ser blanco?».

Y no y sí: la cuestión de color lejos está de ser solucionada. Pero Paul Beatty (de piel oscura y nacido en Los Ángeles, 1962) ha aportado su granito de arena o de pólvora con «El vendido». Novela ganadora del Man Booker Prize (el primer título «Made in USA» en recibirlo), el Dos Passos Prize y el National Book Critics Circle Award, se convierte así en un nuevo hito de la novela racial. Le precedieron las también galardonadas «Breve historia de siete asesinatos», de Marlon James, y la próxima a entrar en estaciones de nuestro idioma, «El ferrocarril subterráneo», de Colson Whitehead, mientras la combativa Chimamanda Ngozie Adichie finge escandalizarse por los jueguecitos de estos chicos.

Cosa seria

«El vendido» pertenece a ese género que -por cuestiones de seguridad Beatty ya ha sido calificado como «el escritor más gracioso del país»- se suele denominar sátira surrealista para así distraer un poco de esa verdadera y feroz mueca de asco que esconde colmillos afilados y que, además de morder, ladra claro y alto. Porque -aunque se lea entre carcajadas y evoque las ácidas amarguras de Jonathan Swift o de Mark Twain, quien también tuvo y tiene y tendrá problemas con lo de «nigger» en su «Huckleberry Finn»- «El vendido» es cosa seria. Y casi puede leerse como si se tratase de una versión invertida del clásico «Hombre invisible» recitado por el inflamable Richard Pryor con el «rap» más virulento sonando al fondo, con Joseph Heller, Lenny Bruce y Kurt Vonnegut aplaudiendo en la primera fila.

Este libro pertenece a la sátira surrealista que esconde colmillos afilados

En primer plano, un narrador sensible de nombre inasible, hijo de un padre que lo atormentó con estímulos político-ideológico-pavlovianos durante su infancia, y quien ahora está dedicado al cultivo de marihuana artesanal y melones. Alguien que, de pronto, se propone algo parecido a aquello que se le ocurrió a Philip Roth en «Operación Shylock»: el que los judíos de Israel abracen el «diasporismo» y regresen a las patrias europeas de sus mayores. Pero hay algo aún más revulsivo: el «experimento social» de reinstaurar la esclavitud y la segregación social en su natal «guetto agrario» de Dickens, California. Y así despertar el adormilado afán de superación de los afroamericanos porque -digan lo que digan y lo que les digan- ellos siguen siendo esclavos segregados del sistema en la Norteamérica «pos-racial» de Obama. Así que, mejor, hacerlo oficial y por ley y, claro, enseguida es enjuiciado.

Con semejante premisa, queda claro (queda muy oscuro, y con humor muy negro) que no hay límites y que todo será imposiblemente posible. Las primeras cien páginas del libro dejan sin aliento y multiplican la capacidad de asombro por el grado con que Beatty -sin ningún tipo de eso que se conoce como «corrección política». Se burla hasta de las buenas intenciones de tipos como Dave Eggers o del cine de Spike Lee- se ríe de los suyos, de lo ajeno, de lo de todos, mal que nos pese. Le siguen doscientas sesenta páginas más cuyo tema apenas secreto es, paradójicamente, la dificultad de poder llegar a escribir un libro como «El vendido».

El tamaño importa

Para muestra, tan sólo una advertencia: aquí no se salva ni Martin Luther King. Y por ahí se escucha un «Demasiados mexicanos» en boca de uno de los habitantes de Dickens mientras que otro, en medio de un saqueo, cuando le preguntan/acusan frente a las cámaras si piensa que todo esto cambiará su vida para bien, contesta a la reportera rubia: «Bueno, este pillaje ha conseguido que yo aparezca en televisión, ¿verdad, «bitch»?». Y, después, con la lección bien aprendida, todos siguen conversando, como corresponde, acerca del tamaño de su pene en comparación con el de los blancos, «madafaka».